Me lavé con jabón de Alep y cuando me enjuagué, el agua se volvió roja, roja carmín, roja negro. Mi manguera de la ducha era como una arteria desgarrada, pero ningún garrote ni ningún vendaje pudieron detener este flujo continuo. Río de sangre, mar monstruosa con olas de niños asustados y los brazos extendidos, pero mis manos estaban demasiado pegajosas. ¿Los dioses estarían contentos de esta pesca milagrosa, o sus perros van a darse un festín de comida con esta tierna carne ahumada y de buen sabor?

He visto Alep vestida con su abrigo de piel de peste bubónica, sobrevolada por grandes mascas con pico de pájaro aullador. De sus grandes alas de plomo fluyen huevos en fusión. De los pulmones perforados de la gran ciudad exudan un humo acre y no quedará más que un esqueleto gris con los huesos roídos, en donde los hombres ratas se deslizan. En estos campos de ruinas, no pueden eclosionar más que los niños del polvo. Los hospitales se encogieron, los pediatras, los más distinguidos de Siria, se compactaron en un montón inútil. Las escuelas ni siquiera son recuerdos porque ningún niño ha ido ni ha aprendido cualquier cosa.

alep Una infancia totalmente perdida, sin educación, ni aprendizaje, sin casa y sin razón. Quizás un poco de fe pero sin ninguna ley. Niños abandonados que un día pedirán cuentas. Niños que aprenden a leer sobre las placas de los fragmentos de bombas. Niños que sólo reconocen cada tipo de aeronave. Infancia sin alegría, sin lágrimas y sin nada, tal vez sin ni siquiera el próximo minuto.

En esta ciudad, donde las golondrinas de hierro deshacen la primavera, la vida sólo puede mendigar un pedazo de esperanza. A lo largo de las paredes en muletas, caminan sombras con cuerpos invisibles. A veces una niña con harapos en un columpio desafía la muerte que se prostituye por las calles devastadas.

Alep, de su mano de puntilla desgarrada, no hace más que cerrar los ojos de sus hijos muertos. Sus risas se cicatrizan en cada piedra. Sus canciones están clavadas en cada puerta. Sus pequeños zapatos caminan solos y un cuaderno escolar sale volando consumiéndose.

He visto Alep, ciudad pálida, sin sangre, cuyo corazón se está muriendo en la indiferencia y la impotencia de los poderes sobre su agonía. Sus representantes anuncian un pronóstico vital comprometido. Sería necesario…. pero el gran carnicero delgado de Damasco, con su pequeño bigote, se peina su mecha.

¡Es necesario… y lo hace! ………. Y nosotros…. ¡miramos!

Jean-Yves Le Garrec

Traducción del francés: Lourdes Barros