Es un hecho denunciado numerosas veces. Para que haya algunos ricos, tiene que haber millones de pobres. Es la ecuación en la que se basa el neoliberalismo. Filosofía nefasta, quinta esencia del egoísmo y del individualismo amoral en que se forja la sociedad contemporánea, denunciado hasta por el Vaticano.
Ideología mentirosa, consigue convencer una mayoría de la población a través de la ilusión de la democracia, que es la única que puede aportar un mínimo de equilibrio y de comodidad, cuando, al contrario, vemos que solamente ha destruido sociedades como las del sur de Europa, provocado guerras sanguinarias como en África Central para apoderase de la explotación de diamantes y otras riquezas, que favorece conflictos para alimentar la industria del armamento, bajo la justificación de que ésta produce miles de empleos; los empleos de la muerte que sirven para construir artefactos de destrucción en vez de crear riquezas y justicia social para todos.
Destruye familias; los padres pasan todo el tiempo en el trabajo y los niños crecen abandonados en una sociedad de consumo que lo único que ésta les ofrece es soledad, frustración y el concepto de éxito basado en el suceso material, como si no existiera otra posibilidad en la existencia que ganar dinero, como si fuera el valor absoluto y el fin último de la humanidad.
Firmas privadas canadienses y americanas utilizan ejércitos privados para sembrar el caos y de esta manera, apoderarse de las riquezas de las regiones pobres y subdesarrolladas sin tener que pagar impuestos ni rendir cuentas a nadie, permitiendo y protegiendo los comportamientos criminales de los productores de materias primas, de la industria farmacéutica, de las multinacionales, y de los sectores financieros que actúan con toda impunidad, protegidos por un sistema que defiende la libertad del comercio y la de actuar sin límites ni frenos para poder obtener un máximo de beneficios, sin tener en cuenta los daños secundarios que esto puede provocar. Así, la destrucción de la naturaleza, el aumento de las injusticias, que tanto el FMI como el GIEC reconocen como un factor de desestabilización de la economía mundial.
El cinismo feroz del mundo del capital que ataca toda iniciativa que ponga sus privilegios en peligro, o que pueda desestabilizar el sistema promoviendo más justicia social como el salario mínimo que, en Suiza provoca reacciones histéricas por la parte del patronato que anuncia tácticamente el fin de la prosperidad suizas si se establece un salario mínimo a 4.000 francos, pero guarda silencio frente a los salarios indecentes de los dirigentes de las grandes multinacionales y de los beneficios millonarios de empresas que, aún así despiden para aumentar los dividendos de los accionarios en una falta total de ética y de humanismo.
Contra el salario mínimo en Suiza, el principal argumento del patronato es que es preferible tener un empleo mal pagado, que no tener ningún empleo. En otros términos, agradezca si tiene un empleo de 3.500 francos y, mala suerte si no alcanza para vivir. Argumento de una indecencia infinita frente a los sueldos millonarios de los dirigentes de empresas que nada justifica, ni siquiera las leyes del mercado.
Es realmente difícil de constatar que la falta de conciencia política, el miedo, la cobardía y la resignación de estas últimas décadas ha impedido un sublevamiento general, tamaño es el temor de aquellos que tienen algo que perder de encontrarse como millones de individuos, a la calle y sin nada, con la única opción de mendigar o suicidarse.
“Una Europa de ideas y no de bancos”
Poco a poco en Europa se han levantado voces disidentes que protestan y luchan contra esta mentalidad depredadora pidiendo más humanidad, más desarrollo y menos austeridad, como lo está haciendo en Italia Matteo Renzi.
Darse cuenta que finalmente una vida humana vale más que un pedazo de papel, porque el dinero es, y será siempre, que un simple pedazo de papel. La dignidad de las personas, el respeto por la vida humana y el derecho para todos de vivir dignamente, no puede ser negado por la lucha desesperada de algunos para acumular un máximo de papel, que crea la ilusión de un poder ficticio y que finalmente no existe, no vale nada, o que durará un corto lapsus de tiempo en la vida de una persona, que podrá sentirse como un Dios hasta que alguien lo saque de su piedestal o que tenga que vivir escondido como Marcel Ospel, ex Presidente del Consejo de Administración de la UBS del 2001 al 2008 y uno de los principales responsables de una de las mayores crisis que ha vivido la Suiza, que todavía sufre sus consecuencias. O terminar como Berlusconi en Italia: en la humillación y la soledad. ¿A qué sirve acumular dinero y poder durante una vida entera si es para terminar perdiendo su familia, como sinónimo de corrupción, pedofilia e incompetencia? ¿Siendo el hazmerreír de todo el planeta?
Así Mubarak , Ben-Ali, Viktor Ianoukovitch y otros dictadores que robaron, y continúan despojando sus pueblos, administrando los países como si fueran ellos los propietarios, y sus habitantes sus servidores.
Me gustaría poder decir que estos tiempos se están acabando, pero, pese a las advertencias de los organismos internacionales como Oxfam, e incluso el FMI, sobre el peligro que la economía mundial corre a causa de esta situación,… ¡nada cambiara! Así como el movimiento de los indignados, ni los Fórum alternativos como el de Puerto Alegre, ¡nada han cambiado!
Los gobiernos de las grandes potencias defienden este sistema con uñas y dientes, utilizan la democracia para poder legitimarse en este robo colectivo de las elites.
No es una cuestión de ideologías, es más bien una cuestión de sentido común. Izquierda y derecha no tienen más lógica frente al neoliberalismo ya que la economía esta globalizada y es imposible huir las leyes comerciales internacionales ni escapar a la dictadura de las multinacionales. La filosofía de ganar un máximo antes de que se acabe, o de pensar que las cosas perdurarán siempre así, es totalmente suicida. El neoliberalismo piensa solamente a corto plazo, jamás a largo plazo, porque esto no le conviene. La ganancia inmediata es lo que le satisface: la extracción y la venta del mineral lo que le interesa y para nada la destrucción del medio ambiente que provoca.
Es el beneficio en la bolsa de valores que le interesa. No importa si el dinero de la especulación es sustraído de la economía real y que nunca más volverá a alimentar la sociedad. Este será acaparado por algunas personas sin escrúpulos y amorales.
No importa si se especula en el mercado futuro con alimentos y se provoca el hambre y la muerte de millones de individuos, lo único que interesa son los beneficios obtenidos. La muerte es un mal necesario, un efecto colateral, como la miseria. Lo que importa es la salud de los bancos y del sistema financiero.
Cuando el planeta sea destruido, seremos todos los que sufriremos las consecuencias y no solamente la gran masa de miserables que pueblan el planeta. En la próxima guerra, será la inmensa mayoría que corre el peligro de ser exterminada porque una ojiva nuclear no sabe distinguir ricos de pobres
Somos todos iguales frente a las catástrofes naturales que aumentan cada año más. No serán algunos millonarios, sentados en una gran masa de papel, que podrán salvarse porque frente a un tornado o a un tsunami, no hay cuenta bancaria que salve. Y si consiguen salvarse, ¿para qué les servirá el dinero en un planeta destruido y despoblado? ¿Para hacer fuego en las frías noches glaciales?
La salvación de la humanidad está en abandonar esta ideología nefasta, en construir un mundo solidario y fraterno, en donde los recursos naturales sean justamente repartidos, en donde el hombre cesará, definitivamente, de dividir la humanidad en castas, en ricos y pobres, en blancos y negros, y acepte que somos todos iguales, que compartimos el mismo destino en esta inmensa esfera que navega en medio del espacio y que todos tenemos las misma obligaciones y los mismos derechos. Seamos asiáticos, europeos o latinoamericanos, todos tenemos la misma misión: la de construir un futuro mejor para nuestros hijos.

Alfonso Vásquez Unternahrer.