Al revisar mi página de facebook me encontré a boca de jarro con un escrito que mi hijo, Carlo Yasser González García dedicaba a sus hijos. Te aseguro que estamos viviendo en una sociedad donde la violencia sigue su curso, al parecer, sin visos de detenerse. Al lugar que miremos nos parece ver síntomas de violencia. ¿Todo está perdido? Me llegué a preguntar. El escrito de mi hijo me hizo poner los pies sobre la tierra. No, amigo, no todo está perdido, me dije. El amor se abre camino hasta en las circunstancias más difíciles, como podrás darte cuenta al leer la carta que mi hijo dedica los suyos:

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Los regañé porque se estaban tardando demasiado en desayunar, les grité porque no paraban de jugar con los cubiertos y los reprendí porque masticaban con la boca abierta. Comenzaron a refunfuñar y entonces derramaron la leche sobre su ropa. Furioso los levanté y te empujé violentamente para que se fueran a cambiar de inmediato. Camino a la escuela no hablaron. Sentados en el asiento del auto llevaban la mirada perdida. Se despidieron de mí tímidamente y yo solo les advertí que no se portaran mal. Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, los encontré jugando. Llevaban puesta su ropa nueva y estaban sucios y mojados. Frente a sus amiguitos y madre les dije que debían cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarles mucho el sacrificio de sus padres para vestirles. Los hice entrar a la casa para que se cambiaran de ropa y mientras marchaban delante de mi les indiqué que caminaran erguidos. Más tarde continuaron haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no paraban de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto. Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darles una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía una padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido? Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante” dije adivinando que eran ustedes. Abrieron muy despacio y se detuvieron indecisos en el umbral de la habitación. Los miré con seriedad y pregunté: ¿Ya se van a dormir?, ¿vienen a despedirse? No contestaron. Caminaron lentamente con sus pequeños pasitos sin que me lo esperara, aceleraron su andar para echarse en mis brazos, cariñosamente los abracé y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de sus cuerpecitos. Sus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me dieron un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba. “Hasta mañana papá” me dijeron. ¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarlos como a una persona adulta, a exigirles como si fueran igual a mí y ciertamente no son iguales. Ustedes tienen unas cualidades de las que yo carezco: son legítimos, puros, buenos y sobretodo, saben demostrar amor. ¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme? Después de un rato entré a su habitación y encendí la luz con cuidado. Dormían profundamente. Sus hermosos rostros estaban ruborizados, su boca entreabierta, su frente húmeda, su aspecto indefenso como el de su hermano Dieguito. Me incliné para rozar con mis labios sus mejillas, respiré sus aromas limpios y dulces. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en su piel. No se inmutaron .Me puse de rodillas y les pedí perdón en silencio. Los cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.
Si la vida me escucha y les permite vivir muchos años más, algún día sabrán que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá se den cuenta de que, pese a todos mis errores, los amo más que a mi vida.”

Carlo Yasser González García