Se llamaba Lucho, era el tercero de cuatro hermanos, tenía cuatro años de edad cuando de un mal parto murió su madre, su padre falleció pocos meses después víctima de una neumonía. Muy niño aún para darse cuenta de lo que pasaba junto a sus tres hermanos quedó al cuidado de tres tías solteronas, hermanas de su madre. Ellas lo educaron muy católicamente en la observancia de las elásticas reglas de los 10 mandamientos. Al igual que sus hermanos apenas cursados los primeros años de primaria debió incorporarse al trabajo porque la renta de la parcela que poseían sus tías y los bordados, costuras y tejidos con que complementaban sus ingresos apenas les daban para sobrevivir y atender las necesidades más imperiosas de tan numerosa familia.

Como al Lucho le gustaba el trabajo con la madera las tías no tuvieron dificultad en colocarlo como ayudante en un taller de carpintería. Todas las tardes hasta la puesta del sol trabajaba con mucho entusiasmo. El maestro del taller, un hombre afable, solidario y sin vicios lo preparó como carpintero, tarea muy sencilla porque al muchacho le gustaba esa actividad. Pero el salario que percibía era muy bajo, parecía que pagaba por trabajar,  así que a los 15 años habló con sus tías y les solicitó permiso para irse a trabajar a la ciudad, como para ellas significaba otra carga menos porque el mayor de los hermanos ya se había ido, lo autorizaron.

En la ciudad se empleó como oficial de carpintero en una construcción. Era un oficio muy distinto a lo meticuloso de la fabricación de muebles por la rudeza de la madera que se utiliza en el armado de los tijerales en la construcción de viviendas.

Muchacho como era y educado en la observancia de los 10 mandamientos ninguno de los cuales prohíbe beber se incorporó a la rutina de irse a la cantina apenas recibía el salario de la semana. Al principio tomaba con el resto de los obreros, pero poco a poco se fue alejando. Se tuvo que acostumbrar a tomar solo porque, como decían sus compañeros, “tenía mala tomada”, le daba por insultar a sus acompañantes de parranda.

A pesar que se emborrachaba sistemáticamente cada fin de semana nunca dejó de trabajar. Jamás se supo que tuviera algún interés en ponerse de novio o casarse. Lo suyo era la borrachera.

A veces visitaba a sus tías, sobretodo cuando estaba enfermo. Ellas lo recibían compasivamente y lo llenaban de consejos y reprimenda. En otras ocasiones, en día domingo, visitaba la casa de su hermano Roberto casado con cuatro hijos. Saludaba respetuosamente, repartía con sus manos callosas algunos torpes cariños y una que otra frase amable. A la hija más pequeña solía decirle “Sé que tienes el nombre de una reina, pero no me acuerdo cuál”. Comía con lentitud exasperante lo que le servían mientras comentaba que comer era lo más aburrido del mundo. Ya tarde se despedía con la promesa de volver al domingo siguiente.  

En una de esas visitas su cuñada, la señora Yolanda, le preguntó.

– Oiga Luchito ¿por qué no se casa para que tenga una mujercita que lo atienda y lo cuide? 

– Aaaaah… no cuñaíta. ¿Cómo se le ocurre? ¿No ve que yo soy borracho, pueh?

– Y qué tiene Luchito. La mujercita lo puede apoyar para que deje de tomar y se componga.

– Mire cuñaíta… Le voy a decir una cosa… no me caso porque soy borracho. ¿Tiene caso que una pobre mujercita y unos pobres niños tengan que sufrir soportando a un borracho como yo? No cuñaíta. Los borrachos que se casan y tienen hijos son unos irresponsables. Yo estoy bien así, cuñaíta. Me gusta el trago, soy borracho, voy a seguir siendo borracho, pero, que le quede claro: YO SOY UN BORRACHO RESPONSABLE.

Y así fue, el tío Lucho siguió emborrachándose sistemáticamente los fines de semana. Terminada su faena del sábado, iba a la cantina se tomaba unos tragos, siempre solo porque no sabía convivir en grupos, la seguía el domingo y el lunes descansaba de la tomadera para trabajar el resto de la semana. Como era muy responsable y trabajador un pequeño empresario de la construcción, que lo comprendía, lo contrató desde muy joven, incluso le proporcionaba alojamiento y le pagaba religiosamente su Seguro Social para que tuviera atención médica cuando fuera necesario.

El tío Lucho, siempre igual, llegó un momento que debía pensionarse. Se jubiló pero como no tenía donde vivir se hospedaba en el Ejército de Salvación que por unos pocos pesos les proporcionaba una cama donde dormir a las personas abandonadas como él.

Un día cualquiera falleció. Se quedó dormido anónimamente en el último asiento de un autobús, no volvió a despertar. Las autoridades sanitarias habían decidido enviarlo a la fosa común, pero un empleado de la empresa funeraria que lo levantó encontró en sus bolsillos el nombre y dirección de su hermano.

Roberto con su hija con nombre de reina hicieron los trámites ante el Seguro Social para que lo enterraran decentemente en un cementerio de la ciudad. Al funeral acudieron tantas personas que, prácticamente, obligaron al espíritu del tío Lucho a convivir socialmente como nunca en vida lo hizo.   

El tío Lucho fue un hombre productivo en su trabajo, como todas las personas dejó algunos recuerdos, quien sabe si buenos o malos, pero en definitiva, nació, vivió y se murió como nacen, viven y mueren todos los seres humanos. 

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO