Papa Francisco con Fidel Castro

Conocido es el relato bíblico sobre el juicio a Jesús que culminó con su crucifixión. Se sabe que los sacerdotes hebreos primero intentaron que fuera la autoridad romana los que juzgaran y ejecutaran al Nazareno, para ello acudieron con el Prefecto de la provincia romana de Judea llamado Poncio Pilatos acusando a Jesús de sedición para lograr que el procurador romano ordenara su juzgamiento y ejecución. Sin embargo el representante del César no hallando delito en la conducta del Nazareno, dijo a los líderes saduceos: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis”. Enseguida “se lavó las manos” dejando el asunto en manos de Dios, esto es de la autoridad eclesiástica judía. Los sacerdotes judíos no pudieron evitar su plena responsabilidad en la ejecución de Jesucristo, en otras palabras, los representantes de Dios no pudieron lavarse las manos en este crimen. Cuando el Imperio adoptó al cristianismo como religión de Estado en febrero del año 380 el César y Dios comenzaron a comer en el mismo plato.

El divorcio entre ambos poderes comenzó en épocas muy recientes de la historia republicana, aunque el Estado casi siempre ha tenido mucho cuidado de apoyarse o, cuando menos, contar con el beneplácito de las autoridades eclesiásticas para ejercitar el Poder.

Ha cambiado desde entonces la concepción del “lavado de manos” que se popularizó con la acción de Poncio Pilatos y el juicio a Jesucristo. Es Dios el que en reiteradas ocasiones se ha “lavado las manos” ante los crímenes del Cesar, sobretodo en el último siglo que la Iglesia permaneció en silencio mientras los Estados nacionales cometían enormes atrocidades contra su población. Los ejemplos desgraciadamente sobran, como el caso del Papa Pío XI que se “lavaba las manos” mientras el fascismo italiano con Mussolini y el nazismo alemán con Hitler en los años 30 iniciaban su proceso de expansión territorial y genocidio étnico, o la forma como se “lavaba las manos” la Iglesia católica, en general, ante la represión brutal de las dictaduras militares en los países latinoamericanos, se puede afirmar que gran parte de las estructuras eclesiásticas se identificaron con los grupos de ultraderecha que impulsaron los Golpes de Estado en nuestra América.

Dada esa historia adversa de la Iglesia ante la luchas por la justicia de los pueblos latinoamericanos el hecho que se nombrara a un sacerdote argentino Jorge Bergoglio como Papa bajo el nombre de Francisco, no significaba gran cosa para nosotros, sin embargo sus últimos pronunciamientos parecen representar una posición más cercana a la realidad que viven los pueblos. Lo que a todo el mundo ha sorprendido es su participación determinante para que los Gobiernos norteamericano y Cuba puedan resolver sus diferencias e iniciar una nueva era de relaciones diplomáticas.

Creo que para todo el mundo la injusticia del bloqueo de los Estados Unidos a la nación cubana representaba una posición inaceptable e injusta. En las últimas votaciones sobre el bloqueo que se mantiene sobre Cuba que se dieron en la Organización de las Naciones Unidas, la condena ha sido casi unánime, Estados Unidos quedó aislado con el único apoyo de Israel.

Si examinamos la situación interna de Estados Unidos, observamos que tiene una población de más de 300 millones de habitantes, y que en ese enorme conglomerado humano sólo un pequeñísimo grupo de población de ciudadanos norteamericanos, otrora exiliados cubanos, que radican en Miami y que en sus manifestaciones no logran juntar a más de doscientas personas, parecen ser los únicos que apoyan el bloqueo, y que ese pequeñísimo grupo de población haya podido mantener secuestrada la política exterior del país del norte durante cincuenta años resulta sorprendente.

La participación determinante del Papa Francisco para que los dos países restablezcan sus relaciones diplomáticas nos está diciendo que la política exterior del vaticano ha comenzado una nueva era de compromiso con la justicia, este es el momento cuando “Dios no se lavó las manos”.

Las cosas en política siempre están sufriendo cambios, la participación del Presidente Obama y el Papa Francisco fueron determinantes en el cambio de la política de EEUU respecto a Cuba. Hoy las cosas están a punto de sufrir nuevos cambios. Veamos, recordemos que bajo la Presidencia de Kennedy todo estaba preparado para que el poder militar norteamericano invadiera la pequeña isla que había osado desafiar al sistema imperial. Todo cambió, sin embargo, con la intervención de la todavía Unión Soviética en el conflicto de los misiles nucleares. Kennedy dio marcha atrás, la URSS también y retiró los misiles con el compromiso, sancionado por el Presidente norteamericano, de utilizar otras formas de presión para terminar con Fidel Castro y su régimen abiertamente socialista.

Hoy se aproximan nuevos vientos cambiarios no solamente en EEUU, sino en el mundo. Aparece un señor ultraderechista como presidente norteamericano y desaparece, sintomáticamente la persona a la cual consideraba uno de sus principales enemigos: Fidel Castro quien, aunque estuviera fuera de las esferas del poder en Cuba mantenía una aureola íntegra y desafiante ante el temido empresario, el supuesto omnímodo poder bélico del sistema que lo respalda y la histeria de sus mascotas de “la pequeña Habana”.

¿La correlación de tres acontecimientos: la muerte de Fidel, la llegada de la ultraderecha al gobierno norteamericano, y la presencia de un Papa que, junto a Dios no se lava las manos, les dice algo?

De nada y hasta siempre amigas y amigos.

Rolando Gonzáles Altamirano