Al salir del mercado, luego de comprar los alimentos cotidianos, agobiado por los 40 grados de calor tropical de Culiacán, me dirigí a la cantina más cercana. Ya refrescado, trepé al autobús que me llevaría directo a casa. Tuve la fortuna de encontrar asiento. Mi suerte estaba ligada al hecho que los escolares estaban de vacaciones. El resto de la semana la gente mayor va de pie, los jóvenes, como es normal, viajan cómodamente sentados para que sus nalgas no pierdan la sensación de reposo obtenida durante cuatro o cinco largas horas de entrenamiento “áulico” (como dicen los presumidos investigadores educativos refiriéndose al aula o salón de clases). Diez minutos después mi camisa destilaba el sudor que me escurría a raudales. Con la cara igualmente sudada, mis lentes se resbalaban contínuamente por la nariz amenazando con caer al suelo. El pañuelo en lugar de limpiar los cristales, los ensuciaban, así que opté por guardar mis lentes en el bolsillo de la camisa.

“No me hubiera tragado las pinches cervezas”, pensé, arrepentido de mi desliz alcohólico.

En una parada del bus se subió un hombre extremadamente flaco. Con la camisa abierta mostraba una a una sus costillas, casi esquelético, se movía como expresión milagrosa de la naturaleza.

Lanzó un alarido sobresaltando a dos mujeres que respondieron con gritos de temor. Se trasladó al fondo del vehículo sin que pudiera apartarle mi vista de encima. Se detuvo. Volteó lentamente para mirarnos. Hizo unos extraños gestos con sus manos tocándose la boca y la frente. Luego se inclinó burdamente en una especie de saludo oriental, abrió los brazos y lanzó un gran aullido, de manera intermitente fue emitiendo alaridos, más o menos fuertes. Entre sus gritos se podían distinguir algunas sílabas sin sentido. Asustado, creyendo que sufría una convulsión epiléptica, pensé en ayudarlo. Todos los pasajeros mirábamos sorprendidos, parecía que se moría, lo cual no hubiera sido extraño, dada la impresión de zombie que dejaba. Quise ponerme de pie, pero mi vecino de asiento me detuvo.

“Déjelo. Así es él.”

“¿Qué le pasa?” Le pregunté. El hombre, miraba hacia el frente sin mostrar curiosidad por el dantesco espectáculo.

“No le pasa nada. Está cantando”.

“No puede ser. ¿Cantando? ¿Y qué canción canta?”

“Sepa la chingada. Como es mudo… pos, no se le entiende ni madres. Pero sí le voy a decir una cosa… P’al tipo de canciones que cantan en las radios y cantinas, valdría más que no se les entendiera. Los cabrones cantantes se dedican a homenajear a los envenenadores del pueblo. Pá pior. ¡Hasta quieren comparar sus canciones con las que se cantaban en la Revolución! ¡Cómo si fuera lo mismo! ¿Cómo va a ser lo mismo cuando en la Revolución luchaban pá mejorar la vida de todos los campesinos? ¿Y éstos?… ¿Que presentan como ejemplo pá los jóvenes? ¡El veneno! Las drogas son un veneno pá la gente. ¡Los envenenan, oiga! Con la droga y con las canciones que le hacen publicidad a las drogas, los envenenan. Mire nomás como andan los pobres chavos. ¡Como fantasmas, todos juídos de la realidad! ¿Y los musiqueros? ¿Ellos…? ¡Porque les pagan, los grandísimos cabrones presentan a estos malditos envenenadores como héroes! ¿No les remuerde la conciencia, pienso yo, cantarles viendo como matan a nuestros hijos?”

El vecino de asiento, aparte de su explicable enojo, se veía notoriamente angustiado.

“¿Sabe qué, amigo? Prefiero mil veces la letra de las canciones que canta este pobre mudo, porque, cuando menos, no dice nada. Pero con su cuerpo, como lo puede ver, nos dice como quedan los adictos, porque seguramente ese pobre le entra a la heroína. ¡La pior de todas esas porquerías!”

Sin decir otra palabra, se levantó y abandonó el autobus.

El mudo, lanzando un último aullido, recorrió el bus pidiendo ayuda para completar el dinero que le permitiera comprar su cuota como habitante en el infierno de las drogas. Muchos le daban su moneda para colaborar con su desgracia y su camino hacia el sepulcro

ROLANDO LUIS Gonzalez