Cierto día mi abuela se acercó a casa para hablar con mi madre. – El niño va a cumplir ocho años y todavía no hace la Primera Comunión, hija – dijo.

Mi madre no le puso oído porque la abuela no era apegada a la Iglesia ni jamás, que se supiera, había asistido a misa, nunca llevó a la Iglesia a ninguno de sus hijos, ni cumplieron los rituales que la gente adinerada acostumbraban realizar.

Los vecinos de la calle Placilla que escucharon a la abuela, también opinaron:

– Es cierto lo que dice su mamá, señora María. El cabro ya está pasado de edad, otro año más y no va a querer hacer la Primera Comunión porque a los niños grandes les dan vergüenza las ceremonias de los curas.

El asunto estaba decidido, todo se hablaba y planeaba entre la gente mayor, además mi hermana mayor dos años antes había hecho la Primera Comunión sin problemas. Pero en mi caso no les detenía el hecho que yo no tuviera creencias religiosas, que jamás hubiera entrado a una iglesia, ni tampoco sabía en qué consistían esos rituales. No se daban cuenta que me sentía como condenado a fusilamiento y que, de solo pensar en que un viejo con faldas se acercara y me quisiera tocar, me llenaba de miedo. Así que cuando mis padres se acercaron para conminarme a realizar la Primera Comunión lo rechacé en medio de un gran berrinche, salí corriendo de la casa entre las burlas de los otros niños que, sin saberlo, estaban condenados al mismo escarnio.

Mi padre, madre y mi abuela, sin saber qué hacer, se limitaban a pegar de gritos, hasta que apareció mi primo Noncho, diez años mayor que yo, se acercó y, metiendo secretamente en mi bolsillo un billete de dos mil pesos, tuvo la virtud de convencerme para que asistiera a la Iglesia a tomar clases de preparación para la Primera Comunión y que me hiciera católico, cuando menos hasta el 8 de diciembre.

Un hermano de mi padre, que jamás había visto, se ofreció como padrino.

A los otros niños del vecindario los convencieron a punta de correazos que aceptaran la Primera Comunión.

El padre José, que oficiaba como sacerdote en la Iglesia era el encargado de prepararnos para esa primera Comunión, también recibiría nuestros pecados en confesión y restringiría nuestras peticiones.

El primer contacto con la iglesia se produjo el domingo. Era la primera misa que asistía en mi vida que, por cierto, resultó más entretenida de lo que esperaba.

–  Cuando hagan sus peticiones, que no sea tanto a Dios como a sus santos – decía el Padre José – Hay que darle trabajo al que procura – comentaba entre sorbo y sorbo de vino tinto. 

Después de la segunda misa, en sus sermones, sin censura, invocaba a Dios, lo castigaba y maldecía

– Mentiroso, me trajiste aquí, según que al Paraíso… ¡y llegué a Valparaíso!

– Recen viejas para que la santidad de este aposento se les pegue bajo las polleras… y pidan, pidan mucho para que algo les resulte. Pidan mucho, si es dinero, mucho y suelten por acá las moneditas que no son parte de lo mucho. –

Las mujeres todas viejas se santiguaban, jalaban su rosario, y celebraban con mal disimuladas risas las puntadas del cura.

Éramos cinco los niños que asistimos a prepararnos para la Primera Comunión. El cura asignó a un monaguillo, casi de nuestra edad, para que nos enseñara los rezos. Pero el muchachillo estaba más interesado en jugar que en dar clases

– Ustedes no se preocupen – decía – Solo tienen que aprenderse el Padrenuestro y el Avemaría y ya lo hicieron.

Las clases eran tardes de juego corriendo por el patio y los rincones de la Iglesia. El padre José, sentado tranquilamente en su oficina, aparecía de vez en cuando a pedir que no hiciéramos tanto ruido.  Al segundo día del jolgorio se presentó en la Iglesia una anciana a pedir agua bendita. Nosotros muy ajenos a las costumbres religiosas no teníamos idea que era el agua bendita, le preguntamos al padre José que era el agua bendita y dónde estaba.  

– Llenen la botella de esa llave que está en el patio – Dijo.

– ¿Esa es agua bendita, Padre? – Preguntó el monaguillo.

– Claro pues. ¿Qué se creen? Toda el agua que saquen de una llave en la Iglesia es agua bendita, niños.

Desde ese día nos peleábamos por vender el agua a las mujeres que acudían a la Iglesia hasta que el monaguillo, que era un bribonzuelo, se hizo cargo del negocio, puso precio a las botellas lo que enfureció al cura que prohibió la venta de agua bendita.

El tiempo pasó volando hasta el 8 de diciembre día de nuestra Primera Comunión. Ese día, muy temprano y rodeado de nuestros familiares acudimos a misa, yo vestía camisa blanca, pantalón corto, guantes blancos y una cintilla con el nombre en letras doradas sujeta en el brazo izquierdo decidido a recibir la mentada comunión que consistió en una pequeña tortilla de harina sin sal ni levadura que, según había explicado el cura, no debíamos masticar.

– ¿Solo eso recuerdas de tu Primera Comunión? – Me cuestiona uno de mis amigos.

– Claro que no viejo, también me acuerdo que luego de la ceremonia nos fuimos a casa a desayunar una taza de chocolate con leche y pan untado con mantequilla.

¿Y el padrino? Pos, el padrino se hizo el desentendido con el óbolo, ni una monedita me dio para celebrar el acontecimiento. Después de esa fecha, a pesar que era hermano de mi padre, si lo he visto, no me acuerdo.

Ya sé, es época de tristeza, de vivir encerrados, de cuidarnos, protegernos mutuamente, pero también de recordar historias de otros tiempos.

Ahora sí, me interesaría saber una cosa:

¿Usted pasó por esa extraña experiencia de hacer su Primera Comunión? ¿No?

Qué le importa, de todas maneras recordar es vivir, de nada y hasta siempre estimadas amigas y amigos.