Las cruces. ¡Ay. Las cruces! ¡Cómo duelen las cruces, camaradas! ¡Cómo duelen los sollozos ajenos porque nos rebotan en oleadas de recuerdos terribles, dolorosos que llenan nuestros ojos de espinas agobiantes!

Las cruces. Miro las cruces y la muerte me mira, me toca, me estremece, se lanza sobre mí y me abraza entonando solsticios funerarios.

¿Qué hay detrás de aquella cruz, madre?

Muchos recuerdos. Muchos abrazos y besos inconclusos.

¿Sentimientos de culpa, quizá madre?

No hija. Esa es una tontería que dejó caer el corazón inválido de alguien que perdió su capacidad de amar y le resta sólo un cuerpo y un alma mecánica.

Las cruces. Me molestan esas cruces – dijeron algunos políticos – Duelen. Si las quitan el dolor ajeno no será más mi propio dolor.

Ellos creen que el íntimo dolor de la madre extraña no les podrá llegar cuando quiten esas cruces; suponen que las docenas de litros de lágrimas encerradas en los altares no les mojarán sus sensibilidades turísticas y monetarias. Que las decenas, tal vez centenas, cientos de miles de llantos no rondarán nunca más por las calles de México cuando los políticos lancen la orden de quitar las cruces que se reparten por las esquinas, las banquetas, los camellones, los pasillos, las carreteras, los campos, las veredas del país.

Pero los padres, las madres y demás familiares no sabrán jamás que sucede en el más allá con sus hijos, hijas y parientes cuando logren quitar esas cruces que le recuerdan el lugar donde cayó.

¿Pero aquellos que cayeron en múltiples lugares de la sangrienta geografía mexicana sin saber cuándo ni dónde? ¿Esos hijos e hijas dejarán de preguntarse entre llantos que les pasó y dónde están su padre, su madre, su esposa, esposo, sus hijos, su familia que no vienen a darle su fresco beso matutino y su caricia de buenas noches? ¿Y esas madres, padres, esposas, esposos, hijos, familiares podrán algún día descansar en paz sin saber dónde quedaron los restos de sus seres queridos?

Detrás de cada monumento funerario existe una historia de amor y un ritual de despedida. Ellas o ellos estaban aquí; entre nosotros, caminaban, cantaban, amaban, odiaban, reían y lloraban tanto, más o menos que cualquiera de nosotros. De repente, en aquel segundo que resulta eterno cuando la vida se acaba, se quedaron inmóviles, como imagen fotográfica, prendidos del recuerdo. Todos sus planes, proyectos de vida, necesidades y deseos se frustraron. Sin siquiera la posibilidad de despedirse de sus seres queridos al emprender el largo viaje a la eternidad.

En algunos casos sólo queda el altar donde los seres queridos le pueden rezar y platicar, porque, seguramente, su alma sorprendida no encuentra su camino en la oscuridad de su muerte.

Es terrible el dolor de los amigos y familiares de quien muere violentamente, más sombrío, probablemente, que una muerte esperada, causada por enfermedad. Al decirlo pienso en todos aquellos y aquellas que han desaparecido y no puedo, sino, sentir dolor.

La violencia en Sinaloa, Jalisco, Tamaulipas, Michoacán, Guanajuato, Morelos, Zacatecas, Veracruz, Chihuahua, Sonora y todo México se ha entronizado de tal manera en nuestros sentimientos que ni siquiera nos percatamos de la magnitud de nuestros propios actos violentos.

¡Ay! Si es cierto. Como duelen las cruces de los altares que diseminados en nuestras ciudades nos recuerdan a cada instante la violencia donde nos encontramos inmersos, pero duele mucho más el no saber dónde arrojaron los restos de sus seres queridos.

¡Qué injusticia, Dios mío!

Hasta siempre, amigas, amigos hermanados en el dolor de las ausencias que nunca podrían resultarnos extrañas a nosotros mismos.