El general producía compasión por su estado anímico, con su cuerpo desmejorado, su rostro amarillento, refulgente, traspasándole el maquillaje colocado como riego artificial para tratar de desterrar el rictus.

El general venía enfermo desde hacía dos estaciones invernales. La prostatitis y diabetes eran las arañas peludas que clavaban sus apéndices para su crucifixión en el acto de mear.

Regaba los ayes de dolor, tras cuidadosamente, tratar de tomar con la mano derecha el exangüe y arrugado pene hacia la procreación del lento goteo. Y el caer, espaciado, del glóbulo líquido excretado por los riñones, lo hacía retorcerse bajo el padecimiento agudo, intolerable, brotándole lágrimas que se secaba con el bordado y oloroso pañuelo.

A su lado, centenares de fantasmas danzaban, reían, cantaban, como símbolo jubiloso del sufrimiento, lento e incisivo, del general.

Las sombras, gozosas, yacían distantes de reflejar –aun en el “más allá”- el sentimiento de lástima hacia aquel verdugo horadado, agujereado, inyectado por los puyazos prostáticos.

El intenso y atroz dolor le acuchillaba el sobresaltado sueño, provocado por microdosis alucinógenas, mas no le mutilaba los recuerdos, la nostalgia y las reminiscencias de su infancia y juventud, puesto que todo esto ya había sido desterrado, desde que la cimitarra de la traición lo transformó en tirano, rompiendo con las voces de la intimidad y del pasado.

En el transcurso de veinticinco años ningún oficial de las fuerzas armadas, ni sus allegados, le escucharon referirse, menos evocar, sus años infantiles en las cercanías del Puerto de Valparaíso, los juegos con pelotas de colores en las arenas mordidas por el mar, sus romances juveniles, encuentros deportivos, el teatro o los paseos a Viña del Mar.

Aquel hombre parecía un viejo antes de tiempo: seco y flemático. El ejército era su obsesión: Bismark y el paso de ganso, Hitler, Mussolini, Charles De Gaulle, la rígida disciplina, los uniformes descollantes, las estrellas, condecoraciones, medallas y el poder.

En aquella enfermiza idea estaban exiliados los espacios para la sensibilidad, la ternura y el amor.

Desde cadete lo había fascinado la tradición elitesca de West Point, y por eso le inculcaba a sus compañeros que el componente militar era la salvación del país:

-Los militares son los dioses sobre la tierra y las fronteras entre las naciones no tienen por qué existir- repetía en su monólogo, como en un mandamiento, la conjugación fraseológica o amalgama de pensamientos de Julio César y el Mein Kampf.

El general obedecía, tal un cordero, las órdenes superiores, haciendo uso de la sumisión y la zalamería para obtener sus objetivos.

Sus héroes predilectos eran San Martín y Bernardo O´Higgins. En una conferencia en la cual disertaba sobre la historia patria, derramó lágrimas por el aristócrata conservador Diego Portales, al referirse a su fusilamiento.

El general no perdía oportunidad para tejer loas a las tropas triunfadoras en la guerra del Pacífico que arrancaron a Bolivia y Perú los territorios de Tarapacá, Arica y Tacna.

Veía en las brumas invernales del otrora litoral boliviano al poderoso ejército chileno –comandado por militares conservadores y liberales- apoderarse del salitre, bajo el asesoramiento de las compañías inglesas, esas que habían iniciado la conspiración de 1879, desde el momento en que la nación creada por Bolívar dictara la resolución de expropiación.

-¡Qué generosos y valientes los británicos! –decía en su monólogo hacia aquel pasado de esplendor- ¡Y estos malagradecidos y asquerosos cordilleranos, tener la osadía de alzarse y atentar hasta con la progresista mano de obra chilena! ¡Bien enterraditos están sus muertos, y Dios los ha castigado con la pérdida de su salida al mar!

Y concluía sus alabanzas al poder autoritario y a las figuras neblinosas:

-Para los insurrectos no hay piedad, no hay perdón. Gratitud a quienes exterminaron a sangre y fuego a los brutos indios araucanos. Y dicha para los Reyes, el ejército, los súbditos y también para los gobiernos del viejo Albión.

Por otra parte odiaba a Balmaceda por su nacionalismo y su oposición a la entrega del salitre al capital norteamericano. Aplaudía la matanza de los huelguistas de Iquique.

El general había esperado, pacientemente, como la hiena durante la noche, para dar el zarpazo y comerle el corazón al pájaro esperanzador de la patria humillada, pues estando a su lado como comandante del ejército, juraba fidelidad, pero trabajaba en la oscuridad para bañar de sangre las alamedas, Santiago, las araucarias, Valparaíso, las minas de cobre, los bosques, ciudades y pueblos.

Durante tres lustros el general asesinó la palabra libertad; enmudeció el cielo, el paisaje, el mar de su territorio austral.

Sus secuaces torturaban, fusilaban, enterraban y desaparecían a jóvenes, mujeres, artistas y a todos los ruiseñores del amor y la fraternidad.

Los cementerios crecían y las bayas azucaradas de la vid ya no eran tales, sino sangre y vinagre.

El imponente país de montañas esmeralda, picachos helados, valles, serranías, lagos e islas danzando en el Pacífico; de urbes hermosas y villas, habíase convertido en eclipse total, retrato de la oscurana de la edad media. En general no se cansaba de matar, encarcelar y encadenar.

Cuando un íntimo osaba pedir la libertad de un condenado, la aristocrática esposa del autócrata respondía:

-No moleste al Presidente, ya que él se llena de tristeza porque es muy delicado.

El general, que jamás pensó que el tiempo caminaba, que los días corrían semejante al vuelo de las golondrinas migratorias, que los años se escurrían, sigilosamente, como los gatos; que siempre se creyó rígido, dando rugidos para el tronar de los fusiles, para la tortura de la electricidad en los testículos de la víctima, para el estrangulamiento de quienes clamaban libertad, ahora emite ayes al no poder mear, porque una sierra filosa de acero le baila sobre el riñón, y suda copiosamente.

A veces cesa el ritmo del goteo, y sorprendentemente el líquido baja, bañando de hediondez el pañal de bebé que le pone su distinguida señora. Pero ni la esmerada pulcritud, ni la frescura de los polvos y el perfume, alejan la pestilencia.

El general, en la defoliación de su vida, como el otoño que torna esqueléticos a los árboles, ni siquiera discierne el andar efímero del hombre en la eternidad, pues en este momento, con su bastón y el aguijón que lo atraviesa, penetra en la oscuridad de su existencia en tres patas.

Y al sentir la humedad de las gotitas de orín en el pañal, piensa que está gateando tal un niñito.

¿Por qué ocurrirle semejante venganza, cuando él era imponente Marte y verdugo sobre su nación?

¡Qué tiempos aquellos!: toda la crema, la élite, la aristocracia, la clase media –soñadora en hacerse rica- postradas a sus pies. Los militares, los jerarcas de la iglesia, los amos de la prensa y la oligarquía rindiéndole honores, bautizándolo el Salvador de la Patria.

En estos terribles instantes él no puede mear, porque desprecia la sonda, ese instrumento plástico que no es para los hombres recios. Cómo lo han humillado, degradado, rebajado hasta el punto de meterle el dedo enguantado por el culo. ¡Dios mío!, ¿por qué tanta crueldad contra el más grande general moderno de la nación?

Ahora su figura encorvada y las venas que parecen bejucos nudosos lo presentan como un anciano lastimero, estropeado, digno de compasión, presto a emprender el viaje hacia el infierno, donde lo esperará un comité de bienvenida integrado por Satán, Nerón y Calígula.

Los diablitos celebrarán las diabluras del general en la tierra, bañándolo en la quinta paila con azufre, cobre y salitre.

Mientras tanto, antes de abordar el navío infernal, puja y puja, grita y suda para mear, y los fantasmas y sombras de sus víctimas cantan a coro: “Dios tarda, pero no olvida”.

Victor Jara Danos tu fuerza y tu valor al combatirVictor Jara

Antonio Pérez Carmona, escritor venezolano (1933-2006)

perezcarmona4Antonio Pérez Carmona es uno de los más polifacéticos intelectuales venezolanos del siglo XX.

Nació en Escuque, estado Trujillo, el 8 de junio de 1933. Periodista, investigador de la historia indígena y crítico de arte, aborda con frescura y originalidad la poesía, el cuento, la novela, el ensayo y la crónica.

Desde muy joven se incorpora a las luchas sociales de su país, por lo que sufre prisión y torturas al final de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Luego de unirse al movimiento insurreccional de la década de los 60, se exilia en España.

Entre sus libros destacan los poemarios De la nostalgia (1983) y De la guerra y la ternura (2005); las novelas Paula (1986) y Cambises (1998); los relatos Hombres y tierra mágica (1982) y Muerte por agua (2005), así como los ensayos Los cuicas y sus herederos poéticos (1979) y Viaje por la poesía venezolana y el orbitar universal (2004), cuyo segundo tomo dejó inédito.

A pesar de la poca difusión de su obra, en el 2006, año de su muerte, había sido postulado por la Universidad de Los Andes al Premio Nacional de Literatura.
Infancia, nostalgia, memoria y ausencia, son los vasos comunicantes de una hermosa propuesta literaria hilvanada con un verbo elegante, profundo y de alto vuelo poético.
Alejado de movimientos y grupos literarios, Antonio Pérez Carmona estructuró, sobre la base de la recurrente referencia telúrica, nostálgica y mítica a su Escuque natal, una sólida y subyugante obra que espera se descubierta por los lectores de nuestro tiempo.

Destacados escritores como Juan Calzadilla, Dámazo Ogaz, Ramón Palomares, Adriano González León, David Cortés Cabán, Víctor Bravo, Pascual Venegas Filado, David Alizo, Héctor Mujica, Oscar Guaramato y Gustavo Pereira, coinciden en su valoración hacia la prolífica y obra de este creador venezolano.