Verano. La ciudad se llena de gente. Después de meses de duro invierno en donde la población busca refugio en las casas y en los bares para protegerse del frío, finalmente la temperatura permite de salir, pasear, encontrar otras personas en las calles, en las plazas, en los festivales. Pero el tema principal  sigue el mismo: ¿por qué es tan difícil en Ginebra encontrar a la gente? ¿Por qué es tan difícil  establecer amistades, hacer contactos? ¿Qué sucede en esta ciudad, que tiene todo para ser lo contrario, para que la gente sufra tanto de soledad, se queje tanto de abandono, sea la campeona nacional de divorcios con 60% de separaciones? ¿Hasta cuándo las muertes del olvido, gente encontradas en sus departamentos después de semanas por causa del olor que se cuela por los corredores?

Todo el mundo tiene un padre, una madre como mínimo, hermanos, tíos, primos, pero «Familia» es un concepto que fue perdiendo sentido a través del tiempo. Grupo humano obligado a convivir bajo el mismo techo, se atomiza a la primera oportunidad y sus miembros, aunque vivan en la misma calle, crían abismo de distancia entre ellos, hasta que por costumbre se vuelven desconocidos.

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Lo curioso es que Ginebra es una ciudad con 50 % de extranjeros declarados, digamos 60% si sumamos a todos aquellos que residen en la ciudad del lago ilegalmente. Gente de todos los orígenes y razas, que hablan más de 170 lenguas. Que han conseguido un milagro en este mundo contemporáneo, que es vivir en paz. Una de las cosas que sorprende en Ginebra es la armonía en que las diferentes comunidades conviven.

Protestantes, Católicos, Musulmanes, Laicos y otras confesiones se cruzan en las calles, hacen sus compras, viven sus culturas sin causar ni un tipo de roce aparente. Esta paz confesional y social no significa que exista un diálogo de la sociedad. Y no es por falta de esfuerzos de los poderes públicos. La Ville de Genève ha hecho varias campañas públicas para tentar que la gente sea más cordial, como aquella en los Trams para que la gente sonría un poco más, o sea un poco más amable con sus vecinos. Aparte de la «Fiesta de los Vecinos» o la «Rue est a vous», excelentes iniciativas de los poderes públicos para que la gente se encuentre y tente de establecer contactos.

Los habitantes participan masivamente en estas actividades, pero en pequeños grupos cerrados, que se conocen y que no están dispuestos a abrirse a nuevas amistades, o a encuentros imprevistos.

Es curioso deambular por esas fiestas en Ginebra. Cientos de personas pasean, ríen, se divierten, pero basta un intento de penetrar en la intimidad, una pregunta, un intento de diálogo, para causar un movimiento de rechazo, un cambio en la expresión, una respuesta brusca y después nada, silencio, la gente que continúa a caminar por la calle. Tal vez sea por eso que hay tanta gente que habla sola en Ginebra. Es normal cruzar con monólogos ambulantes en el centro de la ciudad, o en el tram.

Lo curioso es que es  un fenómeno que no tenemos el derecho de decir que sea típicamente suizo, porque en Zurich, que también son suizos, el ambiente es radicalmente diferente a pesar de ser suizo alemanes, y que la creencia popular afirma que son más rígidos que los latinos. En este caso, puedo afirmar que no es así.

Pero si Ginebra tiene 60% de extranjeros, no podemos echarles la culpa a los suizos de lo que pasa aquí. ¿O es el espíritu de Calvin que se apodera de todas las almas que vienen a vivir en el Cantón fundador del protestantismo? ¿Qué sucede, principalmente con los Latinos, que acaban más papistas que el Papa? Para los clandestinos, los entiendo por un deber de discreción. Pero eso no los obliga a perder la alegría de vivir, aunque reconocidamente la vida en Ginebra no es fácil.

En el mundo artístico – cultural se siente el mismo fenómeno. Para el artista que viene de comarcas en donde el arte está profundamente vinculado al pueblo, como en América Latina o África, sorprende el individualismo exacerbado, el conceptualismo estéril, la falta de espacio para que artistas locales puedan expresarse, una política oficial difícil de entender, el cierre paulatino de los espacio «alternativos» como Artamis  en donde había mas de 300 talleres, fuera de las salas de concierto y el teatro Galpón. Un verdadero pulmón de creación que fue eliminado, literalmente rayado de la superficie de la ciudad.

Inexistencia de proyectos colectivos, fuera de las Maison de Quartier que tratan de  hacer un trabajo social y cultural en los barrios, no veo  experiencias que reúnan diferentes  disciplinas del arte. Excepción a la regla » La Terrasse du Troc», en el Bois de la Bâtie es un bastión solitario,  la única experiencia realmente alternativa de Ginebra, en donde se propone un verdadero encuentro entre el artista y el público, y en donde se presentan performances originales e inéditas.

Para los habitantes de Ginebra, la pregunta principal no es por qué este fenómeno se produce, pero si lo que cada uno de nosotros puede hacer para que las cosas cambien, porque, venga de donde vengamos, somos todos habitantes de esta ciudad, y depende de nosotros de darle su carácter definitivo. O continuamos quejándonos y dejamos que Ginebra continúe teniendo esta fama de ciudad inhóspita, o vemos lo que cada uno puede hacer para que las cosas cambien. No hay otra solución.