La Sebastiana

Después de su jornada de trabajo matinal mi madre se sentó en el sillón del comedor de nuestra casa. Mientras se acomodaba en el asiento encendió el radio. Luego de las presentaciones y anuncios de rigor el locutor anunció el inicio del programa dominical “La ópera de los Domingos”. Casi de inmediato comenzaron los acordes introductorios de la obra anunciada. La orquesta sinfónica en el radio se escuchaba en tonos opacos, sin embargo, los bronces lograron imponer fervorosamente sus voces para despertar la imaginación de los radioescuchas y prepararlos para la entrada del primer acto. El coro de voces, un tanto apagadas, envolvió la voz del tenor. Mi madre, emocionada esperaba la entrada en escena de María Callas, en su papel de “Carmen”…
En ese instante, desde el exterior, se escuchó la voz de una mujer que exigía a gritos: “¡Apaguen ese radioooo! ¡Pablito está durmiendo!” Era la voz de la señora Matilde, la esposa de Pablo Neruda, que con medio cuerpo asomada en una ventana en forma de ojo de buey, gritaba enfurecida. “¡Apaguen el radiooooo! Despertarán a Pablito!” Mi madre, con voz calmada, le respondió: “Yo también estaba durmiendo anoche, mientras Pablito festejaba, señora”. Todos sabíamos que doña Matilde se refería a Pablo Neruda que la noche anterior había tenido fiesta durante toda la noche en su casa, “La Sebastiana”. La música había durado toda la noche y a mediodía del domingo, Pablito dormía.
Nosotros vivíamos en la casa contigua a la de Neruda. Habitábamos esa vivienda, ubicada en la calle Ferrari 692 del Cerro Florida, porque era propiedad de la Escuela Vicente Santa Cruz quien la proporcionaba a nuestro padre en su calidad de cuidador y conserje de la escuela. Llegamos a vivir en esa casa en 1955. Nos gustaba porque poseía un enorme terreno sembrado de árboles frutales y un jardín que mi madre cuidaba con esmero y que proveía de flores a la Directora de la escuela durante todo el año. Recuerdo todavía un gran árbol de paltas situado a la entrada de la casa en una de cuyas ramas habíamos instalado un columpio donde se mecía gratamente mi hermana Elizabeth que nació a fines de los años 50. Me acuerdo también de los 23 árboles de damascos que mi padre podaba en cada temporada. Sus frutas maduraban a fines de diciembre y mi padre las debía repartir entre los miembros de la Sociedad de Instrucción Primaria, propietaria de la escuela. Había árboles de nísperos, de membrillos, de ciruelas y de higos. El terreno, tal como se mantiene en la actualidad, estaba separado en terrazas donde se podían cultivar algunas verduras.
Un día, no recuerdo si en el año 1958, el barrio del cerro Florida se estremeció con la noticia que el vate Pablo Neruda había comprado una casa vecina a la escuela, que estaba a medio construir, en los altos del Teatro Mauri. Se entraba en ella por la Avenida Alemania.
Se iniciaron velozmente los trabajos de construcción y un día, en 1962 se anunció con bombo y platillo en Valparaíso y en todo Chile que Pablo Neruda inauguraría su recién construida residencia a la cual llamó “Sebastiana”, porque su primitivo propietario se llamaba Sebastián Collado. Fue la primera de muchas fiestas que Neruda organizó en su hermosa residencia…
Pero la fiesta de ese día, tal como indico al comienzo de este relato, culminó a mediodía del domingo siguiente con los emotivos acordes de la Ópera “Carmen”, bajo el emocionado auditorio conformado por la familia obrera González Altamirano y la soberana irritación de doña Matilde Urrutia que no pudo hacer callar la portentosa voz de nuestra María Callas.
Por cierto, y para culminar este relato, esa hermosa quinta de propiedad de la Escuela Vicente Santa Cruz, donde transcurrió gran parte de nuestra niñez, fue adquirida por la Fundación Pablo Neruda y hoy es parte de “La Sebastiana”. Pero recuerden, cuando visiten la casa de Neruda, que en aquel palto que está situado entrando a la derecha por la calle Ferrari 692, podrán ver las sombras de la niña Elizabeth meciéndose en su columpio, con los perros Duque y Yaki a sus pies; a mi padre, la de don Carlos limpiando y barriendo; de mi madre, la señora María cuidando el jardín; mi hermano Carlos, trepado en los árboles; mi hermana Gladys y la mía transitando felizmente por esos jardines, porque ya no tenemos que levantarnos a la 5 de la mañana a limpiar la escuela, ni trabajar enajenadamente durante toda la semana en su mantenimiento sólo porque nos proporcionaban la casa y el salario miserable que le pagaban a mi padre.

De todos modos, recordar es vivir y la vida es bella.

De nada y hasta siempre amigas y  amigos