¿Qué siente usted ante los fantasmas, miedo, terror, repugnancia, compasión, dolor… o indiferencia? ¿Y los espectros?, ¿qué pueden sentir respecto a usted?

Pero antes de conseguir una respuesta, le pregunto:

¿Cree, ha visto o presentido algún fantasma en su entorno?

Si me responde que no cree, que nunca ha visto algún espectro o fantasma, le digo seriamente que no le creo. Así de directo. Es más, afirmo categóricamente que los fantasmas en nuestro medio y en todo el mundo, existen. Así de claro.

Ahora bien, si tomamos en cuenta las creencias de algunos de los pobres haitianos que sobreviven a duras penas en su isla cayendo de manos de un gobernante bribón a otro, los fantasmas son zombies, muertos vivientes, productos de la magia vudú. Fíjese que años atrás muchas personas viajaban a la isla de Haití con el exclusivo propósito de conocer en vivo y en directo las truculencias que realizaban los supuestos brujos. La mente distorsionada de ese tipo de turistas, no conformes con los documentales trucados de supuestos fenómenos paranormales que transmitían sus canales de televisión acudían a la isla para satisfacer su curiosidad.

De hecho solo podían encontrar manifestaciones de una religión sincretista que se alimentaba de las supersticiones mediante rituales de magia blanca o negra que dirigían algunos chamanes de forma igual o parecida a las que se practican en otras regiones de América y del mundo.

En la actualidad, según proclaman los medios de comunicación, los únicos que se acercan a la isla de Haití son religiosos que enterados de las graves condiciones de miseria que vive el pueblo haitiano y movidos por su profundo amor al prójimo se acercaron a sus habitantes con el fin de prestarles ayuda, pero, lamentablemente para ellos, se encontraron con un país sumido no solo en la miseria y el abandono, sino bajo el control de bandas criminales que los ha vandalizado y sumido al país en un profundo caos.      

Pero eso no tiene nada que ver con los fantasmas de la “Caseta Cuatro”. Espere, deje le cuento.

En la ciudad de Culiacán existe una especie de glorieta donde confluyen varias vías, el Bulevar Madero, la calzada Heroico Colegio Militar y la calle Venustiano Carranza formando una especie de estrella. Ese lugar, vaya usted a saber por qué razón, le llaman la “Caseta Cuatro”. Allí se dan cita los músicos de Culiacán, tríos, bandas musicales, mariachis y chirrines tienen sus oficinas y locales donde ensayan y ofrecen sus servicios musicales para amenizar las fiestas  de los culiacanenses o culichis.

El lugar en sí no es zona habitacional, son construcciones por lo general en mal estado de conservación. En los alrededores hay varias cantinas, uno que otro hotel de paso y muchos locales comerciales. Como la Caseta Cuatro es punto de salida y llegada de la carretera al sur de México y de los caminos que conducen a la sierra innumerables personajes más o menos extraños o extravagantes pululan por el lugar. Así, puede encontrar vendedores callejeros de la más variada índole, limpiavidrios, repartidores de publicidad, vagos de oficio y… ¡Fantasmas!

¿Fantasmas? Sí, aunque no me lo crea, fantasmas o, si lo prefiere, como están de moda en la cinematografía: zombies.

A uno que otro se le puede ver durante el día, pero es de noche cuando salen de sus espectrales rincones y se asoman al lugar.

¿Usted los puede ver?, ¡claro que sí! A la vista y paciencia de todo el mundo caminan pausadamente, como sonámbulos, algunos con expresión de angustia, otros con actitud de profundo rencor. Todos llevan firmemente sujeta en sus manos una aguja hipodérmica.

Las personas normales que pasan por ese lugar les sacan la vuelta, aunque los supuestos “fantasmas”, en ese instante tienen una sola preocupación: llegar al lugar donde unos comerciantes sin escrúpulos los esperan.

Sí, ya entendió, los fantasmas de la Caseta Cuatro son adictos, “jaipos” para el común de la gente. La heroína los mantiene muertos sin vivir o vivos sin morir, no sé de qué manera será peor expresar sus circunstancias.

La “malilla” o síndrome de abstinencia los hace temblar y un dolor profundo atenaza todos los rincones de su geografía corporal hasta que el veneno se introduce en sus venas y arterias, entonces una dulce paz los consuela por algunos momentos.

Da miedo y dolor mirarlos como deambulan por la ciudad en busca del dinero que necesitan para calmar su ansiedad… y cuidado si te atraviesas en su camino mientras la “malilla” domina todos sus sentidos.

La sociedad en el intertanto los mira sin saber qué hacer para rescatarlos de su perdición.

Podemos decir pobres fantasmas, pero ellos están mucho más allá de sentir siquiera la capacidad de condolerse a sí mismos.

De nada y hasta siempre queridas amigas y amigos, les aseguro que no se vale rezar, no es suficiente.