Las cruces. ¡Ay. Las cruces! ¡Cómo duelen las cruces, camaradas! ¡Cómo lastiman los sollozos ajenos porque rebotan sobre nosotros en oleadas de recuerdos terribles que inundan nuestros ojos con espinas agobiantes!

Las cruces. Miro las cruces y la muerte me mira, me toca, me estremece, se lanza sobre mí y me abraza entonando solsticios funerarios.

– ¿Qué hay detrás de aquella cruz, madre? –

– Muchos recuerdos. Muchos abrazos y besos inconclusos –

– ¿Sentimientos de culpa, quizá madre? –

– No hija. Esa es una tontería que dejó caer a nuestro paso el corazón inválido de alguien que perdió su capacidad de amar y que solo le resta un cuerpo y un alma mecánica –

– Las cruces. Me molestan esas cruces – dijeron algunos políticos – Duelen. Si las quitamos el dolor ajeno no será más mi propio dolor –

Ellos creen que el íntimo dolor de la madre ajena a sí mismo no les llegará cuando quiten esas cruces. Suponen que las docenas de litros de lágrimas encerradas en los altares no les mojarán sus sensibilidades turísticas y monetarias. Que las decenas, tal vez centenas, o cientos de miles de llantos no pulularán nunca más por las calles de Culiacán cuando los políticos lancen la orden de quitar las cruces que están repartidas equitativamente en las esquinas, banquetas, camellones, pasillos, carreteras y veredas de Culiacán.

Pero, si las quitan, los padres, madres, demás familiares y amigos no sabrán nunca que sucede en el más allá con sus hijos, hijas y parientes, porque las cruces le recuerdan el lugar donde acabó su vida y emprendió otro camino. Ellos, los políticos, creen que así, sin las cruces, los hijos no preguntarán entre llantos qué pasó, dónde está su padre o su madre que no vino nunca más a darle su fresco beso matutino y su caricia de buenas noches.

Detrás de cada monumento funerario existe una historia de amor y un ritual de despedida. Ellas o ellos estaban aquí. Entre nosotros. Caminaban, cantaban, amaban, odiaban, reían y lloraban, quizá más o quizá menos que cualquiera de nosotros. De repente, en aquel segundo que resulta eterno cuando la vida se acaba, se quedaron tan inmóviles como una imagen fotográfica prendidos del recuerdo. Se frustraron todos sus planes, proyectos de vida, necesidades y deseos, hasta la posibilidad de despedirse de sus seres queridos.

Sólo queda el altar donde los seres queridos le rezan y platican para asegurar que su alma ha encontrado un camino en la oscuridad de su muerte.

Es terrible el dolor de los amigos y familiares de quien muere violentamente, más sombrío que una muerte esperada por causa de una enfermedad. Al decirlo pienso en todos aquellos y aquellas que han desaparecido y no puedo, sino, sentir dolor.

La violencia en Culiacán se ha entronizado de tal manera en nuestros sentimientos que ni siquiera nos percatamos de la magnitud de nuestros propios actos violentos, como por ejemplo, lo violento que resultaría quitar los altares que mitigan el dolor de los deudos como creencia o costumbre profundamente arraigada.

¡Ay! Si es cierto. Como duelen las cruces de los altares que se encuentran diseminados en nuestra ciudad y que nos recuerdan en cada instante la violencia en la cual estamos inmersos.

Pero eliminar los altares en las actuales circunstancias sería un acto violentísimo que no podemos, sino, rechazar… violentamente.

Así estamos en Culiacán, casi en vísperas del Día de los Muertos, de todos los muertos y muertas, de nuestros muertos a los que acostumbramos conmemorar el 1 y 2 de noviembre en un altar para ofrecerle algunas de las cosas que en vida le resultaban gratas, el sufrimiento por la partida de los seres queridos resulta así menos doloroso, ese altar logra, quizá, hasta despertar algunas sonrisas, ¿no les parece amigas y amigos?

De nada y hasta siempre.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO