Carl Gustav Jung

Mi cuerpo, como relojito, tiene la capacidad de dormirse exactamente siete minutos después de iniciada la misa, aunque es capaz todavía de ponerse dos veces de pie, pero después de la tercera sentada, no hay fuerza capaz de obligarlo a realizar un solo movimiento, ni siquiera cuando el gordo envidioso del asiento de atrás me tienta bruscamente la espalda para hacerme despertar.

Es que mi cuerpo duerme, gordo, ¿no lo entiendes? Le reviro mentalmente para hacerle comprender su grosería.

No crean que mi cuerpo se duerme en la misa por su puro y simple libre albedrío. Nooo. ¿Qué se creen? ¡Yo mando a mi cuerpo, mi cuerpo no me manda a mí! ¿Ok?

Mi mente en la misa, sin embargo, permanece despierta y posee la extraordinaria virtud, en tales momentos, de navegar victoriosa por los maravillosos senderos del ensueño.

¿No me creen?

Les contaré que, en cierta ocasión, mientras mi cuerpo dormía apaciblemente acunado por las preces rutinarias de la misa dominical, mi mente ingresó subrepticiamente a esa etapa del dormir que algunas personas llaman vigilia -cuando no logramos discernir claramente si estamos dormidos o despiertos– bueno pues, en ese instante pude percibir que ingresaban a la iglesia en fila india un grupo de muchachas negras que bailaban alegremente bajo el ritmo voluptuoso y sensual de una música que supuse africana.

Las muchachitas cubrían sus sensuales cuerpos con pequeños taparrabos, alrededor de sus cuellos y bustos colgaban lindas guirnaldas con flores de diferentes colores. Profundamente concentradas en su actuación balanceaban rítmicamente sus caderas mientras avanzaban empujadas por el ritmo febril de los tambores que cubrían todo el espacio sonoro del templo. El cura, ajeno totalmente a mis visiones, agarrado fuertemente a su púlpito movía la boca sin hablar, al tiempo que balanceaba, cual espada de Damocles, su dedo índice como estatua inoperante frente a la fuerza expresiva de la representación escénica.

Ellas, sonrientes y voluptuosas, iniciaron un movimiento cada vez más vertiginoso de sus caderas al ritmo de los tambores ceremoniales. Pasaron bailando frente al cura que gesticulaba dramáticamente sin oír, ni contemplar la belleza ritual del baile africano. Luego, tan rápido como entraron, las vírgenes danzantes abandonaron el místico recinto que no pareció sentirse conmovido por tan extraordinaria presencia.

En esos momentos sentí grandes deseos de aplaudir, pero mis manos no obedecieron porque mi cuerpo seguía plácidamente dormido. Debo decirles, además, que en ningún momento pude relacionar el sorprendente ritual religioso con algún asomo de pornografía. La visión me pareció, más bien, perfectamente acomodada a la religiosidad del ambiente.

Ya que salí de la iglesia valoré de mejor manera la visión que había experimentado en el recinto y decidí hablar con un amigo para que me explicara de mejor manera tan sorprendente sueño.

¡Gustavoooo! Grité ante su morada bibliófila. Jung despertado del sueño de los justos que le acontece desde el 6 de junio de 1961, se asomó al balcón de su morada. Como es de suponer, no me conoció, sin embargo, por el hecho de que era el primer gritón que se asomaba por su casa en 56 años, abrió su boca en un amplio bostezo para luego inquirir sobre el motivo de mi presencia.

Le conté la hermosa experiencia acontecida en la misa dominical

¿Para eso me despertaste grandísimo cabrón? Déjame dormir en paz y lee mis libros, que para eso los escribí. Busca en “Arquetipos e inconsciente colectivo”.

Para no hacerles más cansado el asunto, luego de leer el dichoso libro, debo decirles que mi sueño es un asunto relacionado con los arquetipos.

¿Se imaginan? Yo seguro de mi ausencia total de sentimientos religiosos que me permite dormir impunemente en la casa del Dios de los católicos, descubro que se demuestra en mí “la existencia universal de los arquetipos” y, como parte de esa herencia general arquetípica, pude experimentar esos “asombrosos paralelos mitológicos”.

¿O sea que allá en la herencia ancestral de mis orígenes el África mítica tiene algo que decirme?

¿Será?

Por lo pronto conmemoremos como se merece la separación de este mundo hace 56 años del inolvidable Carl Gustav Jung.

De nada y hasta siempre amigas y amigos.

 Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO