Como si la derrota de este fin de semana no fuera lo suficientemente dura, el sector ahora deberá buscar rápidamente —la fecha límite de inscripción para las elecciones primarias — un abanderado presidencial que permita evitar repetir una debacle en la contienda de noviembre.

La debacle de la derecha en las elecciones de gobernadores, alcaldes y miembros de la convención constitucional realizadas el sábado 15 y domingo 16 de mayo fue la gran noticia de la jornada. Este es el peor resultado electoral para la derecha desde el retorno de la democracia.

La coalición derechista ni siquiera logró que su candidata pasara a segunda vuelta en la elección de gobernadores en la Región Metropolitana. Además, perdió importantes municipios que controlaba en el país, como Viña del Mar y Maipú. En la convención constitucional, la coalición derechista estuvo lejos de alcanzar el tercio de los escaños. De hecho, la coalición apenas logró superar a la lista del Frente Amplio/Partido Comunista en la votación nacional.

Probablemente desde las elecciones legislativas de 1965 —cuando la Democracia Cristiana arrasó y los dos partidos de derecha, el Liberal y el Conservador, obtuvieron una votación tan baja que se vieron obligados a fusionarse para crear el Partido Nacional— que la derecha no sufría una derrota tan categórica.

Aunque abundarán las lecturas sobre lo que pasó, hay tres hechos innegables que deben ser parte de las explicaciones de esta debacle de la derecha.

Primero, esta votación constituye un rechazo evidente y claro al gobierno del presidente Piñera. En los 6 meses que restan para la elección presidencial, el gobierno no tendrá ni la fuerza ni el apoyo popular para impulsar ninguna reforma significativa. Para todos los efectos prácticos, este fin de semana se terminó de acabar el gobierno de Piñera. La derrota de la derecha es también la derrota evidente del proyecto derechista que buscó construir Piñera en su segundo gobierno. Ese proyecto está muerto y la derecha necesita un nuevo líder y un norte distinto.

Lamentablemente, para ese sector las opciones que hoy están sobre la mesa no son las más atractivas. Por un lado, está Joaquín Lavín, que parece querer mimetizarse con un discurso de centro, o incluso centro izquierda. Pero como siempre el original derrota a la copia, esa propuesta no parece tener mucho futuro electoral. Después de todo, para qué escoger a un derechista convertido a la social democracia si el electorado que se molestó en ir a votar ni siquiera parece tan entusiasmado en apoyar ideas social demócratas. Además, Lavín debe morder la derrota de su nuera Cathy Barriga en Maipú, una alcaldesa que también buscó potenciar un perfil distante a la derecha tradicional. En la misma línea que Lavín, las propuestas presidenciales de Mario Desbordes, Ignacio Briones y Sebastián Sichel buscan que la derecha se corra más hacia al centro. Por otro lado, las alternativas de Evelyn Matthei (una de las pocas victorias holgadas que tuvo la derecha en elecciones municipales en municipios importantes) y José Antonio Kast pudieran estar demasiados cercanas al pasado pinochetista de ese sector, un pasivo que pudiera ser demasiado alto para la nueva realidad electoral de Chile. Por eso, como si la derrota de este fin de semana no fuera lo suficientemente dura, la derecha ahora deberá buscar rápidamente—la fecha límite de inscripción para las elecciones primarias es este miércoles 19 de mayo—un abanderado presidencial que permita evitar repetir una debacle en la contienda de noviembre.

Segundo, la derecha solo ganó en lugares en que sus candidatos se identificaron claramente con ideas de derecha. La votación de Tere Marinovic, por ejemplo, en el Distrito 10, que sacó más votos que la suma de votos obtenida por Cristian Monckeberg (RN) y Gonzalo Blumel (UDI), muestra que cuando los candidatos de derecha no esconden sus ideas, los votantes de derecha no esconden su apoyo. Lo mismo ocurrió con Matthei en Providencia, Rodolfo Carter en La Florida y Germán Codina en Puente Alto. La derecha puede ganar en sectores populares, pero solo cuando defiende discursos de derecha con pragmatismo, eficiencia y valentía.

Tercero, la baja en participación electoral muestra que la gran mayoría del país sigue desinteresada en la política. Los éxitos de los partidos emergentes de izquierda y de los independientes muestra que aquellos que se molestan en ir a votar en general rechazan a los partidos tradicionales. Pero no hay candidatos independientes de derecha que sean capaces de capitalizar ese rechazo a los partidos tradicionales. Eso en parte se explica porque, a diferencia de los independientes de izquierda que prometen mayores derechos sociales, los independientes de derecha no tienen un discurso coherente y atractivo para promover la visión de ese sector.

Precisamente porque habrá poco tiempo para lamerse las heridas, la derecha deberá pasar rápidamente de las explicaciones de la derrota al intento de reconstrucción. Como la estrategia de decir lo que la gente quería oír ya no le funcionó, no sería mala idea que la derecha empiece finalmente a decir las cosas en las que cree y a dejar claro cuál es el norte que la guía. Después de todo, en el mundo siguen dominando las ideas de derecha y en América Latina, las ideas de izquierda no han podido materializarse en mejorar la calidad de vida de las personas. Ya que hay un norte exitoso que pueda guiar la reconstrucción, la derrota de este fin de semana debiera llevar a la derecha a olvidarse, de una vez por todas, de seguir haciéndose pasar como si fueran de izquierda.

