Es una realidad, tal vez, una evidencia empírica, que las pocas herramientas criticas de comunicación popular no tiene el alcance suficiente ni el impacto social para generar opinión.  Sin ocultar o manifestar las críticas a nuestras opiniones, sobre la “objetividad profesional”, “neutralidad” y “apoliticismo, sobre todo cuando se trata de cuestionar el sistema capitalista. 

Pero muchas veces la serenidad de guardar las distancias presupone la visión de que la historia en su conjunto no se dirige a ningún fin que haya de alcanzarse en un futuro ominoso. No obstante, la historia no es un viaje en el que estemos en camino, en el que podamos perder la conexión, como sucede con un medio de transporte.

La historia siempre llega a su fin, nos guste o no, diremos que en cada momento está en su fin. Y por lo que se refiere a los planes y propósitos a largo plazo, habrá que contar siempre con la posibilidad de que las cosas sean distintas de lo que habíamos pensado.

La historia es un resultado que tal vez nadie ha pretendido que sea tal como es, y que procede de numerosas intenciones particulares, las cuales se entrecruzan, enlazan y desvían.  De ahí que surjan conflictos a brazo partido con escasas esperanzas de solución, pues solo tenemos una mezcla de casualidades, compromisos, locuras, prudencia y costumbres.

A veces tenemos el sentimiento que el hombre, en lugar de hacer historia, está enredado en historias, reacciona a ellas y así surgen nuevas historias. Un poco de todo esto nos sucede cuando analizamos las realidades de la inclusa Patria Grande.

La realidad es que América Latina alcanza el tramo final de 2020, en medio de la pandemia y de una profunda crisis económica y social, y ha entrado en la recta final de 2020 con un intenso calendario político-electoral (seis convocatorias), antesala de un 2021 lleno de elecciones e incertidumbres.  Un cargado panorama electoral, en el que la incertidumbre económica y el deterioro social se unen a la elevada polarización política y a la ausencia de agendas nacionales consensuadas.  El marco actual esta condicionado por la crisis económica, falta de inversiones, mayor pobreza y desempleo, retorno de las protestas sociales, con gobiernos más autoritarios.

Ante la actual coyuntura parece pertinente tomar alguna distancia para reflexionar sobre el aquí y el ahora. Para ello comenzaremos jalando el hilo que propicia en América Latina la urgencia de explicar la originalidad de la región. Quizás allí encontremos razones de su continuo caminar por derroteros en donde la tragedia se muestra como un rasgo permanente, pero también donde otra historia es posible, en post de una vida digna, que emerge de manera recurrente como una utopía posible.

Pero en este juego “democrático” donde predominan, los discursos sobre inversiones, macroeconomía y desarrollo sostenido actúan como el paradigma del globalismo normativo. Piensan los que hablan de que todos suponemos que el “desarrollo sostenido de la globalización” puede convertirse en el “santo y seña” de todos nuestros pueblos.

Pacto social y consenso político, transformado en el comodín de la gobernabilidad, de reformas políticas y transición pactada, desde donde se continuarán ha articular las políticas de ajuste económico, de flexibilidad laboral, de privatización y desnacionalización de la economía. Ocultas las contradicciones el cambio social y los proyectos democráticos se asimilan a la doctrina del progreso y se someten a las reglas del juego democrático.

Los pactos sociales desde el ejercicio del poder y las fuerzas de oposición se transforman rápidamente en las excusas que esconden las reformas en los procesos de desregulación de la actividad pública-estatal, promoviendo los cambios precisos que tratan de legitimar el conjunto de transformaciones en la relación público-privado nacidas de la aplicación del Estado de gobierno neoliberal.

Los Estados Unidos y los países ricos europeos (en crisis) productores de mercancías han impuesto durante años a los países “mal desarrollados” del Tercer Mundo la doctrina oficial del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo y la Organización Mundial de Comercio.

Ellos pueden tirar esa tabla de salvación a todos los gobiernos que siguen los mandatos de las grandes transnacionales, esas grandes compañías multinacionales cuyas direcciones despilfarran recursos a los cuatro vientos.

En esta dinámica sometida a las leyes de la oferta y la demanda, y bajo estas circunstancias y por mucho que se proclame lo contrario no hay posibilidad de una mejora real de un empleo digno. Por el contrario, se desarrollan los programas de “desarrollo sustentable”, para facilitar el crecimiento y el desarrollo de nuestros países y con ello aumentar la torta para que todos disfruten del bienestar social. Eso no existe, la única torta que crece con el “desarrollo sustentable” es la torta de los países y las empresas de los ricos.

El pretendido “desarrollo sustentable” aumenta la brecha de la pobreza entre países ricos y países pobres, entre los trabajadores y los patrones. Nosotros le “sostenemos el desarrollo” y ellos nos “hunden en nuestra pobreza”.

En contra de la idea de que América Latina requiere de más desarrollo del capitalismo, bajo el supuesto que ello le permitiría acercarse a las formas del capitalismo del mundo central, además de aproximarla a las posibilidades de un bienestar infinito, de ahí que se señala que el capitalismo en América Latina sólo puede caminar propiciando “el desarrollo sustentable” en el marco de las leyes naturales de la oferta y la demanda. En realidad, la intensificación del capitalismo en la región tiende no a acercarla sino, por el contrario, las luchas que cada día se agudizan por los mercados y por los escasos recursos hacen improbable integrarse a los pretendidos modelos del mundo desarrollado y a acentuar las contradicciones del capital.

No obstante, los procesos de la región no son expresión o resultado de un insuficiente desarrollo capitalista. Por el contrario, lo que tenemos aquí es un “exceso” en dicho desarrollo, en tanto espacio particular de condensación de contradicciones del sistema, las que operan en la lógica del modo de ser del capitalismo local. De allí la original forma dependiente y su derivación política: formamos parte del sistema que establece el capital en una región en donde el conflicto social en general y su potencialidad de ruptura es mayor.

Cualquier reflexión sobre el papel de las burguesías nacionales en América Latina no puede prescindir de un análisis a fondo del proceso de formación y desarrollo de esta clase y de su lugar dentro del sistema de relaciones económicas. Para esto debemos tener en cuenta las posturas históricas de la burguesía nacional frente a otras clases (pactos, compromisos y alianzas) y las actitudes mantenidas a lo largo de su accionar político con respeto a los grandes intereses extranjeros.

La actitud asumida por las burguesías nacionales frente a la nueva oleada neocolonial del capitalismo no constituyo, una anomalía para su desarrollo y complicidad. En la medida que la presencia económica y política del imperialismo se fue haciendo más dominante y el proceso de transnacionalización de las economías de la región, se hizo más intenso y salvaje la burguesía nacional quedo comprometida con los intereses extranjeros perdiendo su desarrollo independiente y autonómico abandonando así las posturas nacionalistas y en muchos casos antiimperialistas.

Llegamos de esta forma al término político en América Latina de la llamada transición democrática, marcada tanto por los proyectos de gobiernos de izquierda como de la derecha liberal. En estas coordenadas, se agota el espacio para fuerzas y gobiernos que se reclaman de izquierda y que administran las políticas del gran capital. La disputa por la democracia dejó de ser un asunto teórico y se ha trasladado de lleno al terreno político-social, expresándose en proyectos políticos que tenderán a crecientes distanciamientos. La polarización política termina así tomando forma en el espacio propiamente institucional.

La lucha por la unidad latinoamericana debe ir unida a la identificación clara de los problemas teóricos- prácticos que es preciso resolver. El mundo vive una gravísima situación que va mucho más allá del marco teórico.

Las crecientes injusticias sociales aunadas a las guerras que proliferan y que hunden naciones enteras en una atmosfera de confusión, desolación e incredulidad, ahora se le agrego un virus.

La democracia se hace imposible e incompatible con ningún sistema de explotación y por más que lo quieran pintar diferente el capitalismo es uno.

Las políticas neoliberales con sus efectos alienantes dominan gran parte del escenario latinoamericano. Los esfuerzos integracionistas materializados en los últimos años son síntomas positivos que expresan una voluntad identificativa por parte de los gobiernos de la región. Sin embargo, los esfuerzos realizados en este sentido son insuficientes, frenado todavía en lo esencial, por los niveles de dependencia de América Latina de los centros de poder hegemónicos del gran capital.

Hoy en la mayoría de los países latinoamericanos han sucumbido a la noción de “desarrollo sustentable”, país sustentable, que es más de lo mismo, mas culturas agropecuarias, y más fumigación sobre el lomo de los trabajadores e incremento de enfermedades típicas de los pesticidas y agrotóxicos ya prohibidos en Europa.

Es más explotación, miseria y trabajo precario para los trabajadores. Y ¿qué les ofrece el “desarrollo sustentable” a los pobres? ¿planes de emergencia, ayuda social, canasta de alimentos, o simplemente la marginalización?

Lo que necesitamos es una década diferente de crecimiento auténtico, de crecimiento vertiginoso que arranque desde lo social, con la participación del pueblo y los trabajadores de conciencia. Un crecimiento que cuide el medio ambiente pero un crecimiento que no sea sostenible por las transnacionales que solo obtienen sus ganancias si se les permite explotar al máximo, hasta agotar nuestras reservas y riquezas naturales.

Ellos sólo buscan producir más, pero con nuestras materias primas y así nos terminan la tierra, el agua dulce, y los recursos naturales sin dejarnos siquiera los salarios. Por el contrario, nos exigen la flexibilización laboral, rebajas salariales, no aumentar los impuestos, rebajar los aportes sociales, tercerizaciones, nuevas regulaciones, y proteccionismo de las leyes parlamentarias o incorporadas en la constitución, que los protegerán en el futuro.

Nuestros prestamistas seguirán diciéndonos: produzcan más y exporten más para que la torta crezca y así, poder repartirla entre todos. Desarrollo sustentable, la vieja zanahoria del imperialismo y de los ricos. La única y verdadera riqueza surge del trabajo digno y para ello se deberá gobernar de una vez por todas con la participación real del pueblo, que conoce la realidad y la padece en carne propia.

Somos conscientes que los problemas económicos y sociales son muchos y difíciles, en nuestra América. Una mayoritaria parte de la población está excluida de la democracia, el mercado y la modernización. La dependencia, el subdesarrollo, el desempleo, la marginalidad, el analfabetismo y la pobreza no son lacras del pasado; ya que nos amenazan con acompañar a una gran parte de estos pueblos en el presente siglo.

Todavía el ideario bolivariano de unidad e integración regional, legado por esos grandes nombres desde Bolívar a San Martin pasando por Artigas, esos nombres de nuestra América constituyen unos de los pilares del pensamiento fundador del proceso de identidad política al que deben aspirar los latinoamericanos, si realmente se quiere sobrevivir en el futuro como entidad histórico-cultural. Libres .. demócratas pero prisioneros de nuestra miseria.