En estos tiempos de tecnologías que vehiculan las informaciones en un tiempo record, en que las palabras de tanto repetirlas pierden su significado, en que las imágenes se banalizan todos los días en el informativo de las ocho y media, en que el horror y la miseria humana se expande en las primeras páginas de todos los cotidianos del planeta, la opinión pública, asiste al espectáculo de la humanidad que se hunde cada vez más en un espiral de codicia, violencia, fanatismo y horror.

Impotentes, tratando de evitar la esquizofrenia entre el cotidiano y las imágenes que desfilan sin pudor en las pantallas de la TV, entre las legítimas aspiraciones de vivir en paz y el miedo que contagia una tal epidemia y paraliza las mentes.

Y los discursos de los políticos continúan mintiendo sobre los terribles resultados de las manipulaciones, las negociaciones secretas, los tratados en los cuales nadie conoce las verdaderas ramificaciones, la tendencia de querer privilegiar un pequeño grupo que continúan enriqueciéndose, sin el más mínimo escrúpulo, sobre la ignorancia y los miedos de las personas.

Desde el comienzo de los tiempos, la humanidad combate en contra de ella misma. Una parte de la raza humana súmete a la otra, utilizando todo tipo de argumento para justificarse. Hoy en día es el religioso. Así como las sombras del mal ya tentaron una vez conquistar el planeta, estas fuerzas vuelven al ataque, disfrazadas esta vez con los ropajes de la religión, de un lado, y de la democracia del otro.

Las fuerzas del mal

Así como el nazismo, que también fue una religión con sus dogmas y sus ritos, el salafismo, o como se le quiera llamar, viste el ropaje de la ignominia, de la ignorancia, del barbarismo que la humanidad ya ha conocido en otras épocas. Pero no es solo el salafismo el monstruo que acecha la humanidad.

Así como existen los locos de Dios, también existen los locos del dinero, que es el peor de los Dioses. Los locos del crecimiento infinito, de los beneficios a toda costa, del fin que justifican los medios, de la especulación que permite multiplicar el dinero vampirizando la economía real y dejándola exangüe, sin recursos, para que algunos puedan se enriquecerse mientras que la gran mayoría de la humanidad lucha para sobrevivir. Tan criminales como los otros, no decapitan en público, pero si decapitan economías enteras para salvaguardar sus propios intereses.

Los salafistas nunca podrán triunfar, porque es imposible que un grupo de extremista imponga a toda el planeta una ideología arcaica, que pretende que la sociedad vuelva a los principios de la edad media.

Pasará como una enfermedad incómoda que dejara daños colaterales, pero desaparecerá con el tiempo, como fue el terrorismo revolucionarios de los años setenta, las dictaduras sanguinarias en América latina en la misma época, o las masacres entre católicos y protestantes.

Pero el peligro que se oculta detrás de los discursos en las pretendidas democracias puede ser mucho más peligroso que el peligro salafista, porque es insidioso, mentiroso y cínico.

Así los gobiernos occidentales, a las espaldas de la población, negocian tratados que le darán todo el poder a las empresas privadas y multinacionales, acabando con el rol mediador del estado, y aniquilando el estado social y toda protección a los trabajadores en todo nivel.

Con la crisis de los bancos, hemos podido constatar la falta de escrúpulos y de ética de estos fanáticos cuyos dirigentes no dudaron un segundo en entregar a sus funcionarios para salvar la dirección, ni a sacrificar naciones enteras para salvar sus privilegios. No dudaron un minuto en culpar inocentes por sus actividades criminales, al punto de que ningún dirigente responsable de la crisis del 2008, o de las actuales, ha sido juzgado o condenado. ¡Al contrario! Continúan construyendose muros jurídicos para proteger a los predadores y a los buitres que, frente a la impunidad, se frotan las manos libres de continuar destruyendo el planeta, causando miserias y dolor, indiferentes al daño que causan y a la herencia que dejaran para las generaciones futuras.

Nestle, Glencore, Xstrata, y muchas otras, pretenden que sus actividades criminales serán ocultas por la importancia y el peso que tienen en la economía. Sus dirigentes, consientes de todo el mal del que son responsables, continúan actuando en pro de sus propios interese, indiferentes a la lucha de miles de personas víctimas de sus políticas infames.

Y la sociedad continúa colocando el hacha en la mano del verdugo, votando por los partidos que no solo apoyan este tipo de sistema, sino que lo justifican en nombre de una economía sectaria y elitista, pretendiendo defender una democracia en donde las libertades están garantidas, y en donde el libre comercio es fuente de prosperidad. La sociedad se dirige hacia el abismo con la sonrisa del que no conoce el tamaño del precipicio en donde va a caer.

El salafismo, así como el liberalismo económico y su nueva forma, el capitalismo tecnológico, son ideologías nefastas, de muerte y de destrucción, en donde la humanidad solo encuentra injusticia, sometimiento, sumisión (sumisión a la leyes de mercado, sumisión a Alá) y atraso.

La situación exige una toma de conciencia urgente de la sociedad antes de que sea demasiado tarde. No tengo miedo de Daech, porque sé que se ahogaran en su propio veneno, pero si temo, y mucho, de las negociaciones secretas de liberalización de bienes y servicios, porque es el principio del fin.