Debo decirles que la ficción es sólo una exageración de la verdad que cumple el simple propósito de entretener o divertir a quien escucha o lee, según el caso, porque no tiene ningún chiste contar la verdad tal cual es, sin los agregados que la hacen más atractiva.

Así mi amigo Rica cuando comenzaba un relato aseguraba “por ésta”, haciendo una señal de la cruz con sus dedos índices, que la anécdota estaba apegada estrictamente a la verdad. “En serio”, decía antes de empezar.

El Rica era chofer de una dependencia federal y con motivo de ello debía efectuar constantes viajes a la sierra de Sinaloa para llevar a los ingenieros encargados de supervisar las obras en los caminos rurales. Salía muy de mañana, casi al amanecer, y regresaban generalmente después de ponerse el sol. En el intertanto recorrían los caminos y las casas de la serranía. El Rica muy platicador se hacía de amistades con gran facilidad, por lo que al regreso siempre se traía algunos regalos, que los frijolitos, elotes, ejotes, frutas, huevos, etc. El viaje de vuelta siempre resultaba ameno a su lado, cada animal, planta, piedra u objeto tenían su historia y él la conocía con pelos y señales.

Un día se le hizo más tarde que de costumbre, ya eran casi las diez de la noche y les faltaban todavía como cincuenta kilómetros para llegar a Culiacán. El Rica vigilaba con sumo cuidado la carretera porque solía haber derrumbes que obstaculizaban el paso. De improviso, al salir de una curva, se encontraron frente a frente con una venada adulta. El animal se quedó quieto, posiblemente encandilado por las luces de la camioneta. El Rica aplicó los frenos pese a que el ingeniero, su jefe, lo urgía para que la embistiera.

– ¡Pégale Rica. Échale la camioneta encima para que comamos venado asado este fin de semana!

Apagó las luces, hizo sonar el claxon… Y nada. La venada no intentó hacer ningún movimiento de huida. Quietecita allí se quedó como desafiando a la camioneta.

– ¡A que no te atreves, cabrón! Parecía decirme la muy pendeja.

– ¿Y qué hiciste, Rica? Le pregunté. ¿La mataste?

– No. ¿Cómo crees? Pobrecita. Solita allí en el monte sin saber qué hacer. Me bajé de la camioneta. Me paré frente a ella y le grité para que se quitara. La muy mensa agachó la cabeza y siguió de terca al medio de la carretera. A todo esto el ingeniero se bajó y me dijo que la subiéramos a la camioneta. Nada. No le hice caso. Ya de plano me enojé, la empujé y a patadas la saqué de la carretera para que se fuera al monte.

– La hubieras agarrado Rica, como te decía el ingeniero.

– ¡Ni madres! No lo hice porque si la hubiera matado y subido a la camioneta, el ingeniero que es muy largo y abusivo, de seguro me hubiera agandallado con toda la carne… ¡Ni un filetito me habría tocado! Te aclaro que, si hubiera estado solo, segurito que me la hubiera traído a la casa para criarla y orita estarías viendo lo linda que estaba la pobrecita.

Aaah. Mi amigo el Rica, buenas historias solía contarme sentados en un escalón al pie de su casa. La última vez que lo vi ya estaba jubilado.

– ¿Qué haces ahora que estás jubilado Rica?

– No creas que me lo paso de huevón metido en mi casa. Estoy trabajando en el restaurant de Don Pepe. Ahorita me voy a dar la vuelta para bajar la comida. Luego nos vemos Rolando.

Chaparrito, güero, risueño, de cara colorada, semicalvo, se fue pisando reciamente para demostrar lo fuerte que se mantenía. Su esposa salió a la calle para saludarme.

– Buenas tardes Rolando. No le creas al Rica de que esté trabajando en el restaurant de Don Pepe. La verdad es que está “pepenando”. En eso se entretiene. Recogiendo botes de cerveza que luego vende al kilo.

¿Ya vieron? Como les dije al comienzo, no es que fuera mentiroso, la verdad sin su correspondiente ficción no tiene ningún chiste.

Ojo, ¿eh?, este principio no se aplica si se lo cuenta un político.

De nada y hasta siempre amigas y amigos.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO