Corría el año 1944 un mal año para las familias proletarias chilenas.

Chile que se había mantenido neutral en buena parte de la segunda guerra mundial, en enero de 1943 rompió relaciones con Alemania. La segunda guerra mundial que se combatía en los frentes allá por la lejana Europa, Asia y África, en Chile generó un proceso de inflación galopante, la batalla al interior del país se desarrollaba en la economía doméstica de las familias más pobres que luchaban tristemente para “parar la olla”.

En el conventillo la totalidad de sus habitantes eran subempleados o trabajaban en actividades marginales como vendedores callejeros de periódicos, frutas, verduras, pescados, o como lustradores de zapatos, reparaciones domésticas de albañilería, pintura, fontanería. Sólo dos de los vecinos, empleados de correos, se salvaban de la regla.

La construcción, que en otras épocas ocupaba muchos trabajadores, estaba paralizada. 1944 no era buena época para gestar, parir y nacer.

¿Quiénes de las familias sumidas en la pobreza deseaban tener más hijos? Los sistemas de previsión social apoyaban, si acaso, a los trabajadores que contaban con el Seguro Obrero, pero los que vivían en la economía marginal del subempleo no contaban con ellos.

Victor y Justina, su mujer, estaban muy preocupados. Ella tenía cinco meses de gestación y no se encontraba en buenas condiciones de salud. Después del nacimiento de su primera hija la mujer no se había recuperado del todo, porque su alimentación y atención médica después del parto no era adecuada y  el nuevo embarazo agravaba la situación económica de la pareja. Para peor, su gravidez presentaba síntomas de rechazo. Victor día tras día buscaba a Ema, mamá de su mujer, que vivía en el cuarto vecino, para pedirle consejos sobre qué hacer y, sobretodo, para que cuidara a su hijita de dos años, mientras él buscaba algún trabajo ocasional, no siempre con buena suerte.

La suegra, partera empírica, frecuentemente atendía a mujeres de la localidad durante sus embarazos recomendándoles sólo remedios caseros, los medicamentos eran carísimos, más aún en esa época marcada por las consecuencias de la segunda guerra mundial, aunque ella se dedicaba, en gran parte, a practicar abortos clandestinos. Las mujeres en situación de pobreza, en Chile, prácticamente, estaban obligadas a recurrir a ese medio para no tener más hijos, así es que a Ema siempre le llegaba clientela. Victor le tenía un poco de miedo a la suegra por esa actividad, sin embargo le confiaba su familia por su gran experiencia en el uso de plantas medicinales, por lo menos podía atender a su mujer y su hija.

Así, con muchas dificultades económicas pasaron ocho meses de embarazo, al cumplirse el octavo mes Valparaíso amaneció esplendoroso, el conventillo, iluminado con los rojizos tonos del crepúsculo primaveral se mostraba en extraña agitación, el cielo se pintó de un azul profundo sin ninguna nube que oscureciera los pronósticos de vida que se gestaban en el cuarto número cuatro.

Mientras la mujer se estremecía en los dolores del parto las vecinas del conventillo se retorcían las manos en nerviosas súplicas para que todo saliera bien. La partera empírica, al llamado de su amiga Ema, se presentó en la madrugada para atenderla. Desde su llegada se le notó preocupada porque los nacimientos de ochomecinos, explicó a Victor, suelen ser complicados. Cuando llegó el momento del nacimiento, con cara seria, pero muy segura de sí misma, le habló.

–  Victor. Usted quédese afuera, por favor. Su suegra y yo nos encargaremos de que todo salga bien. Vaya, fúmate un cigarrito y mientras tanto ponga a calentar agua.

Pese a los funestos presagios el niño nació en perfectas condiciones.

El verano transcurrió sin mayores contratiempos. Casi al llegar el invierno, el niño se puso enfermo. No dejaba de toser y sus bronquios dejaban salir dificultosamente el aire.

En la madrugada de su quinto mes de vida el viento que provenía del mar se encerraba y giraba en el patio de la vecindad. Hacía frío. En el cuarto Justina y Victor se miraban angustiados. El bebé se debatía entre quejidos y llantos, la fiebre le provocaba extrañas convulsiones que los llenaba de angustia. A ratos se aquietaba y gemía quedamente. La mujer lo alzaba y paseaba por la habitación mientras lo acunaba cantándole entre dientes. El esposo se retorcía las manos. Previendo un desenlace fatal la tarde anterior el cura acudió a la casa a bautizarlo para que su alma no se quede en el purgatorio. Doña Juanita y don Segua fueron los padrinos. Ya se puede morir en paz, dijo la abuela después de la ceremonia.

Una nueva convulsión estremeció el cuerpo de la criatura que ardía en fiebre. Eran las cuatro de la madrugada. El llanto del bebé se transformó en un quejido lastimero que acongojó aún más a los padres.

En el exterior se oyó el canto de un pájaro.

–  ¡Uju-újuuu! ¡Újuuuuuuuuu!

–  ¡Viejo. Viejooo! – Clamó la mujer- Está cantando una lechuza. ¡El niño se va a morir!

Salió al patio y, entre sollozos, llamó a su madre que vivía en el cuarto de al lado.

–  ¡Aay mamá! El niño se nos muere. No sabemos qué hacer. ¡Ayúdanos por favor!

Ema salió a la carrera de su cuarto. Se acercó a la mujer. Miró en dirección donde provenía el ulular del ave de mal agüero.

–  ¡Victor! – Le gritó al padre del niño acurrucado al lado de la mujer.

–  ¡La lechuza está cantando en ese árbol! ¡Vaya y corretéelo a piedrazos para que se vaya!

El hombre salió a la carrera. Al rato se le escuchó pegando de gritos y lanzando piedras contra el árbol. Se escuchó un aletear y luego la blanca figura del ave se destacó en el negro cielo. El canto del ave se fue extinguiendo en la distancia hasta desaparecer.

Al rato Victor regresó con su mujer. Tomó al niño en brazos para que ella descansara y entraron al cuarto. El niño estaba apaciblemente dormido.

Al día siguiente la fiebre cedió. El niño respiraba de manera casi normal. A las 7 de la mañana Victor se despidió de la mujer.

–  Vieja. Me voy, tengo que trabajar.

–  Pobre casi no dormiste.

–  No te preocupes. Lo bueno es que se ve mejorcito. Ahora me tienen que pagar el trabajo que estoy terminando y compraré medicinas.

–  Está bien viejo. Anda tranquilo. Con mi mamá lo estaremos atendiendo. Ella me dio varias hierbas que lo ayudan a mejorar. Lo bueno es que pudiste espantar a la lechuza.

–  Sí, eso es lo bueno, se llevó a la muerte con él para espantar a otros cristianos. Adiós viejita.

Y eso fue lo bueno para el niño, la lechuza, ave de mal agüero que anunciaba la muerte del bebé se fue volando con su carga funesta para que el niño recupere la salud… y la vida.

Así son las creencias de nuestros pueblos estimadas amigas y amigos… de nada y hasta siempre.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO