No nos hagamos los sordos ni remisos, menos ahora que los ultraderechistas españoles se lanzaron en picada y con insultos en contra los patriotas latinoamericanos que reescriben la historia de nuestro continente. Debe quedarnos claramente especificado que cuando los conquistadores españoles llegaron en un supuesto 12 de octubre a nuestro continente se encontraron con ciudades perfectamente planeadas, con economías que, sin ser sofisticadas, funcionaban correctamente para proveer las necesidades de los habitantes en un intercambio de mercancías que de ninguna manera se podía considerar atrasada o salvaje.

Tal parece que en este proceso de invasión, que llamaron conquista, los únicos españoles capaces de encontrar rasgos de humanidad en el rostro de los habitantes de la que ellos denominaron América fueron los sacerdotes jesuitas. Así, cuando los vieron desnudos y amables se los imaginaron igual como las historias del pasado describen a los viejos Adán y Eva, solos y desnudos bajo el entorno de una naturaleza acogedora y amable en ausencia absoluta de pecado. De allí que los jesuitas, bajo el ceño ideológico de sus ideas religiosas, le llamaran “buen salvaje” a estos amables “indígenas”, habitantes, dueños originales y únicos de las tierras que los terribles y verdaderamente salvajes conquistadores dieron en llamar la “Nueva España”.

Pero los conquistadores, al contrario de los jesuitas, no los perdonaron y arrasaron a sangre y fuego no sólo sus formas de propiedad de la tierra, sino también con sus maneras de pensar y adorar a sus dioses ligados a la tierra. Hasta los cuerpos de los que llamaron «indios» pasaron a constituir parte de las propiedades que robaron impunemente sembrando de dolor, miseria y muerte las otrora formas de coexistencia social. 

   El hierro, el fuego y la figura omnipotente, terrorífica y cruel del Dios de los conquistadores se impuso política, ideológica y militarmente cubriendo de oprobio y humillación a nuestros antepasados con sus diferentes formas de producción, propiedad y explotación de la tierra. 

Han pasado más de seis siglos desde que los europeos se aposentaron en la tierra que pertenece a los pueblos indígenas de nuestra América. Es claro, y nadie puede negarlo, que por los cuerpos de la mayoría de nosotros los que nos decimos americanos circulan a velocidad intrigante las huellas de la herencia ancestral indígena. 

   A veces – más de las veces que quisiéramos aceptar – muchos de los nuestros llegaron a pensar que, con el simple hecho de negar su herencia genética, podían esgrimir tontamente en sus apellidos los escudos heráldicos que nos impusieron los sacerdotes-conquistadores por orden del Rey de España. Así se consideran étnicamente “blancos”, aunque el bronceado del color de su piel, la forma almendrada de sus ojos, rasgos innegables de su fisonomía, la estatura y conformación de su cuerpo los desmientan tercamente ante el resto de la comunidad social, porque toda nuestra estructura corporal nos presenta como los criollos mestizos y ladinos que llegamos a ser cuando no somos capaces de reconocer lo que somos.

    Por otra parte, los que se apropiaron indebidamente de la tierra que pertenece a las comunidades indígenas de toda nuestra América no han sabido ver que los indios no están solos, que la sangre tira y que todos nosotros, “ladinos”, no tenemos otra alternativa que responder al llamado de la sangre.

   Las caras aparentemente inexpresivas, inconmovibles, hieráticas, de piedra de los indígenas de nuestro mal llamado continente americano han comenzado a exigir en tono cada vez más alto sus derechos inalienables. 

Es que llegó el día en que las piedras comienzan a gritar, a exigir ante las autoridades de sus respectivas naciones lo que les corresponde como sus derechos inalienables.  

¿Entonces usted qué piensa?  

¿Debemos celebrar el 12 de octubre como tradicionalmente lo estuvimos haciendo por desconocer la realidad de nuestra historia o simplemente conmemorar? 

Es cuestión suya, claro está, el cómo lo vea, pero si miramos detalladamente la historia de nuestra América Latina… solo tenemos una respuesta posible. ¿O no?

De nada y hasta siempre estimadas amigas y amigos.

Rolando GONZÁLEZ ALTAMIRANO