Pensar la vida es también aceptar que sea múltiple ya que reside en cada uno de nosotros. La vehiculamos y la transmitimos a través de nuestros cuerpos. Es el fundamento de la existencia y reveladora de toda su complejidad.

Tener consciencia de su existencia es un concepto complejo y empírico. Ser consciente de su conciencia, de sí mismo y de lo que esto revela, requiere tiempo y el paso de ciertas etapas. La mente y el recuerdo de la experiencia de una exploración íntima, contribuyen a la idea del Yo. Nuestras emociones y la percepción del mundo que nos rodea, contribuyen a la asimilación de la verdad existencial.

Así que, naturalmente, la muerte toma sitio en este proceso de reflexión. Se vuelve la reveladora de nuestras vidas, ya sea de manera inconsciente o incluso más pronunciada en algunos de nosotros. En cierta manera, autentifica el valor de la vida porque arriesgamos de perderla y “no, esto no sucede solamente a los demás.” Es a menudo, cuando corremos el riesgo de perder lo que tenemos de más querido, que nos damos cuenta de su valor pero por el momento, la muerte es irremediable. Nos convertimos en los esclavos de sus temores y de sus deseos.

El progreso de la medicina ofrece la posibilidad de recular la esperanza de vida pero todas las sociedades humanas no están en la misma etapa de innovaciones o de conocimientos del cuerpo y de la mente. Por lo tanto, es lógico observar diferencias en las costumbres o en los modos de pensar relativos a los conceptos presentados. Si tenemos en cuenta la diversidad individual, éstos se aplican a un conjunto sin que se parezcan. Numerosas opciones, muchos ideales se convierten en administradores de la vida social, invitando a sus ciudadanos a someterse porque si no, estarían fuera de la ley o serian víctimas de dichas leyes.

La evolución se convierte en la precursora de la libertad, al igual que puede encerrar el ser humano cuando este desarrollo está sometido a una búsqueda de la perfección. A esto, todo lo que se refiere o implica una cuestión de libertad, pide y requiere la gestión de una autoridad y la vida no está excluida.

¿A qué punto la libertad de la vida?

La libertad del individuo se encuentra encerrada cuando sus opciones se reducen a expensas de una alternativa adecuada. Este sentimiento interviene cuando uno se encuentra sometido a la coacción que hace aparecer los límites de su propia individualidad. Entonces, ¿cómo defender y hacer valer su diferencia, cuando ésta se encuentra en la parte inferior de una jerarquía aplastante?

El autocontrol se encuentra a menudo obstaculizado frente a lo que parece imponerse a nosotros. El hombre y la mujer, como individuos, deberían hacer frente a los mismos grados de condiciones del ser social. Sin embargo, no podemos escapar a ciertos hechos que se acreditan exclusivamente a la mujer pero que se han visto dirigidos por el hombre.

No es necesario recordar lo que la historia ha puesto de manifiesto sobre la desigualdad, determinando la mujer como un ser menor y más débil. Este hecho queda todavía innegable, incluso si a uno le gustaría creerlo abolido desde Mayo 68 (Francia) o más recientemente, en el mundo árabe en donde, hoy día, las mujeres manifiestan en sus nombres para sus derechos (Primavera árabe). Sin embargo, la determinación del sexo se jugaría casi a la ruleta rusa entre el cromosoma Y (masculino) y el X (femenino) y tuvimos que esperar hasta 1959 para comprender que ya no hay más mérito a todo esto.

Desgraciadamente, el acondicionamiento de su función ya se había definido y transmitido de una mujer a otra a través de las generaciones. Será, por excelencia, la madre con las limitaciones que esto impone. Por lo tanto, en algunos casos, la libre elección se encuentra comprometida incluso si todas las mujeres no forman parte de este esquema. La esfera familiar y privada se determina en una ideología distinta de la de la esfera pública.

La procreación es libre cuando ésta sigue el estándar, es decir, cuando es consentida entre un hombre y una mujer que están casados. De esta manera, no hay leyes, moral, ni religión que pueden intervenir. Un hijo concebido fuera del matrimonio, es rechazado y se convierte en el culpable de la mala conducta de su madre cuando ella misma no es castigada por las leyes y las tradiciones de su entorno. En este acto, se reconoce numerosas prohibiciones sociales y morales que pueden acarrear consecuencias graves y que son difíciles de reconocer porque muestran un abuso universal contra la mujer, omitiendo al hombre.

Resultado de un pensamiento fijo y orientado, la mujer se convierte en la culpable de una concepción tradicional de la humanidad. La evolución y el estado de la consciencia, que previamente hemos desarrollado, intervienen en el curso de la evolución y de la huella del paso de las etapas dando lugar a una forma de legado que hoy día, ya no encaja. En respuesta a este fenómeno, que se ha expandido a nivel mundial, la medicina y el conocimiento pudieron proporcionar una respuesta a una tendencia liberal que implica la decisión de ser madre o nó.

El derecho a la contracepción ya es una forma de liberación y, sin embargo, es mucho más antigua de lo que quisiéramos creer ya que algunas religiones la prohíben así como otras, la toleran.

Esta relación con el control de la procreación se complica cuando abordamos el tema del aborto. Ya sea en los países más o menos desarrollados, nos encontramos con los mismos comportamientos que sean pro o reacios. En este sentido, ¿que pueden revelar? Entre el control de la concepción y la religión, parece ser que no hay conciliación. Sin embargo, la imposición de una prohibición no impide para nada infringirla cuando ésta hace barrera con su propia voluntad individual. Estas restricciones legales crean desviaciones como las de la clandestinidad en la práctica del aborto o el malo y pobre seguimiento médico. No hay razones perfectas para prohibirlo así como para autorizarlo. Para ambas partes, hay solamente consecuencias incomprendidas.

¿Quién está mejor posicionado para tomar las decisiones sobre las vidas más adecuadas, cuando esto pertenece a la libertad de cada uno? Aunque el aborto es, y seguirá siendo, una tragedia, es un peso que sólo la mujer transporta y transportará aunque han sido los hombres, en su mayoría, quienes históricamente se han apropiado del derecho de legalizarlo o no (Asamblea política en Francia). Esta elección señala más una amputación de los derechos de las mujeres que un eventual apoyo en sus luchas porque, principalmente, se opone a los principios de derechos a la vida (Los Derechos Humanos).

Hasta 1975, la única personalidad política que se posicionó en favor de las mujeres para el derecho al aborto, fue una mujer en medio de un conjunto de hombres. La Sra. Simone Veil (Ministro de la Salud) consiguió, a pesar de las críticas y de las amenazas de muerte, legalizar el aborto y el reconocimiento de los derechos de la mujer.

La procreación en su individualidad, también puede representar un drama cuando no ha sido deseada así como el producto de un beneficio de la vulnerabilidad física de las mujeres. Puede ser la consecuencia de una violación o incluso, de un pecado si se expresa al exterior de las leyes religiosas y divinas que no la toleran fuera del entorno matrimonial. La vergüenza y el pudor se imponen a la mujer, quedándose sola para soportar el peso de la culpabilidad y de la acusación ilegítima, pero no debemos olvidar que no puede ser la única culpable de éste pecado.

Hoy en día, la mujer se emancipó y obtuvo el control de su vida que se expresa principalmente en los países de Occidente. Los marcadores de la culpabilidad desaparecen en favor de la legalización del aborto, dejando solamente una gestión interna de lo que esto pueda generar (Francia 1975, Suiza 2002). No obstante, las conclusiones de esta modernidad recuerdan aún más una regresión en algunos de estos países como recientemente en España, en donde el derecho al aborto se ha vuelto a cuestionar a pesar que solamente fue autorizado en 2010. Otros países, donde el hombre y la mujer no son considerados como iguales o cuando la religión actúa con leyes impregnadas por la sociedad, distancian esta libertad y la ponen lejos de ser tolerada.

Hay un límite marcado que, a nivel de la legislación, corta el mundo en dos. Los países del Sur, mancan pocas aberturas, a no ser que la vida de la madre esté en peligro. La voluntad individual es superada por la importancia de los principios religiosos y crea derivas que se convierten en riesgo para la madre y también para el niño que, por su estatuto, no tiene conciencia para juzgar de su voluntad. ¿Quién puede pensar en las consecuencias que podrían ocurrir en la vida del niño si éste no es deseado o educado en las mejores condiciones posibles?

Cuando nuestra conciencia se construye a través de las experiencias pasadas que alimentan nuestro deseo de libertad individual, de conocimientos y de control, ¿no sería normal de querer controlarlos si estos arriesgan de cambiar nuestros intereses personales? La evolución de nuestras sociedades y la pretensión del saber impuesto a los individuos que las componen, ¿estarán más cercanas y suficientemente en confianza con nuestra individualidad? ¿Se podría encaminar la construcción personal si nuestras opciones de vida están puestas bajo tutela por las leyes de diferentes órdenes que toman posesión de nuestro ser?

Sonia Fadlallah