Nos llama la atención la escasa difusión, y por ende la poca discusión del informe dado a conocer por el “Foro Económico Mundial de Davos” a principios de año, por los medios de comunicación masiva, donde se establecen los criterios de la denominada “cuarta revolución industrial“.

No era un informe anodino, por varias razones, debemos recordar que en este foro están representados la elite mundial de los economistas, empresarios y dirigentes políticos, todos ellos acérrimos defensores de la globalización y el espíritu liberal de la economía.

Pero además las conclusiones del Informe destacaban un panorama sombrío del futuro laboral.

Indudablemente los apologistas del liberalismo actual, actúan bajo los impulsos de anuncios más o menos catastróficos vaticinando un futuro incierto, generando una alarma social que esconde las verdaderas razones de los viejos métodos reformistas, en materia social, laboral, económica.

El informe advierte que hay varios factores que determinarán el futuro del trabajo, y más vale que ciudadanos, empresarios y políticos los tengan en cuenta, si no queremos que las consecuencias del desempleo sea mucho más frenética y duradero de lo que hemos conocido hasta la fecha. En un sólo un lustro, la disrupción tecnológica interactuará con otras variables socioeconómicas, geopolíticas y demográficas para generar las condiciones que hará estallar el mercado laboral.

El desarrollo tecnológico en campos previamente inconexos como la inteligencia artificial y el aprendizaje por refuerzo inverso, la robótica, la nanotecnología, la impresión 3D, la genética y la biotecnología, se está interconectando y amplificando entre sí. Paralelamente a esta revolución tecnológica, se están desarrollando ya un conjunto de cambios socioeconómicos, geopolíticos y demográficos más amplios, como el auge del teletrabajo, el aumento de la clase media en los mercados emergentes o el cambio climático, que en conjunto suponen un impacto casi equivalente al de los factores tecnológicos.

Según el informe de Davos, los cambios tecnológicos y demográficos destruirán más de siete millones de puestos de trabajo antes de 2020, dos tercios de los cuales serán rutinarios trabajos de oficina, como la mayoría de roles administrativos. También se espera que sufran mucho los empleados en procesos de fabricación y producción, pero estos tienen un poco más de margen para mejorar su cualificación, por lo que podrán optar a una reconversión si reaccionan a tiempo.

Cierto es que se crearán también dos millones de nuevos oficios en campos relacionados con la informática, las matemáticas, la ingeniería y la arquitectura, pero basta hacer una sencilla operación para ver que no serán suficientes. Más de cinco millones de personas se irán al paro para siempre, sumándose de esta manera a los más de 200 millones ya existentes (según informe de la OIT). Los expertos consultados creen que la mayoría de estos puestos requerirán una formación en ciencia, tecnología, e ingeniería.

Se prevé que en casi todas las industrias, el impacto de la tecnología acortará la vida útil de las habilidades de los trabajadores, que tendrán que formarse durante toda su vida. Es más, en este nuevo entorno, los cambios en el modelo de negocio se convierten de forma inmediata en un cambio de las competencias demandadas, sin apenas tiempo de transición. Incluso en los trabajos cada vez menos demandados se requerirán habilidades inexistentes hasta la fecha. La amenaza de la automatización puede convertirse en una profecía auto cumplida si empleados y empleadores no abordan el problema desde hoy mismo.

Según el informe de Davos, si no nos anticipamos a la amenaza, tendremos que estar dispuestos a pagar un altísimo costo económico y social. Y los líderes empresariales, aunque son conscientes de que vienen curvas, no están actuando de forma contundente para prevenir el desastre. Sólo el 53% de los directores de Recursos Humanos consultados para elaborar el informe confían en la estrategia de su empresa para enfrentarse los próximos años a los cambios en el mercado laboral.

Al mismo tiempo, los trabajadores menos cualificados podrían sufrir un despido sin ninguna posibilidad de reciclarse para desempeñar otra función. La automatización de procesos en los almacenes hace que una persona haga hoy el trabajo de cientos de operarios del pasado. Según los autores del informe, para evitar el desastre debemos apostar por una revolución del talento: y las empresas, acostumbradas a ser consumidores pasivos de trabajadores talentosos, son las primeras que deben fomentarla sino quieren perder “el tren del progreso” frase muchas veces acuñada por aquellos representantes de gobiernos de “izquierda”.

Una especie en peligro de extinción

El argentino Néstor Kohan en algunas de sus obras menciona que “Una especie está en peligro de extinción: ¡la especie humana! El depredador se llama capitalismo. Viejo, cruel y senil, este asesino lleva cinco siglos infatigables de perversa faena. Antes de culminar su agonía y morir de una buena vez, pretende arrastrar a su tumba a toda la humanidad. No se trata de un individuo particular, sino de todo un sistema, un conjunto de relaciones sociales frías, anónimas burocráticas en el seno de las cuales las personas son solo medios de lucro, ganancia y acumulación”.

A lo cual agregamos que antes del capitalismo, las crisis eran producto de la escasez, el hambre y los desastres naturales. Ahora son la consecuencia de una economía con fines de lucro; causadas por el hombre y, que escapan a su control; un fetichismo. Por encima de todo, las crisis demuestran que el capitalismo es un sistema falible, a pesar de los grandes avances en la productividad del trabajo que este modo de producción ha generado desde la revolución industrial.

Pero si la Humanidad quiere “progresar” o simplemente sobrevivir como especie, tendrá que ser sustituido. No obstante, hasta ahora el pensamiento dominante de todas las teorías alternativas tiene una cosa en común. Sugieren una salida a las crisis dentro del propio sistema capitalista.

El Capitalismo con rostro humano no es más que el arraigo del conformismo; Si la crisis es debida al subconsumo, el gobierno tiene que gastar más; si es debido al aumento de la desigualdad, es necesaria una corrección redistributiva fiscal; si es debido al exceso de crédito o a la inestabilidad del sector financiero, hay que regularlos. Nada de ello implica políticas o acciones para sustituir al modo de producción capitalista, sino simplemente e incrédulamente para corregirlo o mejorarlo.

Estas son las estrategias reformistas, es decir, no hay necesidad de reemplazar el modo de producción capitalista con la propiedad común de los medios de producción y la planificación controlada democráticamente para la satisfacción de las necesidades (el socialismo).

Pero aun así, el capitalismo genera condiciones tales que, si se mejora o “supera” la pobreza desde un punto de vista cuantitativo aferrado a los índices, como se soslaya cuando se desarrollan los planes de emergencia persistirán de todas formas situaciones de desigualdad e injusticia social tan pronunciadas, que el descontento e incluso la violencia social se hacen cada vez mayores, los casos de Chile y Uruguay en América Latina nos demuestran gráficamente esta realidad.

Creemos que incluso estos pequeños cambios para preservar el capitalismo pueden requerir una acción revolucionaria frente a la feroz oposición por parte del capital. Entonces cabria preguntarse ¿Por qué limitarse, a las reformas?

He aquí nuestra visión del escenario impuesto por la globalización “la cuarta generación industrial”, marcado una vez más por la pérdida de empleo, una nueva zozobra para millones de trabajadores en un mundo donde el azimut del sentido común brilla por su ausencia.

Eduardo Camin

Jefe de Redacción Internacional del Hebdolatino, Ginebra