Siempre me he sentido preocupado sobre el trato que nos dan aquellas personas que se encuentran encumbrados en alguno de los peldaños superiores del ejercicio del poder, porque, en cuanto logran escalar las personas que se encuentran a su alrededor de golpe y porrazo las transforman, o las ven como si fueran cosas, objetos o datos. De esa manera, como un ejemplo entre muchos, el Instituto Federal Electoral de México da a entender en su publicidad que si la persona carece de credencial de elector o la misma no está actualizada… ¡no existe!

¿Qué pasa? ¿Acaso las personas solo existen cuando un documento acredita su existencia?

A ver, analicemos este asunto a la luz de otro ejemplo. Ahí les va.

Cierto día se descompuso mi computadora, no supe qué diablos le sucedía porque no soy técnico; para mí la computadora es simplemente una máquina de escribir que en lugar del papel que se desenrollaba a golpes del pulgar derecho sobre una palanca. Tiene una pantalla iluminada. La llevé a un taller para que la compusieran. El técnico me explicó que era un asunto con el disco duro, con su cerebro, me dijo haciendo un parangón con el organismo humano.

— Una simple máquina de escribir — pensé — posee un cerebro… reparable.

Al tiempo descubrí en un programa de televisión que esas máquinas llamadas computadoras, con todo y la gran cantidad de cosas que pueden hacer para imitar al hombre, no son capaces de emularlos en ciertas características como lo es, entre otras, la visión. No sólo la visión humana, sino la de los animales en general. Lo cual significa que, para nosotros usuarios de nuestros ojos, resultan tan simples y cotidianas que ni siquiera se ocupa un mayor coeficiente intelectual para ponerlas en actividad.

El productor del programa televisivo concluía que pretender emular la visión con una máquina, hasta ese momento, resultaba imposible. Aparentemente, deduje de su amplia exposición, lo consideraba un asunto de integrar cierta cantidad de datos.

No era la primera vez que escuchaba ese tipo de supuestos donde los problemas se pueden reducir a cuestiones cuantitativas, racionales, en otras palabras, para ciertos investigadores son asuntos de datos más o datos menos. Pero esta cuestión del manejo de la visión por parte de nosotros sus operadores cotidianos, es un asunto en gran medida cualitativo, no hacemos complejos cálculos matemáticos para enfocar la imagen o para reproducirla en nuestra memoria cuando la comparamos con imágenes similares que se encuentran frente a nosotros, ese es un problema insoluble para la informática.

Este hecho me llevó a pensar en todos aquellos individuos que miran a las personas ajenas a su cotidianidad como cosas sin mayor importancia, sin valor absoluto y, por lo tanto: PRESCINDIBLES. Volviendo al tema de la informática: las personas son asuntos de datos más o datos menos. De esa manera es que el IFE mexicano, y los IFES de cualquier nacionalidad, con la tenencia de una simple credencial transforman la vida cotidiana en una secuencia de datos cuantificables. Un sencillo asunto de números y, como tal, fácil de resolver por una máquina más o menos compleja.

Sin embargo, permítaseme afirmar categóricamente que cualquier persona, por más insignificante que se la considere supera en magnificencia a la mejor computadora creada por el hombre, y la supera porque estas personas, tengan o no tengan credenciales de cualquier índole, están en condiciones de mirar, de oler, de paladear, de oír, de sentir.

Son capaces de de tener miedo o de sufrir la ansiedad más espantosa y doliente.

De experimentar un dolor físico y desear morir antes de seguir soportándolo.

De llorar por el sufrimiento experimentado por una persona ajena a sí mismo, e incluso por todo lo que afecta a nuestro entorno ecológico, a los animales que sin poseer nuestra capacidad pensante conservan el dominio de innumerables características que comparten con todos los seres vivos.

De tener sed, hambre.

De sentir roto el corazón porque una mujer, o en su caso, un hombre, no le quiere.

De guardar ciertas cosas con un egoísmo inusitado, pese a que no las necesita ni ahora y, quizá, nunca.

De llorar por asuntos que le sucedieron hace veinte o más años, o, incluso, por situaciones que le acontecieron a personas que ni siquiera conoce o que desaparecieron hace mil años.

Para que quede absolutamente claro: estamos hablando de la grandeza del hombre ante sí mismo, frente a otros hombres, por más que algunos individuos empujados, paradójicamente, por la grandeza de su capacidad de pensar y sentir, sobretodo de sentir, quisieran hacernos más pequeños que una simple mirada por el simple accidente social de estar situados en un peldaño de poder superior al resto de los individuos de su entorno social.

Pero hablemos también de otros hombres, aquellos que en posesión de un arma destructiva y del poder para utilizarla miran a las personas ajenas a su cotidianidad como asuntos sin importancia, sin valor, prescindibles, e incluso han sido capaces de destruir su entorno ecológico eliminando plantas y animales como si fueran desperdicios, tal como acaba de suceder en el Estado de Quintana Roo, Cancún, México donde el propio Estado mexicano a través de Fonatur ordenó la destrucción de uno de los manglares más importantes del mundo.

Ese es el problema: las personas, los seres vivos y toda la naturaleza vistos como asuntos sin valor, sin importancia, PRESCINDIBLES. Es el principio-guía en la cual se fundamentan todas las guerras que han llenado de cadáveres hasta los rincones más remotos de nuestro planeta.

Pero a nosotros, por favor, déjennos seguir viendo a los seres humanos como personas, a los seres vivos en general, como milagros de la naturaleza y, como tales, dignos de ser tratados con toda la justicia y el amor que puede caber en el alma humana.

De nada y hasta siempre amigas y amigos.

rolamdo 400Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO