Ivan Duque

Querido presidente:

Veo tus palabras reflejadas en ese dolor que me embarga día a día, como puedo estar casi seguro que nos sucede a una gran mayoría de los colombianos de bien.

Hoy por esta crisis, medios y entes  de control ponen la lupa en minúsculos casos de corrupción del diario vivir, esos del atún, el arroz y los tapabocas, mercados e insumos que nuestros caciques y fuerza pública reparten a los más pobres con orgullo, filantropía, y vocación de servicio.

¡Qué vergüenza querido presidente! Mientras sus séquitos, y mandos superiores encargados de la contratación, se dedican pareciera que por tarea y viejas costumbres, a sobrefacturar. Tienes toda la razón, no son más que “ratas de alcantarilla”.

Me pregunto entonces desde tiempos de la declaración de independencia, ¿cuál habrá sido el valor real de cada cañón, de cada fragata, de cada tanque, de cada avión, de cada fusil, de cada camioneta blindada, de cada par de botas con las que nuestros héroes han entregado sus vidas defendiendo nuestra clase política?

¡Qué vergüenza señor presidente! Si hacemos cuentas de los excedentes del rubro de defensa, desde el mismo día del grito de independencia, a la tasa de interés más baja del mercado, sin molestarnos en tocar los excedentes y sobrefacturaciones de los rubros de infraestructura de desarrollo, ni tampoco para evitar ser indiscreto, referirnos a los excedentes y sobrefacturaciones de todas las carteras, Fiscalía, Procuraduría, y Contraloría, podría decir casi con los ojos cerrados, que en esta emergencia del coronavirus, no solo seríamos  el país con el ingreso más alto per cápita del mundo, sino que también, nos hubiéramos economizado la masacre de las bananeras, la pérdida de Panamá, la vergonzosa violencia bipartidista, el asesinato de Gaitán, el golpe de Estado de Rojas Pinilla, los setenta años de guerra civil que aún con la frente en alto mantenemos, la toma del palacio de justicia junto al horror vivido por magistrados y desaparecidos, la hegemonía de los carteles, los magnicidios de Pardo Leal, Luís Carlos Galán, Álvaro Gómez y Jaime Garzón, la infamia de los campos de concentración guerrilleros y de las prisiones estatales, los indiscriminados genocidios paramilitares, los abominables falsos positivos, y el tan sacrificado premio Nobel de la paz conquistar.

¡Qué vergüenza querido presidente! Tú eres un hombre culto, amante de la historia, a nuestro pueblo abre los ojos, no permitas que se los cierren más, por la reactivación económica no te preocupes más, quedan muchos préstamos por solicitar, la pandemia la bancarrota de los imperios traerá, aquí todavía hay mucho petróleo, mucho gas, mucho carbón mucho oro por sacar, muchas regalías y elefantes blancos por financiar, muchos favores por pagar, y ni te imaginas cuántos arboles faltan por tumbar, sin contar las coimas que estas empresas, en bancos foráneos con nombres raros, comenzarán a consignar.

Y para terminar mi querido presidente, sin pensar más en el atún, las lentejas, la panela y el arroz, si desde el congreso de Angostura, llegáramos a hacer cuentas de los costos totales, libres de excedentes y sobrefacturaciones, del material bélico que en estos últimos dos siglos hemos autorizado, podría yo hoy estar diciendo, casi que con los ojos cerrados, con el orgullo, altruismo, y vocación de servicio que nuestros políticos y fuerzas militares reparten a los más pobres los mercados, que seríamos sin duda el país más rico del planeta, con el ahorro más alto per cápita, para enfrentar con dignidad esta crisis del coronavirus que hoy al mundo azota sin piedad.

Carlos Adolfo Rodríguez

Publicado por Revista Hebdo Latino Suiza, Editorial Rove Argentina, y Editorial Verbum España.