La mayoría de los católicos son temerosos relativo a toda teoría o definición que no sea oficial, como si el dogma los protegiera de la contaminación intelectual y los vigorizara en la fe. Pero las cosas no vienen de la nada, y así como otras religiones, el catolicismo, como antaño el judaísmo, tuvo múltiples influencias de religiones paganas. Una de las principales es el dogma de la Trinidad. El número tres es sagrado para innúmeras religiones y corresponde a la ley básica de la dinámica, es decir dos fuerzas opuestas que producen una tercera resultante, que es lo que permite que la Luna gire alrededor de la Tierra y que el ser humano pueda reproducirse.
Positivo+ Negativo = neutro. Padre + Hijo = Espíritu Santo. Espíritu + Mente = cuerpo. Esto significa que somos tres personas en una. Somos Espíritu, somos mente y somos cuerpo. Tres partes indisociables, que deben estar en equilibrio para que el individuo pueda desarrollarse. No podemos descartar el cuerpo y privilegiar el Espíritu, porque el uno sin el otro no tiene razón de ser. Y es lo que la Iglesia Romana ha tentado hacer desde hace siglos, produciendo una verdadera esquizofrenia en la sociedad, separando la acción teológica de la Iglesia y la realidad socio-política. La no aceptación del impacto social y político de Cristo en su época, y la lucha para mantener y aumentar sus privilegios, hizo que la Iglesia siempre combatiera ferozmente todo intento de aplicar la real doctrina social cristiana. Y fue lo que sucedió en América Latina con la Teología de la liberación. Esta corriente de pensamiento nace a fines de los años 1950 cuando católicos progresistas se alejan de un catolicismo conservador en provecho de una vía en donde la acción política aparece como una exigencia en el compromiso religioso contra la pobreza. La expresión inventada por el obispo peruano Gustavo Gutiérrez, fue lanzada durante el congreso de la CELAM en Medellín en 1968. Esta corriente de la Iglesia defiende la liberación de los pueblos y entiende así renovar con la tradición cristiana de solidaridad y hermandad. Entre sus representantes más conocidos se encuentran los obispos Helder Camera y Oscar Romero, el teólogo Leonardo Boff y cientos de miles de padres y monjas que renunciando a todo, asumieron la miseria del pueblo y lucharon activamente por más justicia social, sacrificando, muchas veces sus propias vidas. Desde el año 1980, la Congregación por la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardinal Ratzinger, actual Papa, condenó sus teorías, prohibiendo principalmente a Leonardo Boff de enseñar y publicar. La Teología de la liberación propone que los pobres y explotados por un sistema intrínsicamente perverso que es el capitalismo, sean actores de su propia emancipación. El apoyo de ciertos obispos, inclusive de cardenales (Paulo Evaristo Arns, de São Paulo) le dieron a la Teología de la liberación peso y credibilidad. Actualmente muchos de los militantes de aquella época integran los movimientos alter mundialistas en donde luchan contra la implementación de un orden mundial neo liberal, cuya máxima expresión es el forum mundial de Porto Alegre en Brasil.

Cuando la Juventud Cristiana Universitaria brasilera en los años 1960, alimentada por la cultura católica francesa progresista, formula por la primera vez, en nombre del cristianismo, una proposición radical de transformación social, no podían imaginar que este movimiento se extendería por toda América Latina, y que extrapolaría sus fronteras yendo hacia África y Asia, y que a partir de 1970 encontraría una expresión cultural, política y espiritual en la Teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres. La Teología de la liberación se revela como una verdadera teología, apoyada sobre la revelación y sobre la tradición, siempre guardando una dimensión concreta y social, y continua trazando su camino, inexorablemente, en oposición a la posición oficial de la Iglesia que declara en la voz de Juan Pablo II, en su viaje a México en 1979: “Esta concepción de un Jesús político, revolucionario, no está en armonía con lo que enseña la Iglesia …” Es lamentable que la Iglesia Romana haya olvidado el valor evangélico de la defensa de los Derechos Humanos, no en tanto que operación temporaria, pero como misión intrínseca de la Iglesia

AlfonsoVásquez Unternahrer