El parque a esta hora de la mañana está casi vacío. Cinco personas en pantalón corto y camiseta pasan al trote, conversan a gritos de manera casi simultánea. No comprendo cómo logran entenderse.

Dos mujeres ataviadas con ropas deportivas de colores vistosos en silencio realizan su caminata matutina. Los gorriones con su acostumbrado griterío se trasladan a saltitos mientras picotean el piso y se revuelcan en la tierra suelta.

Sentado en una banca un hombre sufre. Las líneas de su cara caen verticalmente, la tez pálida, reseca. Los ojos perdidos en algún punto distante del horizonte. El rostro y su cuerpo denotan una profunda depresión. La muerte parece balancearse trágicamente en su entorno con la intención de cerrarle cualquier salida.

Él… ya no piensa. Sólo dan vueltas en su mente las palabras con que lo despidieron de su empleo hace ya dos meses. El dinero que le pagaron de compensación por varios años de trabajo, casi se termina. Su mujer y sus hijos tienen hambre. Él ya no la siente. Sólo sed. Una profunda y angustiante sed que no se apaga por más que tome agua. Su trabajo como cajero de la empresa de transportes donde trabajaba le permitía llevar una vida relativamente tranquila con su familia. Los vecinos lo miraban con respeto, sus hijos y mujer con admiración y afecto.

En el trabajo lo patrones lo veían con cierta condescendencia. De repente, sin siquiera preverlo, fue lanzado a la cesantía, al desempleo. Con sus 38 años a cuestas no ha podido encontrar otro trabajo, ni aún en inferior jerarquía al que ocupaba. Ni siquiera se atreve a regresar a su hogar.

Piensa que, con su trabajo, se fueron también el respeto de sus vecinos, la admiración y el amor de su familia. Se mira a sí mismo en su postración y no puede evitar unas lágrimas rebeldes que ruedan por sus mejillas.

¿Qué hice para que me lanzaran a la calle?

Recorre en su memoria sus esfuerzos laborales cotidianos. Si no tenía fallas en mi desempeño, ¿por qué me corrieron? ¿Qué hice mal?

Cansado de lanzar insultos contra la actitud inhumana de sus patrones, se insulta a sí mismo. Si hubiera estudiado como me decían mis padres. Pero no. La calentura me ganó y me casé. Acepté el primer empleo que me ofrecieron. Si me hubiera esperado – como decía mi papá – habría entrado a trabajar en el gobierno. Varias veces me insistió para que me cambiara a un trabajo más seguro. En el gobierno, aunque ganes menos, tendrías más estabilidad, me decía. No le hice caso. Después de catorce años, no pensé que pudieran correrme de forma tan humillante.

Las mismas ideas dan vueltas de manera interminable en su mente sin poder salir del círculo infernal y doloroso de la autocompasión. No cree que su familia lo quiere igual que siempre. Que sus vecinos están dispuestos a echarle la mano si les pide ayuda. Que su mujer está en condiciones de hacer lo que sea junto a él para salir de esta crisis.

No está entendiendo que en la actitud de su mujer y de sus hijos priva el compañerismo, el afecto, el cariño. Y en sus sus vecinos y amigos, la solidaridad.

¿Cómo hacerle comprender que algo le falta en la apreciación de su realidad?

El que sabe dar, debe saber recibir; y el que sabe recibir debe saber dar.

Cree que a él le corresponde solamente dar y a sus seres queridos, recibir. No le está dando la oportunidad a su esposa la ocasión de dar porque ha actuado sólo como proveedor de su familia.

No es limosna ni compasión lo que te ofrecen, amigo. Es solidaridad, es afecto, es cariño, es amor.

¡No estás solo, carajo! Dan ganas de decirle.

Usted que lee lo sabe, y si está metido en política, con mayor razón.Un hombre o mujer en una situación angustiosa de desempleo como ésta se encuentra en inminente peligro, incluso de muerte y los representantes del Poder, no deberían jugar con la credibilidad de la gente sólo por razones políticas para luego dejar a su pueblo abandonado en manos de las grandes empresas transnacionales que sólo miran el flujo y reflujo de sus ganancias.

Es imperativo que los pueblos se organicen para ofrecer una gran resistencia a estos grandes consorcios depredadores de las riquezas de los países que ponen en riesgo la vida humana en todo nuestro planeta. ¿No le parece?

De nada y hasta siempre amigas y amigos.

Ronaldo Gonzáles Altamirano