Tal vez no haya tema de reflexión más constante que el de la democracia, sin duda porque su desarrollo es un proceso histórico siempre inacabado.

En América Latina, donde desde los años noventa todos los países tienen regímenes democráticos – liberales, el tema padece de síntomas paradójicos; cuando más se consolida la democracia peor vive la gente. El mundo se fagocita en innumerables crisis, pero seguimos adoctrinándonos en la semántica del liberalismo económico como la fuente de la ilusión, a las paupérrimas condiciones generales, en el continente de los desequilibrios. Una fragilidad característica de nuestra región.

Los últimos episodios soslayan los desequilibrios reinantes en Brasil, Paraguay, Venezuela, pero debemos advertir que no se limitan solo a estos países hay mas contradicciones que actúan como alarmas sociales a punto de estallar. Hace años que venimos observando, comentando, analizando, escribiendo desde nuestras limitadas fuerzas y debemos admitir nuestra incapacidad para generar opinión sobre estos temas. Muchas veces nuestros dirigentes políticos desde una óptica funcional, desbordan la propia realidad, y se nos quiere convencer de lo trasnochados que somos, de lo equivocado que estamos,… que la lucha de clases es cosa del pasado, que adolecemos de una incapacidad cuasi alarmante de no ver la realidad de frente, de no querer aggionarnos, al pensamiento dominante. Pero dejemos estos aspectos aparentemente secundarios, para entrar en el tema central.

En nuestra América Latina los desequilibrios sociales nos acompañan desde el fondo de nuestra propia historia, somos un continente rico en materias primas, con ignominiosos índices de pobreza.

Una pequeña elite de “demócratas” dirigentes se erige en los dueños absolutos de los medios de producción, frente a una mayoría sometida a la explotación.

Por lo tanto, la democracia como problema no es una novedad, pues es inherente a la contradicción entre capitalismo y democracia, entre desigualdad social e igualdad política, que ha marcado la historia, no solo del debate sobre la democracia sino su propia realización. Pero plantear el problema de la democracia es buscar la interrelación entre régimen político y las formas de explotación que han desarrollado las clases dominantes a lo largo y ancho de un proceso histórico determinado. En realidad se trata de interpretar la democracia como una práctica plural de ejercicio y control del poder cuya característica principal es el crecimiento no solo de los espacios institucionales de representación (caso corte electoral) sino de los mecanismos de participación, integración, coacción y negociación que se crean para dar respuestas y satisfacer las demandas sociales, políticas, económicas y culturales de la sociedad. (Asambleas, Sindicatos, Constituyentes etc.). De ahí que muchas veces caigamos en el error de ver los procesos de cambio (bolivarianos), en contradicción con la visión de democracia formal.

Asistimos desde hace algunos años, en América Latina ha algunas afirmaciones, – incluso y sobre todo desde sectores del progresismo – que la izquierda de nuestro continente nunca ha sido consecuente con la democracia porque bajo la influencia del marxismo ha tenido una visión instrumentalista de la democracia, y que sería ahora su renovación ideológica (es decir el abandono del marxismo), que habría conquistado esa virtud al ver a la democracia como un fin en sí mismo.

Pero si en algo ha caracterizado el marxismo desde sus orígenes, es la identificación de la democracia con la emancipación humana, como fin en perpetuo discurrir que para realizarle requiere, como condición y como desarrollo, la igualdad social. El problema consiste en que el principio marxista es que la democracia es clasista, es decir, que protege a una clase para reprimir a otra clase. Así por ejemplo, la democracia esclavista servía a los esclavistas para mantener bajo su yugo a los esclavos; la democracia feudalista servía a los señores feudales para mantener a los campesinos siervos en su dominación; actualmente, en los países capitalistas la democracia sirve para dominar al proletario, aunque algunos nuevos intelectuales de las ciencias políticas hayan decretado que esta clase ya no existe.

La historia enseña y advierte; liberalismo, progresismo y democracia

El liberalismo, en tanto proyecto político de la burguesía, no nació como una doctrina democrática, ya que entre uno y el otro hay un desfasaje temporal de mas un siglo y medio. Por lo tanto el Estado liberal (formación de gobierno por elección, parlamento y división de poderes) no nació como Estado democrático. La democracia apareció como problema histórico cuando se hizo evidente la contradicción entre el discurso universalista del liberalismo con la desigualdad social real que genera, la que la burguesía no ataco con su propia emancipación política y que además reprodujo bajo nuevas condiciones al convertirse en clase dominante. En realidad cuando la burguesía liberal comenzó a encarar el problema de la democracia no lo hizo como un fin en sin mismo, sino como un instrumento político para regular la participación de las clases sociales que presionaban para decidir sobre los asuntos públicos. Debemos recordar que el liberalismo político progresista ha sido desde el siglo XIX un fenómeno eminentemente intelectual de sectores medios, portadores convencidos de los principios libertarios e igualitarios de la Ilustración, sensibles a la explotación y desigualdad capitalistas que quedaron desnudas por los procesos de conciencia, organización y lucha independiente de la clase obrera.

Los retrocesos actuales vienen a reforzar las confusiones teóricas que se están generando en América Latina respecto a la conducción económica, lo que explica el azoro de buena parte del pensamiento crítico ante este liberalismo puro y duro cuya sustancia conservadora aparece en esa crítica como perversión inexplicable. El triunfo liberal (o neo) es un hecho político, sin manos invisibles indígenas o foráneas la globalización es la ideologización del imperialismo convertida en realismo político y económico. Las ideas conservadoras de este neo liberalismo fueron producidas varias décadas antes de que conviertan en ideología dominante, por los intelectuales institucionales del capitalismo que tuvieron claridad en que el periodo del Estado de Bienestar era un “momento anómalo” del capitalismo, un mal necesario en la coyuntura del momento, pero que una nueva crisis cíclica introduciría factores económicos que dificultarían una salida eficaz de la misma.

Los alumnos aplicados.

Muchas veces se ha citado como ejemplo las conducciones económicas de países con gobiernos progresistas como es el caso de Chile y Uruguay. Algunas cifras macroeconómicas esbozan un panorama que pueden destacarse en la región.

No obstante, la historia nos ha ido demostrando sus vaivenes y hoy podremos decir que la realidad de la democracias progresistas presupone en la actualidad una acción política limitada y excluyente. Ya que hoy la democracia es declamada formalmente para establecer el “consensus” legitimador del orden transnacional.

En realidad la democracia desempeña un papel secundario en la articulación del modelo globalizador. Entonces, es fácil concluir que asistimos de verdad a la puesta en práctica de un modelo de globalización peligroso. La enseñanza principal es que el proyecto actual busca redefinir un nuevo pacto social en el que la democracia realmente no tiene cabida, excepto para ejercer un mayor grado de control social y político sobre las grandes mayorías excluidas y marginadas de los beneficios del progreso. Las nuevas élites gerenciales, de los sectores financieros especulativos y administradores de las transnacionales convertidos en la nueva burguesía proponen las nuevas reglas de juego en el casino de la globalización y la modernidad.

Si con anterioridad el subdesarrollo y el atraso se entendían como un obstáculo para la democracia, la nueva interpretación de la democracia hace compatible explotación, subdesarrollo y pobreza con democracia globalizada. Ahora se piensa que solo con una dualización de las sociedades contemporáneas será posible alcanzar el progreso, y como hemos analizado un progreso no supeditado al orden democrático.

De esta manera la democracia es transformada en un recurso técnico al cual se recurre para poder hacer funcionar la autoridad del Estado. Autoridad fundamentada en la tiranía de la democracia estatal, mal llamada gobernabilidad democrática.

Hoy debemos constatar como la izquierda progresista sucumbió a estas prácticas por sus propias debilidades conceptuales, la de no comprender la diferencia que hay entre ser una izquierda en el sistema o la izquierda del sistema. Pero también porque sucumbió a la coerción de la derecha que sanciono como bloqueos a la democracia todo aquello que no implicara un consenso en torno a sus propios intereses, al tiempo que llevo a cabo cooptaciones elitistas vía privilegios, a las que fueron sensibles muchos políticos de izquierda, los ejemplos sobran.

Bien, ¿vivimos en una democracia? podemos responder que sí, pero de igual forma podemos agregar… si, en una democracia capitalista.

Por EDUARDO Camín
Jefe de Redacción Internacional Hebdolatino
Columnista de Nodal