Al hablar sobre Ernesto “Che” Guevara, no deja tener un cierto sabor de aventura, porque es tanto lo que se ha dicho y escrito ya sobre él, que pareciera que todo ha sido dicho ya y que nada queda por decir. Sin embargo una personalidad tan vasta, a través de un temperamento ejemplar no puede quedar indiferente.

El Che murió asesinado el 8 de octubre de 1967, en un momento que América Latina asistía a la irrupción de numerosos movimientos armados que a pesar de sus diferencias y discrepancias tenían en común la aspiración de impulsar cambios revolucionarios en el continente. Sin embargo hoy cabria preguntarnos ¿Qué es lo que hay de vivo? ¿Qué es lo que hay de actual? ¿Qué es lo que vive y se transfunde en nosotros?
Podríamos agregar, con cierto criterio una visión existencialista ¿Qué es lo que con el Che hemos hecho nosotros? Es evidente que hay algo aquí de Sartre, ya que los que nos debe preocupar, en muchos casos, no es lo que son las cosas, sino lo que nosotros hemos hecho con ellas o podemos hacer con ellas. Eso es lo que nosotros deberíamos preguntarnos ¿Qué hemos hecho con el Che? Es necesario que insertemos su vida misma en la historia. Y es necesario que nos movamos dentro del personaje que, a buen seguro, el personaje se ha de apoderar de nosotros.
La personalidad del Che denotaba a un hombre cáustico, como un rioplatense, y, a la vez fervoroso como un cubano, generoso con su verdad, pero siempre dispuesto a mostrar los dientes en su defensa. Caracterizado por una mirada limpia y pura como recién amanecida: esa manera de mirar de los hombres que creen. Creía, si, profundamente en la revolución de América Latina, en su doloroso proceso, en su destino; tenía fe en la nueva condición humana que el socialismo debe engendrar.
Pero más allá de la controversia en torno a los caminos que habrá de transitar la revolución latinoamericana el Che pasó de combatiente a héroe, de mártir a leyenda, transformándose en la figura síntesis de un nuevo tipo de hombre. El hombre nuevo que, como él, es capaz de vivir y dar la vida por el prójimo, sobre quien recaerá la responsabilidad de construir la sociedad con justicia social por la cual se debaten los pueblos explotados.
Todo hacía evidente, sin embargo, que aquella pasión que vibraba en él, tan a flor de piel, había roto las fronteras que otros habían inventado para América Latina y que no creía, por supuesto, en ellas. No se puede olvidar, que el Che, había llegado a Cuba después de una peregrinación a lo largo de América Latina; que había estado, y por cierto no como turista, en el torbellino de la naciente revolución boliviana y en la agonía de la revolución guatemalteca; que había cargado bananas en Centroamérica y sacado fotos en las plazas de México, para ganarse la vida y que, para jugársela se había lanzado a la aventura del Granma.
En aquel 8 de octubre de 1967 él Che muere asesinado en Bolivia pero ese hecho constituye en realidad el punto de partida de la revolución en nuestro continente … ¿no se ha dicho acaso que la muerte es una resurrección?
Y será esta corona de martirio la que lo consagre en su triunfo definitivo frente al imperialismo americano.

Por Eduardo Camin
Para Hebdolatino