La cultura es una palabra densa que acoge diversos códigos de comportamiento, costumbres, religiones, historias y mitos de una sociedad determinada. No es fácil definirla y mucho menos sintetizarla en un párrafo.
Del latín cultus, fue una palabra que tuvo un significado ligado al cultivo de la tierra, que en el siglo de las Luces, se prolongó al cultivo del espíritu. El siglo XXI, determinado por la emigración masiva, es testigo de la cohabitación de múltiples culturas, en un mismo lugar y bajo un código común. Ginebra es una ciudad cosmopolita, abierta no sólo a reunir las organizaciones internacionales, sino a miles de refugiados, de emigrantes de todo el mundo. Todos los continentes están presentes, así como casi todas las democracias del mundo.

La rúbrica cultural de un periódico, de un sitio internet, etc., se sintetiza por anunciar y/o criticar los espectáculos de teatro, de música, de poesía, etc., que se ofrecen semanalmente en una ciudad. Esta rúbrica que nace en el frío verano del 2011, intentará hacer algo parecido y simultáneamente hacer una reflexión sobre un fenómeno extraordinario de la emigración como fuente de riqueza cultural.

Ginebra reúne no sólo personas de todo el mundo que vienen a trabajar, sino ghettos que permiten que las costumbres de cada país se mantengan casi intactas. Este fenómeno aisla la integración social y promueve que los latinoamericanos se frecuenten entre ellos y muchas veces sólo entre ellos y así de manera sucesiva con cada continente y con cada país. Todas estas “culturas” tienen un código dentro del código de la ciudad. Todas estas culturas se mezclan y su riqueza no está en aislarse sino en abrirse, en hacerse conocer, en hacerce degustar, escuchar, leer.

Por citar una anécdota, la novedosa idea de Bread & Breakfast, surge como un hospedaje más “cálido” que el impersonal hotel. Es decir, que una familia puede proponer este servicio en su propia casa para acoger huéspedes que se quieren sentir como en casa sin estarlo, y por un módico precio, encuentran una habitación con una familia. También los hay como pequeños albergues, pero todo se sintetiza en estar a gusto por un precio módico. Hace una semana, llegó un joven viajero francés que quería hospedarse tres días. Un amigo chileno lo hospedó, le prestó su baño, le guardó sus objetos y le preparó el café de la mañana. Para sorpresa de todos, se fue sin pagar ya que para él el servicio de Bread & Breakfast es gratuito. El joven francés es propietario de varios inmuebles y puede darse el gusto de no trabajar, así que pagar una módica suma le pareció un acto innoble. Mi amigo tuvo que desplazar a sus hijos durante el fin de semana, quienes estuvieron contentos de recibir un huésped que les ayudaría con 30 CHF por día. Y nada, ni una moneda a cambio, mucho menos una sonrisa, ya que la avaricia impide el verdadero contacto humano.

Las experiencias son siempre positivas así tengan a priori un carácter negativo. Sirven para mostrarnos que hay seres a los cuales no debemos imitar y de los cuales no tenemos nada que aprender. No sirven para fomentar los odios y/o rencores, ni para separar aún más nuestras diferencias, sino para valorar nuestras cualidades. A veces la integración suele ser como ese viajero ingrato y avaro, pero es un paso necesario para valorar a quienes nos acogen en su “casa”. No se trata sólo de adaptarse, se trata de entender, de entendernos entre seres humanos y no sólo como seres de producción y consumo. Es así que la cultura no se reduce sólo al espectáculo, la cultura tiene algo tácito e indefinible que sobrepasa fronteras y religiones. La cultura logra que la convivencia se convierta en un acto de descubrimiento cotidiano frente al otro, al otro yo que me aporta algo nuevo, así sólo sea con una sonrisa.