y el Organismo recubría toda la redondez del Planeta
y era redondo como una célula (pero sus dimensiones eran planetarias)
y la Célula estaba engalanada como una Esposa esperando al Esposo
y la Tierra estaba de fiesta
(como cuando celebró la primera célula su Fiesta de Bodas)
y había un Cántico Nuevo
y todos los demás planetas habitados oyeron cantar a la Tierra
y era un canto de amor.
E.C., “Apocalipsis”

El título de esta nota hace referencia a un libro publicado en Argentina en 1975, en el que se reconocía la faceta liberadora de la poesía del nicaragüense Ernesto Cardenal, quien hoy alcanza los 90 años, una edad emblemática y significativa. Ya desde entonces se percibía el impacto de su visión estética y religiosa. Patriarca por partida doble: de la gran poesía latinoamericana del siglo XX y del cristianismo nuevo que se atrevió a subrayar, mediante testimonios innegables, su carácter libertario y profético. Porque esas dos facetas se conjugan muy bien en la persona y en la obra de Cardenal: por un lado, un trabajo lírico intenso, reconocible desde sus primeros años, y una intención dialogante, contextual, crítica, desde el momento en que el poeta se asumió como una voz más al servicio del cambio social. En ese volumen colectivo, Fernando Jorge Flores escribió lo siguiente: “…—como [José Porfirio] Miranda— Cardenal no pretende señalar paralelismos o semejanzas entre el cristianismo y el marxismo. Quiere afirmar el mensaje liberador de las injusticias contenido en la Biblia y de allí hacer brotar espontáneamente las coincidencias con las verdades del marxismo”.[1]

Acaso el momento más álgido y visible haya sido cuando en 1983 Karol Wojtyla lo amonestó públicamente por causa de su militancia política desde el gobierno sandinista, una cercanía que desde 1977 se hizo tan clara y que colocó al poeta en la primera línea de la resistencia contra el somocismo. La gran lección evangélica de Solentiname experimentada como un proyecto místico, artístico y social lo catapultó hasta la vanguardia de la revolución que triunfaría dos años después. Ya en el poder vendrían momentos claves en el camino a dejar una huella honda desde el Ministerio de Cultura que presidió, sobre todo en la promoción de la poesía misma, las publicaciones y el arte popular por todo el país.

Lejos quedaban los años de un Cardenal muy conocido, sobre todo entre la juventud que ha memorizado sus ya clásicos Epigramas (1961), poemas amorosos o algunos de despedida, como aquel que dice:

Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido:
yo, porque tú eras lo que yo más amaba;
y tú, porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti,
pero a ti no te amarán como te amaba yo. [2]

Y también se alejaban, aunque eran parte crucial del sustrato de todas las acciones que realizaba, los momentos vividos en el monasterio de Gethsemani, Kentucky, al lado de ese otro gran poeta-sacerdote que fue Thomas Merton. Fruto de esa estancia con voto de silencio en Estados Unidos sería Vida en el amor (1970), manifiesto místico a la altura de los grandes creyentes de la cristiandad de diversas épocas. Los poemas escritos allí también lo encaminarían a la cúspide textual que representan los Salmos (1964), paráfrasis radicalmente contextuales del salterio antiguo.

Y qué decir de la “Oración por Marilyn Monroe” (1965), quizá el más atrevido de sus poemas y en el que funde radicalmente sus creencias con una mirada profética digna de Blake o Whitman, con un lenguaje que transfigura la realidad para verla desde un tamiz diferente, lo más ajeno a una mirada tradicional o moralizante:

Las cabezas son los admiradores, es claro (la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo -de mármol y oro- es el templo de su cuerpo en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox que hicieron de tu casa de oración una cueva de ladrones.[3]

Las influencias de Ezra Pound y Teilhard de Chardin se irían tejiendo hondamente hasta desembocar en el Canto nacional (1972), el Oráculo sobre Managua (1973) y, por supuesto, el Cántico cósmico (1989), suma y cima de la gran poesía épica y exteriorista, de ojos abiertos hacia la historia y la ciencia (cada vez más):

El Cántico cósmico pertenece al más ambicioso conjunto de obras poéticas producido en las Américas a lo largo del siglo XX y en la lengua española de todos los tiempos. Está tan próximo como distante del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, de los Cantares (en inglés) de su maestro norteamericano Ezra Pound y del Canto general de Pablo Neruda.

Libros de poemas o poema-libro; poemas totalizadores tanto de la más acendrada experiencia mística, como de la historia de la tribu o de la especie y de la historia de las criaturas americanas. Estos son los libros y la poética familiar de Cardenal.[4]
Sin olvidar esos manuales líricos que son El estrecho dudoso (1966) y Homenaje a los indios americanos (1969). Como bien ha resumido Sergio Ramírez acerca de la combinación cardenaliana entre lírica, mística y política:

Lo que Ernesto hace es utilizar los elementos del mundo exterior, ese que creemos visible y palpable, para trasegarlos hacia la intimidad y hacer que nos hablen al oído y nos enseñen que aun lo más prosaico posee un misterio. Una poesía que se aleja de la abstracción para acercarnos a las emociones, y tiene una memoria visual. […]

En esta visión monumental, donde todo se funde y se condensa, junto a la mística como íntima vivencia personal del poeta entra la exploración científica de los cielos, y entran también los recuerdos de su propio pasado, la vieja Granada de su infancia, las muchachas que amó en la adolescencia, los episodios de su juventud.

Un gran final de fiesta que funde los misterios de la creación y los de la existencia, el cosmos y el microcosmos, y va de los agujeros negros a la célula, de las galaxias perdidas a los protones, y la mirada mística busca en el Creador la explicación de todas las cosas, amor, muerte, poder, locura, pasado y futuro, formas todas de la eternidad.[5]

Otro momento culminante de encuentro con la realidad eclesial y teológica del continente lo fue cuando escribió la “Epístola a Monseñor Casaldáliga”. No obstante su escasa relación con la línea más “académica” de la teología de la liberación, eso no le impidió expresar fuertes opiniones sobre la cercanía entre cristianismo y marxismo, recogidas sobre todo en ese manual de diálogo entre ambas vertientes que es La santidad de la revolución (1976). En realidad, se trató de un feliz encuentro en diversas etapas, que no se advierten tanto en una interpretación simplista de muchos manuales y referencias históricas poco exactas, por lo que bien podría decirse que todo el itinerario poético de Cardenal es, en sí mismo, el recuento de una trayectoria vital en la que la fe se mezcla gozosamente con todo lo que de Dios se puede encontrar en el mundo.[6]

Leopoldo Cervantes-Ortiz

Fuente : http://alc-noticias.net

[1] F.J. Flores, “Comunismo o reino de Dios. Una aproximación a la experiencia religiosa de Ernesto Cardenal”, en José Promis Ojeda et al., Ernesto Cardenal: poeta de la liberación latinoamericana. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, 1975, p. 169.
[2] E. Cardenal, Poesía completa. Tomo I. Xalapa, Universidad Veracruzana, 2007, p. 16.
[3] Ibid., p. 195.
[4] Julio Valle-Castillo, “El poeta Ernesto Cardenal hoy cumple 90 años. Su historia aquí”, en La Prensa, Managua, 20 de enero de 2015, http://www.laprensa.com.ni/2015/01/20/cultura/1767871-el-poeta-ernesto-cardenal-hoy-cumple-90-anos-su-historia-aqui.
[5] S. Ramírez, “Los 90 años de Ernesto Cardenal”, en La Jornada, 8 de enero de 2015, www.jornada.unam.mx/2015/01/08/politica/026a2pol.
[6] Cf. Francisco Javier Sancho Más, “Mística del profeta revolucionario”, en El País, 15 de noviembre de 2012, http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/15/actualidad/1353012866_513646.html.