Podríamos pensar, debido a su edad avanzada, que sería normal que la democracia esté un poco polvorienta, que una fina capa de pátina recubra sus articulaciones. Pero no, la democracia está mugrienta, de una roña negra, viscosa y fétida, incrustada hasta lo más profundo de su alma. Se presenta andrajosa. Se volvió grosera, se emborracha hasta el coma etílico para olvidar que fue (o que todavía es), el peor y al mismo tiempo, el mejor sistema político.

Si durante siglos, la democracia, flor tan frágil, fue detenida por manos leves, llenas de empatía, preocupadas a no sacudirla mucho con miedo de ver sus pétalas volar, tuvo que sufrir, el siglo pasado, los peores ultrajes. Porque su fuerza es su principal debilidad, aquella que permite elegir al que, anunciado o no, puede destruirla, siendo elegido de una manera perfectamente democrática.

Y cuando constatamos como perdona, nos décimos también que es poco espontánea, dispuesta así, con esa conmovedora ceguera, de acostarse con su próximo destructor.

Pero la democracia, muy a su pesar, no es más que la expresión de lo que hacen los hombres que la dirigen. Algunos la elevan, otros la rebajan y algunos la estropean sin atravesar, no obstante, la línea roja.

Ese carácter ingenuo de la democracia, que hace que pueda ser amasada, malaxada de diferentes maneras, sin que sus principios sean cuestionados. Y sin embargo… Esta figura política débil de la que podemos roer el esqueleto, hará que ella misma se derrumbará para desaparecer de una vez por todas.

Y desgraciadamente, es lo que pasa bajo nuestros ojos. Porque aquellos que supuestamente deberían proteger la democracia, son aquellos mismos que la roen: Los políticos, porque la política se ha convertido en una ambición devoradora, una sed de poder por el poder, un oficio lucrativo, sobretodo…

Un ejemplo perfecto, porque reciente y demostrativo de esta farsa electiva; en Francia, el candidato Macron hace algunas promesas fuertes, inmediatas, que el presidente Macron, una vez elegido, olvidará o postergará para el día del juicio final.

Esta duplicidad enloquece los pueblos y hace aumentar los populismos. Populismos que quieren un poder fuerte y autoritario, una justicia sin concesiones y que comienzan a dudar fuertemente que la democracia les aportara las respuestas a sus miedos legítimos o no.

Luego, la duda instalada se convierte en desconfianza porque nada es realmente hecho para los pueblos. No hay más trabajo asegurado, los impuestos y tasas comen por lo menos la mitad de las rentas, la salud se degrada, la educación ha sido saqueada, las libertades son carcomidas, poco a poco.

Y esta impresión de impotencia total frente a los grandes acontecimientos del mundo. ¿Quién nos protege? , pregunta la población. Y justamente, la democracia, tal como vivida actualmente ¿puede realmente hacerlo? Una mayoría de los pueblos, y una mayoría en los pueblos, piensan cada vez más que no.

Sin olvidar todas aquellas pequeñas leyes liberticidas, por aquí, por allá, como pequeñas dictaduras y cuya suma harían una política democrática.

El quiebre entre las élites y el pueblo, entre las grandes ciudades que se ceban y el campo que se empobrece, la fractura entre aquellos que deciden pero que no sufren jamás las consecuencias de sus decisiones y justamente aquellos que si sufren, va aumentando.

La Democracia no puede ser una élite que sería iluminada por un pueblo que vive en la oscuridad. El pueblo maduró y sus aspiraciones deberían ser mejor tomadas en consideración, sin esto, frente a una democracia cada vez más confiscada, la cólera, que será forzosamente irracional, se llevara todo por adelante, y no hacia lo mejor.

Jean-Yves Le Garrec