El abuelo Juan Altamirano era zapatero, zapatero remendón para más señas, aunque si alguien muy cerca de su corazón se lo pedía, podía confeccionarle zapatos a la medida de sus pies.

El abuelo Juan era zapatero, repito, y como buen zapatero, anarquista. Pero no de esos anarquistas de hoy en día que se aparecen en las manifestaciones, y que al estilo de los “quinta-columnistas” fascistas de la España de 1936, emboscados entre la masa realizaban acciones de sabotaje para frenar la lucha revolucionaria. No, el abuelo marcaba muy bien su territorio cuando discutía de política con los amigos que acudían periódicamente a verlo trabajar e intercambiar opiniones.

El abuelo era anarquista, pero jamás lo vi apartarse de su mesita de zapatero y participar en actos de proselitismo, al parecer como buen anarquista demasiado golpeado en su juventud por las actitudes de los políticos, ya anciano, decidió tomar su distancia.

El abuelo Juan anarquista y, como tal, ateo, no se que tan alejado de Dios podía estar, si pensamos que tanto los creyentes en Dios como los no-creyentes son los extremos de la misma creencia. Se sorprendía cuando todavía pequeño, ante sus cuestionamientos de la cuestión religiosa, yo le aseguraba que tanto unos como otros eran lo mismo. Por lo demás el abuelo centraba toda su discusión teológica en las malas actitudes de los curas. Solía relatarme algunas experiencias que vivió en su juventud y que lo llenaron de resentimientos.

“Te voy a contar, cuando yo era joven como no encontraba trabajo me lo pasaba con hambre. En cierta ocasión que no había comido desde hacía dos días un amigo me dijo que en la Iglesia estaban dando de comer. ¿Sí? ¿Y qué tengo que hacer para que me regalen un plato de comida? Le pregunté. Me dijo que teníamos que entrar a la Iglesia, inscribirnos con una monjita que estaba a la entrada, rezar un poco y ya. Nos fuimos a la Iglesia, nos inscribieron, la monjita con cara de buena gente nos hizo pasar a un cuarto sin ventanas donde ya había como veinte fulanos tan desarrapados como nosotros. En eso entraron dos curas y a cada uno nos dieron un látigo con mango de madera y varias cuerdas con nudos en los extremos. ¿Qué vamos a hacer con esto? Pregunté. Uno de los curas nos dijo que, antes de comer, debíamos purgar los pecados que habíamos cometido. Quítense la camisa y empiecen a azotarse hasta quedar libres de pecado.

Apagó la luz, salió del cuarto y cerró la puerta. El cuarto quedó a oscuras. Todos en silencio. Desde afuera el cura gritó: ¡Azótense! Hubieras visto, todos comenzaron a darse de azotes. Yo me pegué un azote suavecito, pero como me dolió, preferí darle de latigazos a los demás. No supe cuanto tiempo estuvimos así hasta que se abrió la puerta. El cura gritó, ¡suficiente! Ya están limpios de pecados. Me dieron ganas de agarrar a azotes al cura, pero el hambre era mayor que mi deseo de venganza. Rápido me puse la camisa antes que encendieran la luz para que el cura no se diera cuenta que yo no tenía ningún latigazo. Los demás, hasta mi amigo, estaban muy lastimados. Todo para que nos dieran un miserable pan y una sopa aguada lo que me dejó igual de hambriento.”

“Desde entonces no puedo ver a los curas, son sádicos estos tipos, hijo.”

“Pero ya no es así, abuelo. Las cosas han cambiado.”

“Que tanto pueden cambiar, hijo. Lo que pasa es que ahora son más hipócritas. ¿En qué Dios pueden creer estos fulanos tan perversos? Ellos no tienen Dios. Tienen O-Dios, hijo. ¡Odios!”

Pasó el tiempo. El abuelo siguió en política igual de anarquista, despotricando contra los políticos; igual de ateo, hablando mal de los curas. Una tarde casi al oscurecer el abuelo fue a la letrina que estaba al fondo del patio, una simple caseta, techo de lámina, y puerta desvencijada. Los nietos, la abuela, la hija y su esposo conversábamos animadamente cuando vimos al abuelo que venía corriendo, el pantalón a medio poner, la camisa de fuera y la cara desencajada de susto.

“¿Qué te pasó viejo?” Le preguntó la abuela muy preocupada. Todos corrimos a su lado.

“Es que…” Dijo respirando fuertemente.
“Cálmate viejo. Ven, vamos a que te sientes para que te pase el susto.”

“Lo que pasa es que… ¡Se me apareció Jesucristo en el guáter!”

“Pero, ¿cómo, suegro…? Si usté no cree en esas cosas.”

“Sí, les digo que se me apareció… primero vi que una luz entraba por debajo de la puerta, fue subiendo como si fuera una película con la imagen de Jesucristo. Me miró muy serio… lo que más me asustó es que no era rubiecito, de ojitos azules como lo pintan los curas. ¡Era grandote, negro, barbón, de pelo oscuro y muy largo!”

“¿Y qué le dijo, suegro?”

“No alcanzó a decirme nada, porque apenas lo ví, salí corriendo.”

“¿Y cómo supiste que era Jesucristo, abuelo?”

“Porque en la mente escuché una voz que me dijo: Soy Jesucristo…”

Mientras hablaba la abuela le acariciaba la calva. Enseguida le llenó un gran vaso con vino tinto que el abuelo apuró casi de un trago y que logró calmarlo lo suficiente para irse a dormir.

Al día siguiente, con el abuelo mucho más calmado, lo interrogó el yerno.

«¿Y por qué Jesucristo se le apareció a usted, suegro, si ni siquiera es católico?”

“¿Por qué se me apareció a mí y no a un cura? Aah… Porque como usted seguramente sabe, todos los curas son mentirosos y centaveros. Si se le hubiera aparecido a uno de ellos… ¡Imagínese! ¡Hasta una iglesia mandarían construir en el patio de esta casa para ganar harta plata!”

En los días siguientes permanecimos mucho tiempo discutiendo el fenómeno. El abuelo, gran contador de cuentos tenía fama de mentiroso, pero como lo vimos tan asustado llegamos a la conclusión que el abuelo sí había visto a Jesucristo.

No crean que esta visión le hizo al abuelo cambiar sus ideas respecto a Dios. Al contrario al describir a Jesucristo como un hombre negro, barbón, cabello oscuro y complexión fuerte lo hizo negar con más convicción las rubias y delicadas imágenes de los Cristos que enseñan las iglesias católicas. Continuó, por supuesto, declarándose ateo, aunque desde entonces lo calificamos como “anticlerical”.

¿Y ustedes que piensan? ¿Será que la verdadera figura del Jesucristo pudo ser como lo vio mi ateo abuelo?

De nada y hasta siempre amigas y amigos.