Todo el día estuvo lloviznando. La niebla apareció muy temprano cubriendo en apretado abrazo al molo de abrigo de la rada de Valparaíso.

A mediodía se internó mansamente en las calles del puerto y subió en blanquecinos bucles desde las faldas hasta la cumbre de los cerros. A las cinco de la tarde, la oscuridad se apoderó de la ciudad, se encendieron las luces del alumbrado público cuyos anaranjados resplandores apenas alcanzaban a despejar parte de la niebla. Las sirenas de los remolcadores y el ulular del faro anunciaban a las embarcaciones que debían extremar sus precauciones al ingresar al puerto, al tiempo que incitaban a los pobladores a recogerse temprano en sus hogares.

Desde la entrada del conventillo de la calle Placilla no se ve nada, el húmedo cerco de la niebla dificulta la respiración. Las voces de fantasmales caminantes se escuchan apagadas y distantes entre las brumas de la cerrada neblina.
Entre los rutinarios sonidos del anochecer porteño se destacó el estridente grito de una mujer llamando a su hijo.

– ¡Chocheeeeeeee! ¡Chocheeeee!

Nadie responde a su llamado por lo que vuelve a gritar.

¡ CHOCHEEEEEEEE!

Un coro de infantiles voces responde, entre carcajadas, a su quejumbroso llamado.

– ¡Choche-tu-madre te llamaaaa!

Un apresurado corretear se interna en el patio completamente a oscuras. En el conventillo hay luz eléctrica pero la mayordoma, como es la encargada de conectarla, lo hace hasta las ocho de la noche sea invierno o verano y solo por dos horas porque el abusivo casateniente así se lo exigía.

Mientras tanto los habitantes se debían alumbrar con velas o chonchones mientras preparan los últimos alimentos del día. A la hora que la mujer se le ocurrió conectar la luz casi todos los habitantes dormían.

Es invierno, la madrugada más fría que de costumbre encierra entre sus silencios el pitazo de un tren y el mugir del faro que no logran perturbar el descanso de los habitantes de Valparaíso.

En esos momentos gritos coléricos, golpes iracundos y el estrépito de vidrios rotos se escuchan en la vecindad de la calle Placilla:

– ¡Me voy a mataaaaaar! ¡Me voy a matar pá que toas las viejas de este conventillo queden contentas! –

Pasos precipitados y enérgicos golpazos sobre una puerta remarcan el bullicio.

– No m’hijito… por favorcito… no te mates. ¡No te mates por el amor de Dioooos! – Grita, entre sollozos, una mujer.

El conventillo se pone en movimiento. Caras soñolientas se asoman con precaución desde los cuartos que rodean el patio del conventillo.

– ¿Qué pasa? – Pregunta alguien asustado.

Carreras de un lado a otro. Parece que tratan de ubicar a la dueña de los gritos y al que amenaza con matarse.

Los habitantes, hombres, mujeres y niños salen de sus habitaciones para enterarse de lo que sucede. Un suicidio no es cosa de todos los días.

– ¡El Loco Bascuñán se quiere suicidar! – grita una vecina espantada.

Al fondo del patio se encuentra compungida y llorosa la señora Tita, esposa del supuesto suicida.

– Ahí está mi marido… Se quiere matar. ¡Deténganlo por favor! – Ruega a los curiosos, mientras muestra con su mano la puerta del WC.

– ¿Querían que me muriera viejas güeonas? ¡Güeno, po… Me voy a morir! –

– No te mates Panchito. ¡No te mates! –

– ¡Ya se va a matar el loco Bascuñán pá que estén contentas viejas cagüineras! – Se escucha una voz desde el baño -¡Se acabó el Loco al que tanto calumniaban viejas de mierda! – Vuelve a gritar el suicida.

El murmullo de un rezo se oye entre las mujeres que rodean al guáter.

– Padre nuestro que estás… –

– ¡Cállate el hocico vieja güeona… si todavía no se muere! – Le grita un hombre.

Silenciosos esperan el golpe mortal o el estampido de un balazo.

– ¡Llamen a la policía!

– ¡Mejor a la Cruz Roja!

– ¡Al cura… al cura… pá que lo convenza!

Unos hombres tratan infructuosamente de abrir la puerta del baño. Al interior se oye correr el agua de la regadera. El suicida reitera su amenaza:

– ¡Ahora se muere el Loco, mierdaaaaaas! ¡Ya se va a morir el Locooooo! –

A la carrera llega un individuo con una herramienta, se acerca a la puerta y en cuestión de segundos la abre. Los vecinos entran en tropel. Descubren que allí está el Loco Bascuñán vestido bajo la regadera. Mojado, temblando de frío… con cara de profundo dolor espera la muerte.

– Loco güeón. Sólo a él se le ocurren estas güeás. – Comenta el que abrió la puerta. Todos los vecinos desaparecen rápidamente en la oscuridad.

Doña Tita abraza tiernamente al loco.

– Resfriado que vas a agarrar, viejo tonto – Le dice su esposa entre amorosa y enojada mientras lo arrastra con la ayuda de otra mujer hasta su cuarto.

 Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO