Es viernes, como es frecuente en los días de invierno está nublado y amenaza lluvia. Al mediodía la chiquillada que regresa de la escuela y los padres que toman su hora de descanso se dirigen a sus cuartos para almorzar en familia. Se escucha un generalizado cuchareo sobre los platos de fierro enlozado y los regaños de las mamás que presionan a sus hijos para que tomen la sopa. Casi es la una de la tarde. Los señores se preparan para regresar a sus trabajos. Las señoras salen con los platos, cucharas y ollas para lavarlas en la artesa familiar situada a un costado de la cocina. Desde la calle se oye el sordo repiquetear de un cencerro  

– ¡La basuraaaaa! – grita la mayordoma del conventillo.

Las mujeres se movilizan para juntar la basura acumulada durante la semana. La meten en baldes destartalados y gritonean a sus hijos para que los saquen a la calle. Luego salen a la calle a juntarse con las otras amas de casa para conversar un rato mientras esperan al recolector.

En ese instante aparece el carretón de la basura tirado por una mula negra que sube lentamente por la calle Placilla. Un hombre grande y fuerte, moreno, casi negro por la mugre que cubre su cara, sus manos y sus ropas, apura entre gritos, juramentos y blasfemias a la mula que arrastra penosamente el carretón. Al tiempo que insulta a la bestia la tunde a golpes con un látigo de cuero trenzado. El lomo del animal está surcado de cicatrices y heridas sanguinolentas producto de la crueldad del miserable.

– ¡Pobrecita! – Se conduelen las matronas que contemplan el espectáculo. El carretón se detiene frente al conventillo. El hombre, al que todos dicen «basurero» arrastra una sucia lona negra de suciedad, la pone en el suelo, vacía sobre ella el contenido de cada balde y los arroja, despreciativo, a los pies de las mujeres. Coge las cuatro puntas de la lona, se agacha, la alza hasta su hombro derecho y con un violento torzón de cintura balancea el bulto y lo lanza arriba del carretón. De un salto se trepa y vacía la carga. Escarba entre los desperdicios separando fierros, huesos y botellas y los mete en un saco.

La mula, entretanto, con la cabeza gacha, mira el suelo con patéticos ojos que lagrimean una tristeza mucho mayor que las penas de cualquiera de las mujeres que contemplan la escena. Parece concentrar en su pobre cuerpo lastimado la imagen de toda la miseria que vive Valparaíso en esos años.

El basurero termina de acomodar la carga, baja del carretón y enarbolando nuevamente el látigo azota al pobre animal.

– ¡Camina mula’e mierda! – Le grita enfurecido.

– ¡No le peguís tanto güeón! ¿No estai viendo como la tenís de lastimá, conchetumare? – Le grita una mujer condolida del espectáculo. .

– ¡Y vo que te metí vieja güeona! ¿Querís que te chicotee a vos, también! –

– ¡Atrévete po, güeón de mierda! Responde la,amenazada, agarrando varias piedras.

Todas las mujeres, enfurecidas, insultan al fulano mientras los chiquillos lanzan una andanada de piedras sobre el abusivo basurero que, intimidado, descarga su enojo a chicotazos sobre la pobre bestia que empieza a caminar lastimosamente.

Las mujeres comentan que el basurero se comportaba cada día con más crueldad con su mula.

– Si sigue así, seguro la va a matar – Concluye la mayordoma.

Luego de un rato las vecinas recogen sus baldes y se meten al conventillo. Los chiquillos, mientras tanto, se ponen de acuerdo en el juego que compartirán esa tarde.

– Juguemos a las cuatro esquinas. Propone el Pato. Rápidamente consiguen una pelota de trapo, un palo de escoba y empieza el juego. Entre la algarabía de los niños se alcanza a escuchar el tañer del cencerro y la sarta de blasfemias del basurero que insulta a su animal.

Este día el hombre, quién sabe por qué razón, maltrata más que nunca a la pobre mula y ésta, como mula que es, le responde caminando con más lentitud que de costumbre. Después de varias paradas e innumerables chicotazos, lograron llegar a la parte alta del cerro San Juan de Dios y empezaron a rodar por la Avenida Alemania. Aunque el camino es más plano la mula no quería avanzar. Por más golpes que le propinaba, ni siquiera se movía. El lomo de la bestia estaba surcado de sanguinolentas heridas donde se posaban enormes moscas que el animal espantaba sacudiendo la piel de su lomo.

Cansado, el basurero suspende su trabajo recolector y decide irse al cerro Playa Ancha para arrojar al mar la basura recolectada. Trepa al pescante del carretón, la mula parece entender y comienza a caminar, el hombre tira de las riendas y refrenando el carretón enfila hacia la calle Guillermo Rivera para bajar a la parte baja de Valparaíso. Avanza por la Avenida Ecuador, continúa por la calle Bellavista hasta llegar a la Avenida Errázuris. El carretón avanza lentamente hacia el sur, pero el basurero ya no golpea a su mula. A la altura de la Aduana se detiene para darle agua y comida. La mula bebe a grandes sorbos, pero no acepta la comida. Luego se ve al carretón que avanza lentamente por la Avenida Altamirano, al pasar por el Molo el hombre mira distraídamente el mar de un azul oscuro que se balancea arrojándose violentamente sobre los rompeolas cubriéndolos de blanca espuma, algunas gotas salobres salpican la cara del carretonero.

Observa entonces el torpe trotar de su mula y rememora cuando, doce años atrás, su animal trotaba ágilmente por la Avenida Altamirano en dirección a la playa de Las Torpederas. Miró sus manos callosas, sus dedos cortos y gruesos, las uñas largas y negras de mugre. Yo era otro, en esos años, recordó. Sin quererlo apareció en su mente la figura de su abuela, fue la única madre que conoció desde su más temprana niñez. Su mamá murió al nacer, del padre no supo más comentario que el de su abuela sobre que era un desgraciado infeliz y muerto de hambre. Se acordó que desde los siete años empezó a trabajar en el corte del tomate. Luego, estuvo como ayudante en algunos comercios y talleres de la ciudad de Limache, su ciudad natal. Al cumplir los 15 años falleció su abuela, afortunadamente el herrero don Ramón, pariente de su abuela, accedió a tomarlo como aprendiz de herrero. A los diecisiete años era oficial y a los 24 dominaba todo el trabajo de herrería desde la forja y elaboración de herraduras, principal actividad del taller, hasta la construcción de herramientas de cultivo, palas, picos, chuzos y los sencillos arados que utilizaban los campesinos en aquella época. Sin embargo, debido a la necesidad que tuvo de trabajar para sobrevivir con su abuelita sólo pudo estudiar los primeros años de primaria, lo suficiente para aprender a leer y escribir y las operaciones básicas de aritmética. Conocimientos suficientes para desempeñar con eficiencia su trabajo en la herrería. A la muerte de don Ramón, la viuda decidió liquidar el taller, vendió las viejas y gastadas herramientas como fierro viejo y lo echó a la calle.

– ¿Cómo es que me metí en este desgraciado negocio? – Pensó. Recordó que al cumplir treinta años aprovechó sus conocimientos de herrería y construyó el carretón. Compró a bajo precio una mulita y como no había trabajo en Limache creyó que, con su carretón y su mulita, le iría bien en el transporte de carga.

– ¡Maldita sea! Exclamó. Se acordó que al llegar a la ciudad un hombre que lo vio pasar con su carretón le preguntó si quería trabajar. Él aceptó. Era un trabajo en la Municipalidad para recolectar basura con su carretón.

– ¡Por las rechuchas! – Volvió a exclamar. – Acepté lo primero que me ofrecieron pensando que sería por poco tiempo.

Desde los primeros meses de esa actividad la suciedad y la pestilencia de la basura se le metió de tal manera al carretón que ya no pudo usarlo para transportar otro tipo de materiales.

Eso sí.  Ganaba buen dinero entre el salario que recibía del municipio y la venta de fierros, huesos y vidrios que recolectaba de entre los desperdicios.

Con tristeza se miró las manos. Con ese sucio trabajo la mugre se le pegó al cuerpo de tal modo que ni refregándose con piedra pómez lograba quitarse la suciedad.  Así que decidió dejar la mugre allí como marca indeleble de su oficio.

Lo peor era el olor a basura que exhalaba todo su cuerpo y el rechazo social que despertaba en la gente, por lo que debió acostumbrarse a tomar el vino amargo de su soledad. Con el pasar de los años esta pestilencia se le fue metiendo hasta el corazón y, como no tenía nadie con quién desquitarse de su mala vida, porque no hubo mujer alguna que lo aceptara, comenzó a desquitarse con su pobre mula 

– ¿Pero ya qué? La basura nos hizo así y así seguiremos. No hay de otra. Hasta de los bares me corren, tengo que tomar mi vino solito en la casa que logré hacer allá por Playa Ancha.

Sin darse cuenta pasó por la caleta de pescadores de El Membrillo y llegaron a la playa de Las Torpederas. La mula trotaba mucho más ligera. 

– La güeona cree que va a descansar después de tirar la basura. Pero todavía me falta recorrer algunas calles, apenas son las cuatro de la tarde. – Pensó.

Rodeó el balneario de Las Torpederas trepó al cerro hasta quedar sobre un despeñadero que caía sobre el mar. Miró el embravecido mar que se hinchaba a la distancia, y se alzaba en gigantescas olas que parecían tomar impulso para abalanzarse sobre las rocas que rodeaban a la denominada Piedra Feliz. 

– Desde esa piedra grandota se lanzan al agua los que quieren acabar con sus sufrimientos – Comentó a media voz. – Caen sobre las piedras, las olas los arrastran y se los tragan. Dicen que los muertos nunca aparecen. ¡Cualquier día me tiro yo! – Comentó con profunda tristeza. 

Miró su carretón y, con un barniz de cariño, a la sufrida mula. Acomodó en reversa el carretón lo más cerca del despeñadero, le puso el freno y se trepó a él, tomó una pala para lanzar los desperdicios al mar que reventaba en grandes olas sobre las rocas que rodeaban una pequeña laguna donde los basureros de la ciudad arrojaban los desperdicios. Cuando lanzaba la primera palada de basura se percató que el carretón reculaba lentamente. Apretó más el freno. Pero el carretón seguía retrocediendo.

Brincó a tierra y vió con desespero que su mula que empujaba al carretón hacia el despeñadero. Cogió y jaló inútilmente las riendas para detenerla. El carretón se acercó más a la orilla y comenzó a oscilar peligrosamente sobre el borde. La mula, con sus músculos en tensión, fijaba una rencorosa mirada sobre el carretonero sin hacer caso de los insultos que éste le profería. El basurero, asustado, soltó las riendas mientras carreta y mula se precipitaron al vacío. Un relincho estridente, el estrépito de la carreta al caer sobre las rocas y el rugir de las olas se escucharon como despedida mortal de la mula que había dejado de sufrir. 

– ¡Se suicidó la güeona! – Exclamó el basurero dejándose caer al suelo en total desamparo.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO