Desde hace mucho tiempo, los ideólogos de las clases explotadoras han venido inculcando a sus pueblos la idea de que la guerra tiene su origen en la propia naturaleza de los hombres, que según ellos aspiran invariablemente a choques y conflictos armados.

Con esta idea absurda, los explotadores, han tratado y tratan de eludir la responsabilidad de la guerra por la política descabellada de las clases dominantes. Pero hubo un tiempo en que la dialéctica discurría por otros carriles y era instrumentada por la razón, que solo se puede lograr, parafraseando a Bertolt Brecht, “La victoria de la razón solo puede ser la victoria de lo que razonan”

Por eso surgió en un determinado momento histórico el principio de la coexistencia pacífica de los Estados con distinto régimen social, que fue propuesto por V. I. Lenin, quien declaro en un discurso pronunciado en el II Congreso de los Soviets, en el alba del poder soviético lo siguiente “Rechazamos todas las clausulas de bandidaje y violencia, pero aceptaremos con satisfacción y no podemos rechazar las clausulas que establezcan relaciones de buena vecindad y acuerdos económicos”. En aquel momento y durante muchas décadas fue un principio dominante de un mundo bipolar, marcado por la guerra fría.

La Coexistencia Pacífica de los Estados Socialistas y capitalistas era sin dudas una necesidad objetiva una tarea impostergable del desarrollo de la humanidad, que no solo atempero los clásicos desequilibrios consustanciales con el capitalismo histórico, sino que además supuso un impulso decisivo para la liberación del comercio mundial. Mucha agua ha pasado bajos estos puentes, y hoy esta concepción del mundo ha quedado en los anaqueles del olvido. La ausencia del contrapeso soviético y la desaparición de bloques dieron rienda suelta al capitalismo. Puesto que la negra reacción imperialista bajo el manto de la globalización no ha renunciado a sus planes inhumanos.

Mientras los explotadores sigan dominando la sociedad y decidan los destinos de la política mundial los hombres experimentaran tragedias sangrientas. Hoy nos encontramos con una nebulosa abstracta de una comunidad internacional que decide a que país bombardear, sobre todo si este posee materias primas, que en su afán de ganancias conquistan, saquean, avasallan a los pueblos.

Además en este marco globalizado se puede contar con la complicidad de organismos dispuesto a autorizar y organizar las guerras, recientemente bajo el manto de la Organización de Estados Americanos (OEA), el secretario general el uruguayo Luis Almagro – dijo haciendo referencia a Venezuela- en la Cumbre Latinoamericana de Miami que “hay que tirar la dictadura porque si no el año que viene vamos a estar lamentándonos”. Almagro enfatizó que “no podemos descartar ninguna medida para tirar abajo esta dictadura. No podemos ser permisivos”. “No debemos esperar a que Venezuela sea Ruanda, hay que evitar que sea Ruanda. Y ya son millones las personas asesinadas, torturadas, desplazadas en Venezuela. La responsabilidad de proteger no es contar muertos”, afirmó Almagro en Twitter.

Podríamos entender estas declaraciones en la boca de Donald Trump, pero de un secretario general de la OEA, nos parece un despropósito sin par, que nos preocupa por lo antedicho sobre las consecuencias de una guerra. La agenda de Luis Almagro poco a nada tiene que ver con el dialogo, sino que ha llamado abiertamente a una guerra civil en Venezuela, peor aún, la promueve.

Independiente de las circunstancias la patria de Simón Bolívar, la Patria Grande que soñó junto al uruguayo General José Artigas nos merece un máximo de respeto.

Por Eduardo Camín