¿Qué es eso “del otro mundo”? Se preguntará usted.

¿Estaremos hablando, quizá, de todas esas patrañas sobre “fantasmas”, o de “objetos voladores no identificados” que circulan profusamente en los medios de comunicación y que muchas personas las repiten como si fueran “hechos comprobados”?

Nada más lejos de mi intención. Hablamos estrictamente de los “dos mundos”, Europa y América, que iniciaron sus contactos y reconocimiento mutuo hace más de cinco siglos. Hoy la relación entre estos dos mundos es muy distinta a esa de subordinación absoluta que existió durante el proceso de la conquista de nuestros territorios y grupos ancestrales, hasta podemos hablar de una relación de “igual a igual”… Pero sigue habiendo diferencias, no puede ser de otra manera dado el origen tan distinto de sus conglomerados humanos.

¿Cómo iniciar un análisis sobre “el otro mundo”?

Como todo estudio, empecemos por lo superficial. Lo que se conoce desde una simple mirada, las edificaciones.

En primer lugar sus construcciones, el cómo están estructuradas las ciudades y las formas de transportación de sus conglomerados humanos. En el caso nuestro, de las ciudades de nuestro México, observamos que las ciudades fueron creciendo del centro hacia la periferia, al modo como se extienden las ondas sobre la superficie del agua al lanzar una piedra. La población con mayores recursos económicos se instala, por regla general, en zonas cercanas al centro de la ciudad donde también se concentran los servicios públicos. O sea que, los sectores más adinerados de la población se ubican en las partes más céntricas de la ciudad.

Los sectores sociales más pobres fueron construyendo sus casas cada vez más hacia las afueras, en gran parte impulsadas por los habitantes que debieron invadir tierras ociosas para construir sus casas. Luego se dieron las luchas para que los gobiernos locales las dotaran de servicios públicos como caminos, luz, agua, alcantarillado, recolección de basura, vigilancia. Esta forma de crecimiento poblacional no obedece a un plan preconcebido, la mancha urbana se va extendiendo anárquicamente de manera horizontal, casas bajas de uno o dos pisos. Cada quien construye su casa de manera individual, ya sea por sí mismo o con empresas constructoras adaptadas a tal sistema. Luego, los mismos programas habitacionales impulsados por los gobiernos apoyan y dan impulso a esta forma de crecimiento de las ciudades.

De allí que el ordenamiento urbano en muchas, si no en todas nuestras ciudades es catrastrófico. El hecho de que las poblaciones se hayan extendido horizontalmente obligaría al Estado a proveerlas de servicios de transporte adecuados, por supuesto resultan muy costosos por las grandes distancias que deben recorrer los autobuses. Esa gran dispersión de la población ha provocado la necesidad de que cada familia cuente con un automóvil para movilizarse a sus escuelas y centros de trabajo, lo que trae consigo la necesidad de caminos más amplios que permitan mayor fluidez de tránsito a la enorme cantidad de vehículos que circulan por la ciudad.

Tales sistemas de acomodo de la población resultan paradójicos, me dirá usted, porque, por simple lógica, los servicios públicos necesariamente resultan menos costosos en el centro de la ciudad que en la periferia.

En las ciudades europeas el asunto es distinto, en primer lugar los sectores más adinerados son los que radican en la periferia de las ciudades, lo cual es bastante lógico. Pero lo primero que observamos e las ciudades europeas es que las construcciones son verticales.

Innumerable cantidad de edificios de muchos pisos de altura. Entiendo que de esa manera los servicios públicos son aprovechados de mejor manera. Caminos, luz, agua, drenaje, recolección de basura, vigilancia tienen un ordenamiento más eficiente y los servicios de transporte colectivo son de una eficacia imposible de concebir en nuestras inmensas ciudades. Lo mismo sucede con la cultura vial. Nos llamaba la atención, por ejemplo, en la ciudad de Ginebra lo que llamo “la cultura ginebrina”, un respeto absoluto a los pasos peatonales, a los semáforos y las reglas de urbanidad. Lo cual no sucede en nuestras ciudades. ¿Y acaso podría ser de otra manera? Me pregunto

¿Se imaginan lo que significa atravesar en auto una ciudad donde miles de vehículos pretenden hacer lo mismo? ¿Cuál regla de respeto y urbanidad puede existir cuando centenas de personas pugnan por subirse a un transporte público? El que se mueve lento no llega a tiempo, es la máxima.

Los habitantes, al tiempo que se transportan, van comiendo y arrojando sus desperdicios donde caen. Ya vendrá un trabajador del aseo a recoger la basura.

No es fácil ser respetuoso donde las multitudes se mueven al unísono tratando de llegar a sus destinos, mientras los delincuentes aprovechan los apretones para desvalijar a los más débiles o menos cuidadosos.

Hasta aquí los acompaño estimados amigos y amigas y, desde Culiacán, México les hago llegar un cariñoso saludo, hasta siempre.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO