El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, saluda a la gente durante la celebración del 198 aniversario del Día de la Independencia del país en Brasilia, Brasil, el 7 de septiembre de 2020 / Lucio Tavora /PA Images

Los hechos de la historia no se repiten, pero riman, como riman los versos de un largo poema.

Los hechos de la historia no se repiten, pero riman, como riman los versos de un largo poema. Escuché más o menos esto de mi amigo Sidney Chalhoub, un prestigioso historiador y profesor de la Universidad de Harvard. También leí una afirmación similar en una de las charlas de Tia Lydia, la odiosa villana de las novelas “El cuento de la doncella” y “Los testamentos”, de la canadiense Margaret Atwood, que describe los horrores de una teocracia cristiana fundamentalista impuesta por la fuerza en algunos de estados de los EE.UU.

Sin duda, el ascenso de la extrema derecha en Brasil a raíz de la Operación Lava Jato rima bastante con el ascenso de la extrema derecha en Italia tras la Operación Mani Pulite. Y ambos riman con el auge del fascismo y el nazismo en Europa en la década de 1930

Bajo la “excusa” de que estaba erradicando la corrupción en el Estado italiano, Mani Pulite destruyó a la élite política con la ayuda de los medios hegemónicos locales, allanando contradictoriamente el camino para que el corrupto, autoritario e inmoral Silvio Berlusconi se convirtiera en el primer ministro de Italia. Estos hechos, ocurridos a principios de los años 90, encontrarían una rima perfecta en Brasil en la segunda década del nuevo milenio, cuando la Operación Lava Jato pasó por encima del Estado democrático de derecho para, con la complicidad de los medios hegemónicos, acusar de corrupción a una parte de la élite política brasileña y servir de base para que, contradictoriamente, el inmoral, autoritario y corrupto Jair Bolsonaro fuese elegido presidente de la República en 2018.

Pensando en estas rimas, y tras asistir a la sucesión de mentiras, calumnias y difamaciones perpetradas por Bolsonaro contra los pueblos indígenas y quilombolas y contra los trabajadores en su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), también decidí rimar mi reacción a este fascismo mal disfrazado con una reacción del pasado reciente.

Recordé, entonces, un texto sobre Berlusconi escrito por el portugués José Saramago -Premio Nobel de Literatura y una de mis grandes referencias literarias- a petición de “El País”, que lo publicó, en su edición española, el 7 de junio de 2009.

Decidí examinar el texto de Saramago a través de una especie de paráfrasis, preservando en la medida de lo posible las palabras del maestro, ya que sus sentimientos hacia Berlusconi riman bastante con los míos hacia Bolsonaro.

En mi traducción del original en español al portugués, opté por preservar la palabra “cosa” tal como está escrita en italiano y español, ya que, de esta manera, agrega el significado que tiene en “Cosa Nostra”, la más famosa mafia familiar italiana. Además, mantener la palabra con esta grafía también me sirve para hacer referencia al hecho de que la “famiglia” Bolsonaro procedía originalmente de Italia.

Aquí está mi rima:

La cosa Bolsonaro. No veo qué otro nombre podría darle. Una cosa peligrosamente parecida a un ser humano, que promueve aglomeraciones y fiestas bajo la pandemia y se comporta como si estuviera al mando de un país llamado Brasil. Esta cosa, esta enfermedad, este virus amenaza con ser la muerte moral del país de Machado de Assis, si una náusea profunda no puede sacarlo de la conciencia de los brasileños antes de que el veneno termine corroyendo sus venas y destrozando el corazón de una de las más ricas culturas latinoamericanas y afroamericanas.

Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por la garra viscosa de la cosa Bolsonaro, quien, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad grotesca para abusar de las palabras, pervirtiendo su intención y sentido, comenzando por lo “social” y “liberal”, que están en las siglas del partido con el que asaltó el poder, y pasando por alto las palabras “cristiano” y Dios.

Llamo delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrían explicar mejor que yo, el término delincuente tiene, en la lengua portuguesa hablada en Brasil, una carga negativa mucho más fuerte que en Portugal, donde se habla el mismo idioma, porque, en Brasil, los admiradores de la cosa Bolsonaro acostumbran a asociarlo sólo con los pobres, y con los negros pobres especialmente.

Para traducir de manera clara y contundente lo que pienso de la cosa Bolsonaro, utilizo el término en la concepción que la lengua de José Saramago le da habitualmente, con la certeza de que ya lo ha usado para describir cosas semejantes. Delincuencia significa, según los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, “el acto de cometer delitos, desobedecer las leyes y las patrones morales”. La definición encaja en la cosa Bolsonaro sin una arruga, sin una tirantez, al punto de parecer más una segunda piel que la ropa que se pone encima.

Durante años, Bolsonaro ha estado cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es solo que desobedece las leyes, sino que se burla abiertamente de ellas, siempre para salvaguardar los intereses privados de su familia y de empresarios y políticos cómplices, como los que aparecieron a su lado riéndose de sus insinuaciones dirigidas a una niña de diez años. Y en cuanto a los estándares morales, ni siquiera vale la pena hablar. No hay nadie que no sepa, en Brasil y en el mundo, que la cosa Bolsonaro ha sido durante mucho tiempo abyecta por su homofobia, racismo, machismo y misoginia.

Este es el presidente de Brasil hoy. Esto es la cosa que la mayoría de los votantes brasileños eligieron en 2018 como modelo. Este es el camino de la ruina a que, indignamente, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Chico Buarque, Caetano Veloso y Gilberto Gil, por nombrar los tres más conocidos, y las acciones políticas de Ulisses Guimarães y Dilma Rousseff, dos de los que hicieron de la lucha por el retorno de la democracia en Brasil un ejemplo para toda América Latina.

Eso es lo que la cosa Bolsonaro quiere tirar al basurero de la historia. ¿Lo permitirán los demócratas brasileños?

Jean Wyllys

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