Por Patricio Navia*

*Sociólogo, cientista político, académico UDP

El Líbero

Una jornada en que Chile selló un cambio profundo

Los resultados de la jornada electoral que se vivió este fin de semana -que varias voces habían considerado como “histórica”, por la profundidad de los cambios que están en juego- no han dejado dudas acerca del giro hacia la izquierda que ha experimentado el país, abriendo un escenario que ni siquiera había sido anticipado por los estudios de opinión. Los datos muestran con nitidez que los grandes derrotados ciertamente han sido las fuerzas que gobernaron al país en las últimas tres décadas, si bien el peor castigo lo recibió la centroderecha -con la pérdida, por ejemplo, de emblemáticas alcaldías, como Santiago, ahora en manos del PC, Viña del Mar o Maipú-, la cual enfrenta uno de sus peores retrocesos electorales en toda su historia. Por el contrario, resulta sorprendente el inusitado protagonismo que lograron los sectores que se identifican con una izquierda de línea más dura, donde si bien destacan el fuerte avance que experimentó el Partido Comunista y el Frente Amplio, es en el ámbito de los independientes donde parece haber surgido una nueva fuerza de insospechadas proyecciones, tornando el escenario político mucho más impredecible.

Se habría esperado que tras la alta participación electoral que se verificó en el plebiscito constitucional de octubre pasado, esta vez se hubiese registrado un porcentaje similar, lo que sin embargo no sucedió. No están claras las razones de por qué se movilizaron menos electores, pero aun así la contundencia de los resultados no deja dudas de que el ánimo que prevalece va por cambios más radicales.

Ahora que se tiene una visión mucho más amplia del cuadro, parece quedar claro que los acontecimientos que dieron origen al estallido social en octubre de 2019 estaban anticipando movimientos mucho más estructurales que un simple malestar o una inconformidad con el actual gobierno. El abrumador resultado del plebiscito pasado también es un indicador de que lo que había de fondo no era solo que la izquierda y una parte importante de la derecha coincidieran en la necesidad de reemplazar la actual Constitución, sino que había una fuerza más estructural, una señal de que había muchos segmentos disconformes con el rumbo que había seguido el país -especialmente dentro de las generaciones más jóvenes-, lo que no se supo anticipar ni corregir a tiempo.

Probablemente el origen más remoto de estos cambios habría que cifrarlo desde mucho antes -ya en el primer gobierno de Sebastián Piñera comenzó a hacerse evidente que el terreno se había abonado para esta marea-, pero sin duda el referéndum de octubre y ahora estos comicios han terminado por sellar que el país tomó un nuevo rumbo. Sería por lo mismo equivocado atribuir estos resultados solo al desgaste político del gobierno y los problemas de conducción que ha tenido el Jefe de Estado, sin perjuicio que la negativa evaluación ciudadana al actual mandato probablemente contribuyó a ahondar el descontento. De allí que aquellos sectores que dentro de Chile Vamos apostaron como estrategia tomar distancia del gobierno como forma de asegurar su propia sobrevivencia terminaron también siendo arrastrados, confirmando que el fenómeno trasciende a un gobierno, y que el castigo es generalizado. El duro revés que también experimentó la centroizquierda lo confirma.

Este golpe al “establishment” queda asimismo reflejado en la enorme fuerza que lograron las candidaturas independientes, que sin duda han constituido la gran sorpresa de estos comicios, y que hacen mucho menos predecible el rumbo de la política. Esto desde luego no solo supone un fuerte golpe para los partidos tradicionales, sino que también muestra la proliferación de grupos que no se sienten interpretados por las fuerzas que hasta ahora dominaban, sino que anhelan cambios mucho más intensos. Quizás el mejor reflejo de ello es que dentro de los independientes fueron las candidaturas de la Lista del Pueblo -muy identificada con el ideario de octubre de 2019- la que obtuvo el mayor número de convencionales.

Este significativo giro a la izquierda no solo obligará a los partidos tradicionales a replantearse sus estrategias electorales y paradigmas, buscando reconectar con una ciudadanía que ahora les ha dado la espalda, proceso que seguramente estará marcado por fuertes tensiones internas. Agotado el ciclo de la ex Concertación y de la centroderecha, el escenario que ahora se abre genera múltiples interrogantes, y es probable que haya que esperar a futuros procesos electorales antes de poder decantar con mayor precisión el alcance y magnitud de los cambios que pide la ciudadanía.

Uno de los hitos más relevantes que estaba en juego era qué fuerza política lograría el tercio en la futura Convención Constitucional, es decir, aquella que poseería la llave para condicionar los acuerdos. Si en algún momento se pensó que dicha llave estaría en manos de la centroderecha, ello se desvaneció por completo, y es un hecho que quienes la tendrán son los sectores de izquierda más extrema. Los 28 convencionales que obtuvo la lista Apruebo Dignidad -cuyo eje es el PC-FA- más los 27 de la Lista del Pueblo, los dejan con un total de 55, a lo que cabría agregar otros independientes que sostienen idearios similares. Los 37 convencionales que logró Chile Vamos instalan a la coalición sin margen de incidencia relevante, e incluso si se consideran los 25 que logró la Lista del Apruebo -donde está la ex Concertación-, siguen lejos de conformar dos tercios. Dentro de esta última lista, llamó especialmente la atención que la Democracia Cristiana apenas eligiera tres convencionales -un golpe que obligará al partido a un profundo replanteamiento-, y el PPD tres. Solo al PS le fue algo mejor, lo que podría anticipar que las corrientes de este partido probablemente se inclinen por sintonizar con las propuestas de aquellas fuerzas más radicalizadas.

Se despeja así que no serán las fuerzas más moderadas las que tendrán el control de la discusión constitucional, y el hecho de que serán los independientes quienes se instalarán como el gran polo de la Convención, anticipa que el proceso de acuerdos será complejo y muy incierto respecto de su resultado final.

La Tercera