En París, donde reina un clima de guerra, se abre una conferencia sobre la guerra del clima: la COP 21. Pero ¿qué pasa con estas siglas?

COP significa Conferencia de las Partes y 21 porque es la vigésima reunión. La COP nació en 1995 a raíz de la reunión de la CMNUCC (Convención Marco de las Naciones Unidass sobre el Cambio Climático) en 1992 en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Así que ya podemos concluir dos cosas, la primera es que hubo que esperar tres años para que la COP viese el día y la segunda, es que después de 20 reuniones, seguimos estando en el mismo punto. La 21a ¿será la buena? Podría decir que lo dudo aunque pienso fuertemente que debemos creer en su éxito.

Muchos expertos nos aseguran, con cálculos en la mano, que el calentamiento de nuestra planeta es inevitable si no se hace nada. Hay que reconocer que otros expertos, menos numerosos y con cálculos en la mano, nos explican lo contrario. Entonces, ¿a quién creer? Sea cual sea la respuesta, debemos simplemente aplicar el viejo principio de la precaución. Es un poco la apuesta de Pascal. Después de todo, no hay riesgo en comenzar haciendo una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Entiendo bien, los cargos virulentos contra el capital, la culpa de las multinacionales, de los poderes del dinero, pués bien y ¿luego qué? Estos argumentos tan relevantes como lo son y tan justificados que lo sean, son siempre los mismos cada vez que un problema se plantea. Y como siempre escuchamos estos mismos temas, éstos se hacen inaudibles e ineficaces. Un mantra muy gastado y esto se convierte en una ecuación política, un combate derecha-izquierda y la gente ya no lo cree. Como la ecología, ella misma desacreditada, se ha vuelto demasiado política y uno tampoco la cree más. Sin olvidar el hecho de que nos hablan para el porvenir, para el futuro, en unas pocas décadas, esto no es mobilizador. Este domingo, nos anunciaban un gran éxito masivo de las manifestaciones en todo el mundo para el éxito de la COP 21. 600’000 personas desfilaron y ¡somos siete mil millones!

¿Por qué el discurso no agarra? Hay una segunda respuesta que está relacionada con la primera explicación que les dije antes. Sencillamente porque el discurso está hecho por los gobernantes actuales que, hoy día, son incapaces de poner un freno a lo que actualmente se comprometen, con la mano en el corazón, para frenar mañana. Un ejemplo, tomen Monsanto y sus productos, miles de estudios, químicos, medicales y a veces justo simples observaciones empíricas, han demostrado durante años que sus pesticidas, sus herbicidas, sus fertilizantes, eran verdaderos venenos. Los charlatanes de la COP 21, Obama el primero, ¿cerraron éstas fábricas de muerte programada?. ¡No! Si digo Obama, es porque Monsanto es una multinacional americana. Los ecologistas elegidos y tán virulentos, cuando una cámara pasa, nos van a decir que sí, pero hacen tales lobbying, tan poderosos, que no pueden hacer nada. Estos famosos ecologistas que no entienden nada a aquellos de los campos, cuando no los desprecian … ¡tomemos acto!

Otro ejemplo, las abejas. ¡No va a ser mañana que se morirán!. Pero sin abejas, no habrá polinización lo que quiere decir, ¡no más fruta, no más legumbres o árboles ni nada! Qué gobierno resolvió éste problema de una urgencia absoluta? ¡Ninguno!

Lo que deduzco, es que la gente que por millones escuchan estos discursos no les importa. No confían. Se les promete el infierno si no se hace nada cuando ya están inmersos en él. Saben cómo viven, cómo respiran, cómo hay muchos que no trabajan y si lo hacen, es con un salario de miseria. Sus ciudades están saturadas de contaminación, comen mierda, escupen el plástico y sobre todo, no se sienten responsables de lo que pueda pasar. ¿Y sabeís por qué? Porque la gente tiene un sentido común, haciendo todo lo que se puede hacer a su nivel. Porque los agricultores, de aquí y de otros lugares, se dieron cuenta de que estaban masacrando sus tierras escuchando las sirenas industriales. Porque saben que los que más hablan son aquellos que van a hacer lo mínimo. ¿Porqué organizar una COP 21 en París, cuando hace a penas un mes, todos los líderes reunidos éste Lunes 30 de septiembre, eran los mismos que estaban en Nueva York para una sesión plenaria en la ONU? Que todos estos aviones, todos estos coches y ninguno electrico, etc., que vinieron a pasear sus carrozas en París, demuestran de que ¡“del dicho al hecho hay mucho trecho”!

El planeta no será salvado por conferencias de varias decenas de millones de euros ni por aquellos que disertan en esta plataforma de la COP 21. El planeta no será salvado por esos brazos que venden armas y nos hacen la moral ni por aquellos que la sobrevuelan de tal alto, que se olvidan de caminar en ella. El planeta no será salvado por aquellos que ahora dejan hacer esas multinacionales que nos pudren la vida ni por aquellos que quieren encantar el futuro pero que son incapaces de hacernos vivir bien en el presente.

El planeta será salvado por los pueblos, la gente ordinaria, por aquellos que no tienen títulos, los que no tienen nada, los que saben escuchar los sufrimientos de la tierra. Por los que viven de una tierra, que sabe sonreír cuándo se le hace cosquillas y cuando no se le agrede. El planeta será salvado por aquellos que lloran cuando descubren el alcance de la contaminación del río Doce en Brasil porque un hombre que llora frente al desastre, ¡es un buen hombre!

Y la lucha será difícil ya que no va a haber palabras bonitas ni bellos apretones de manos entre los miles de periodistas. Esta lucha es demasiado importante para dejarla a los payasos, incluso si éstos son sinceros. Este combate, no es para mañana pero más bien, y sin duda, para hoy. Esta verdad que los pueblos han entendido desde hace tiempo, los políticos y no todos afortunadamente, lo descubren ahora. Sólo por esto, cómo confiar. Esto no impedirá que la aspereza de las luchas anunciadas son, ellas también, tan inevitables como el calentamiento del clima lo es.

Así que, por supuesto, vamos a seguir refunfuñando este pasaje de la hora de verano para … la hora de invierno.

Jean Yves Le Garrec

Traducido del francés por Lourdes Barros.