Seguimos en un mundo maltrecho lleno de acontecimientos preocupantes que nos llevan a pensar que este padece un desajuste de máxima envergadura y, además en varios ámbitos al mismo tiempo; desajuste climático, desajuste geopolítico, desajuste intelectual, desajuste financiero, desajuste ético. 

No pretendemos realizar un catálogo de las angustias irracionales del capitalismo, tampoco se trata de reiterar la impericia y mala fe de ciertos hombres de Estado, que frente a las dificultades que nos avasallan, nos responsabilizan; la migración, la droga, los vaivenes de la bolsa de valores, el medio ambiente, o las pandemias de todo tipo como el actual COVID19.

Insisto, ¿serán excesivos nuestros temores con el andar del Planeta? No lo creo, al contrario, me parecen más que justificados y trataremos de demostrarlo, no para acumular piezas de convicción en un sumario, ni para defender por amor propio una tesis personal, sino sencillamente para convencer aquellos lectores ocasionales o no, de que el navío en el cual estamos embarcados va a la deriva, sin rumbo, sin meta, sin visibilidad, sin brújula en un mar embravecido y que sería menester reaccionar para evitar el naufragio. No nos bastara con seguir avanzando, rodeando obstáculos, en una verborragia de fórums de todo tipo, dejando que el tiempo solucione las cosas. El tiempo hace mucho que dejó de ser nuestro aliado, hoy es nuestro juez, nuestro verdugo y ya estamos en el corredor de la muerte, con un aplazamiento de condena.

Las últimas semanas, asistimos, al furor con que el periodismo con su cara de circunstancia ama las noticias bombas. Simples pero contundentes. Tan simples como latigazos, lo que conlleva que toda información deba ser tan impactante como recurrente, y posea la restallante apariencia de lo insólito. Toda información busca ser así, menos estadística que apocalíptica y obtener sus rendimientos por el caos que genera.  Falsos reportajes, montajes publicados, la sustitución de lo real por lo efectista, el hecho por el espectáculo traza las líneas del mundo mediático.

El coronavirus, la excusa perfecta del capitalismo

Repasando alguna que otra hemeroteca, recogemos algunos datos que nos recuerdan que desde que el capitalismo existe, las crisis han ido presentándose con una periodicidad no mayor a dos años entre 1854 y 1919, y con un intermedio de tres trimestres en las últimas dos décadas.

También estas nos enseñan que el denominador común es que en todas sus crisis tuvo que intervenir el Estado, para restablecer los equilibrios, y sirviera para que el sistema actualizara sus instrumentos y renovara tanto su dotación tecnológica como la base de su ideología para proyectarse al futuro. Con ello, no se estaría asistiendo a ninguna cosmética o una tendencia determinada, sino sencillamente a la flexión capitalista necesaria para cumplir sus imprescindibles metamorfosis en cuanto organismo parasitario vivo. 

No obstante, en esta ocasión, – a diferencia, de otros periodos adversos- es que el sistema parece removerse no para reacomodarse, sino que muestra signos de angustia y señales de impensable consternación.   Es cierto que, en mayor menor medida, los rumores, las alertas sanitarias, los estallidos de burbujas o quiebras de pequeños países o conflictos políticos graves siempre habían afectado a los mercados de una manera u otra. Pero que un virus que, de momento, ha matado menos que otras gripes comunes haga tambalear la economía mundial nos indica que quien está enferma es esa economía y el sistema que la sustenta. Somos conscientes del problema y no lo desmitificamos, la pandemia mundial, es un hecho, pero tampoco lo magnificamos es una enfermedad viral a la que hay que tener respeto, y actuar en consecuencia, simplemente.

Todos los medios de comunicación hacen gala de las grandes caídas sufridas por las bolsas mundiales o el rebote posterior a la tragedia debido Covid 19. Pero ¿cuál es su verdadero impacto? ¿Todas las caídas se deben al coronavirus?

Es cierto que esta enfermedad ha paralizado el mundo o por lo menos ha conseguido paralizar una de las principales economías, como lo es China. Por lo tanto, no es descabellado pensar que gran parte de las caídas se deban a la ralentización de la economía mundial.  Pero hay que pensar un poco más allá, ¿el coronavirus ha venido para quedarse? O es solo ruido y volatibilidad. 

El coronavirus, al igual que la gripe A  es un desastre natural, es algo pasajero. De hecho, ya están investigando la vacuna contra esta enfermedad, y como por “azar” los laboratorios americanos están mostrando sus cartas (o jeringas) en el asunto. Algunos estiman que a mediados de verano de 2020 tengamos ya una solución.

Entonces cabría preguntarse, ¿por qué están cayendo tanto las bolsas si se estima que en unos meses esto se solucione? Permítanme entonces recordarles, que la economía a nivel global no va bien desde hace lustros. Y no por culpa del COVID19 sino por culpa de otro virus muchísimo más mortífero para la economía: La deuda. Tenemos una crisis de deuda, en todas las grandes economías mundiales alcanzando niveles históricos como nunca se ha visto.

En octubre del 2018, mucho antes del COVID 19, Christine Lagarde, por entonces Directora Gerente del FMI reafirmaba «La deuda global -ambas, la pública y la privada- ha alcanzado un récord histórico de 182 billones de dólares, casi un 60% por encima de la registrada en 2007», apuntó Lagarde en un discurso en la sede del FMI, en Washington. La misma funcionaria del FMI durante el Foro Económico de Davos (enero 2019) señalo que la economía global enfrenta “riesgos significativamente más altos, algunos debidos a las políticas implementadas por los gobiernos “agregando que “estamos frente a una deuda global récord del 320% del PIB”.  Estos dimes y diretes no hacían más que confirmar una crisis no declarada, neutralizada por la retórica de los principales dirigentes mundiales, difuminada en maniobras y postergaciones de todo tipo.

Y ahora que… un virus que, de momento, ha matado menos que otras gripes comunes haga tambalear la economía mundial nos indica que quien está enferma es esa economía, el coronavirus solo es una prueba más de que solo se mantiene a base de un dopaje continuo. 

El coronavirus plantea riesgos en la evolución de la actividad económica.

Después de haberse debilitado la economía global, entre otras cosas como consecuencia de las innumerables batallas comerciales entre los EE. UU. y China, en su encarnizada lucha por la hegemonía mundial, los organismos financieros internacionales, pretenden reaccionar.

En efecto un virus que ha nacido en el otro lado del planeta ha conseguido que la FED haga lo que Trump, el tejido industrial estadounidense, los lamentos de los países emergentes u otros bancos centrales habían exigido a Powell, bajar los tipos de interés, mientras tanto el Banco Central Europeo (BCE), se somete también a esos cantos de sirena, pero esta enfermedad parece no tener cura. A pesar de que ese canto de sirenas tuvo sus coros unísonos en todo el planeta. El Banco de Japón, el Banco de Inglaterra y el (BCE), también han declarado que harán lo que sea necesario para mantener a flote la economía y paliar los efectos del virus, pero ¿es en realidad un problema provocado por la pandemia? ¿Es
proporcional la reacción de los mercados? ¿No será que, como pasa con otros virus, este ataca y mata antes a quien ya está enfermo?

Debemos tener presente que las grandes medidas para revitalizar la economía tras la crisis financiera de hace una década, lo único que han conseguido ha sido asistir a la economía como un enfermo al que mantienen en coma inducido a la espera de que alguien encuentre la cura a su enfermedad.

En más de una oportunidad se ha destacado que el (BCE) está “listo para actuar contra el coronavirus”. listo significa que están dispuestos a doblar esfuerzos para imprimir dinero, porque los tipos de interés los pueden bajar, aunque no es mucho el margen que les queda.

Al comienzo de nuestro articulo hacíamos referencia al “desajuste ético” y este es un ejemplo, que la Unión Europea y el BCE no hayan tenido la misma determinación para darle a la maquinita de los billetes con la finalidad de paliar la grave crisis de refugiados, que han dejado (y dejan) muchas más víctimas que el coronavirus en esa gran fosa común en la que se ha convertido el Mediterráneo y que cuando se hace sea para aumentar el presupuesto de ese ejército europeo de fronteras llamado Frontex o para pagar acuerdos vergonzosos con líderes de dudosa moralidad. Al final, el capitalismo encuentra su chivo expiatorio para maquillar sus culpas. El coronavirus se ha convertido en la nueva excusa, para apretarse los cinturones.  Luego solo hace falta aplicar un poco de imagen y (des)-información  inundando los noticieros, dando un lugar privilegiado a la psicosis, mostrando la imagen de ese asqueroso virus, entre vuelos cancelados , farmacias y supermercados  colapsadas, y ciudades desiertas, ya tienen carta blanca para redoblar las cantidad de medicamento que se le va a aplicar a una economía que no acaba de morir, porque su muerte significará que todo su discurso y sus políticas neo- liberales, que todos los recursos utilizados para “refundar el capitalismo” mil veces sin rescatar a la gente, sin solucionar sus problemas reales,  no habrán servido de nada.

Las decisiones tomadas estos días son un nuevo puntapié hacia delante de un sistema en crisis, pero a una muerte anunciada, al fin de una era en la que la financialización de nuestra vida ha dado como resultado un sistema en coma profundo. Al igual que algunas gripes, los enfermos, bajos de defensas y atiborrados de medicamentos, son los que tienen un mayor riesgo de ver como su salud colapsa. Así se encuentra ahora mismo la economía mundial: profundamente enferma.

Ni todas las recetas del FMI o el Banco Mundial, ni las transfusiones de dinero de los bancos centrales, ni las medicinas alternativas de China son capaces de sanar una economía que ya no encuentra dónde expandirse, dónde extraer nuevas rentas, dónde ganar algo de tiempo. El sistema económico global es un enfermo al que cualquier virus lo puede matar. Si no es este virus, será el siguiente.

 

Por Eduardo Camin

Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAEwww.estrategia.la)

Jefe de Redacción Internacional del Hebdolatino Ginebra