Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, conocido como Amado Nervo, nace en Tepic, Nayarit (México), el 27 de agosto de 1870.

Su vida estuvo signada por la tragedia. Su padre muere en 1879, posteriormente se suicida su hermano Luis, y también desaparece Ana Cecilia, su gran amor, en 1912.

Estudia Ciencias, Filosofía y Teología.

En México, donde reside a partir de 1894, funda una revista de renovación artística, “Revista azul”, junto a Manuel Gutiérrez Nájera.

En 1896, aparece su primera obra, “El bachiller”, con rasgos naturalistas.

En 1898, aparece la “Revista moderna”, en colaboración con Jesús Valenzuela. El mismo año se conocen “Perlas negras” y “Místicas”, poemas modernistas. Este último estilo se refuerza con el contacto con Rubén Darío y Leopoldo Lugones, con quienes inicia una estrecha vinculación, durante su viaje a París, realizado como corresponsal del diario “El Mundo”, a la Exposición Universal.

Publica en esa época un libro de poesías: “El éxodo y las flores del camino” (1902). Allí conoce a quien sería la musa de los poemas contenidos en “La amada inmóvil”, publicados en 1922, luego de su muerte. Esa mujer a la que ama para siempre es Ana Cecilia Luisa Daillez.

Al volver a México trabaja como docente de lengua castellana en la Escuela Nacional Preparatoria.

Ingresa en 1905, en el mundo diplomático, como Secretario de la Embajada de México en Madrid.

Su carrera se suspende entre 1914 y 1918, a causa de la revolución, para retomar en ese último año, como Ministro Plenipotenciario en Argentina y Uruguay, cargo que ocupa hasta su muerte, acaecida en Montevideo, el 24 de mayo de 1919. Posteriormente, sus restos son trasladados a México, donde descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Trata en sus obras de Dios, al que busca con desesperación obsesiva, estableciendo con la naturaleza una relación mística. Sus obras de neto tinte religioso son: “Los jardines interiores” (1905), “En voz baja” (1909), “Serenidad” (1914), “Elevación” (1917) y “Plenitud” (1918).
Publica también ensayos, como “Juana de Asbaje” (1910), en homenaje a la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, y “Mil filosofías” (1912).

Entre sus prosas figuran “Almas que pasan” (1906) y “Ellos”.

Homenaje

Ha muerto Rubén Darío,
¡el de las piedras preciosas!

Hermano, ¡cuántas noches tu espíritu y el mío,
unidos para el vuelo, cual dos alas ansiosas,
sondar quisieron ávidas el Enigma sombrío,
más allá de los astros y de las nebulosas!

Ha muerto Rubén Darío,
¡el de las piedras preciosas!

¡Cuántos años intensos junto al Sena vivimos,
engarzando en el oro de un común ideal
los versos juveniles que, a veces, brotar vimos
como brotan dos rosas a un tiempo de un rosal!

Hoy tu vida, inquieta cual torrente bravío,
en el Mar de las Causas desembocó; ya posas
las plantas errabundas en el islote frío
que pintó Böckin… ¡ya sabes todas las cosas!

Ha muerto Rubén Darío,
¡el de las piedras preciosas!

Mis ondas rezagadas van de las tuyas; pero
pronto en el insondable y eterno mar del todo
se saciara mi espíritu de lo que saber quiero:
del Cómo y del Porqué, de la Esencia y del Modo.

Y tú, como en Lutecia las tardes misteriosas
en que pensamos juntos a la orilla del Río
lírico, habrás de guiarme… Yo iré donde tu osas,
para robar entrambos al musical vacío
y al coro de los orbes sus claves portentosas…

Ha muerto Rubén Darío
¡el de las piedras preciosas!